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jueves, 31 de diciembre de 2015

Zurbarán, Velázquez, Goya... Los grandes maestros españoles arrasaron en los museos en 2015


                        Zurbarán                          San Serapio1628 (120 x 103 cm.) Wadsworth Athenaeum (Connecticut)

El año 2015 termina con una confirmación que, al menos de manera retroactiva, favorece la no siempre saludable autoestima nacional: los grandes maestros de la pintura española siguen a la cabeza del arte más admirado de la historia. En el repaso a las mejores exposiciones del año brillan en lo alto del resumen Zurbarán, Goya y Velázquez, conquistadores, respectivamente, de Madrid, Londres y París con tres muestras espléndidas que permitieron el redescubrimiento e incluso hicieron permisible la arrogancia patria. Este es un resumen de lo que dieron de sí en los últimos doce meses las programaciones de las mejores pinacotecas del mundo. Como toda síntesis, se trata de una relación parcial, pero en ningún caso es injusta.

Francisco de Zurbarán - Agnus dei, ca. 1635-1640 - The San Diego Museum of Art

 El esperado regreso del olvidado Zurbarán Zurbarán una nueva Mirada (Museo Thyssen-Bornemisza) 

La mayor muestra del pintor tenebrista del martirio y el sufrimiento organizada en España desde hace décadas, trajo a Madrid 63 telas dispersas en colecciones de Europa y los EE UU. La antología de Francisco de Zurbarán (1598-1664) colocó al pintor barroco, no siempre observado con ecuanimidad por su dedicación al género religioso y el trabajo fuera de la corte madrileña, a la altura merecida. Pintor de aristas y grandes superficies de tela, de silencio y sepulcros y amigo de Velázquez, quien le admiraba, la exposición, que ahora está en cartel en el Kunstpalast de Düsseldorf (Alemania), hasta el 31 de enero, estaría justificada con una sola obra, El martirio de San Serapio, una de las pinturas más estremecedoras de todos los tiempos, expuesta en España por primera vez en medio siglo.

Francisco de Goya - La marquesa de Santa Cruz, 1805 © Madrid, Museo Nacional del Prado

 Goya, paladín de los retratos inteligentes Goya: The Portraits (National Gallery de Londres)

 Fue una de las grandes citas artística europea del otoño —aún quedan unos días para verla: se clausura el 10 de enero de 2016— y no es para menos: 60 de los 150 retratos que pintó Francisco de Goya (1746-1828), el más vivaz e inteligente de los pintores de su tiempo y el más español de todos —socarrón, melancólico, de grandes explosiones opuestas de furia y alegría, intuitivo, radical y comprometido con la sociedad—. La colección que reunió la National Portrait Gallery de Londres, con una decena de piezas llegadas del Prado, sirvió para constatar lo que ya sabíamos todos pero los historiadores y curators olvidan con frecuencia, que Goya fue uno de los grandes retratistas de la historia. Nunca antes se había montado una antología dedicada a la práctica del aragonés en uno de los géneros más delicados y que exigen mayor dominio técnico. Entre los óleos más notables está en el retrato de la Duquesa de Alba vestida de maja, pintado en 1797 y que sólo una vez ha salido de Nueva York. La intrahistoria nunca del todo confirmada es que la noble y el pintor fueron amantes. 

Diego Velázquez - La Venus del espejo, c. 1647-1651 - National Gallery Londres

El pago de una deuda histórica: Velázquez triunfa en Francia Velázquez y el triunfo de la pintura española (Grand Palais, París)


 El catálogo de la muestra sobre Diego Velázquez (1599-1660) que se celebró en París no esquivaba la perplejidad del ninguneo histórico francés contra el más destacado de los artistas del Siglo de Oro Español: "Es interesante subrayar hasta qué punto el nombre de Velázquez es a la vez ilustre e incomprendido (...) Mientras Velázquez nunca fue olvidado en España, sí fue desconocido durante mucho tiempo en Francia, o más bien mal conocido". La exposición, la primera monografía dedicada al artista en el país vecino —cuyas pinacotecas sólo tienen en propiedad tres obras menores de Velázquez—, fue importante no solo por la cantidad y calidad de los 51 lienzos expuestos, sino por estrategia geopolítica —subrayada por la presencia de los Reyes Felipe y Letizia en la inauguración, en su primer viaje de Estado tras acceder al trono—. Nutrida por cuadros llegados de colecciones públicas y privadas de Madrid (7 del Prado), Florencia, Berlín, Budapest, San Petersburgo, Dublín, Dresde, Nueva York, Boston y Washington, contenía cuadros de todas las épocas del maestro, entre ellos los excepcionales La fragua de Vulcano (1630), la Venus del Espejo (1647-1651) y el Retrato de Inocencio X (1650). 

El mundo bajo la cabeza de un loco - Autor anónimo, c. 1600 - Germaniches Museum, Nuremberg

La conmemoración desesperada de la muerte en la Edad de Oro Tiempos de melancolía (Museo Nacional de Escultura, Valladolid) 


Inesperada coherencia en una exposición de calado modesto pero rigurosa en planteamiento y obras seleccionadas. Tiempos de melancolía. Creación y desengaño en la España del Siglo de Oro —organizada en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid— se convirtió en una suerte de exorcismo para revelar la tristeza que prendó en la sociedad y la cultura españolas durante varias décadas de los siglos XVI y XVII, teóricos escenarios de la Edad de Oro del imperio español situado en la cumbre de su poder y esplendor. Planteada como es un "ejercicio de recuperación" de un "eslabón olvidado, evanescente y mal conocido" del Siglo de Oro y el "desgarro nacional" no demasiado estudiado que se prodigó en la sociedad y entre los artistas, que no sólo representaban la melancolía, sino que la padecían por el desengaño causado por la terrible situación social y económica del país, que sufría una quiebra, pestes, hambrunas y derrotas militares que extendían la decepción y la incertidumbre. El elenco de la muestra temática era un breviario de penumbras con obras como la Alegoría de la Orden de los Camaldulenses del Greco; el grabado de Durero Melancolía I, que constituye un hito en la historia del arte al presentar por primera vez lo que hoy conoceríamos como depresión, y Saturno devorando a un hijo, de Rubens, protagonizado por una escena salvaje del dios que ampara a los melancólicos.

El descubrimiento de la miel - Piero di Cosimo, c. 1500 - Worcester Art Museum, Worcester, Massachusetts

 Di Cosimo, un genio olvidado por su excentricidad The Poetry of Painting in Renaissance Florence (Galleria degli Uffizi, Florencia) 


Piero di Cosimo (1462-1522), un pintor a quien la excentricidad personal y el desinterés por el mundo rebajaron espacio en la historia del arte. De no haber vivido tan a su aire y con tantas fobias —tenía pánico a las tormentas, sólo comía huevos cocidos y fruta (siempre que él mismo la recogiese del árbol), no se aseaba y pasó buena parte de su vida en soledad, "más como una bestia que como un hombre"—, quizá se hablaría bastante más de este artista que creó, a la par que bellisímos retratos, enigmáticos paisajes de fábula habitados por seres que parecen híbridos entre lo vegetal y lo humano y se adelantan muchos años a los usos artísticos de su tiempo. La mayor antología sobre este genio olvidado del quattrocento —el Renacimiento italiano del siglo XV— fue una de las grandes y más esperadas exposiciones de 2015. Las dos pinacotecas públicas organizadoras, la National Gallery of Art de Washington (EE UU) y la Galleria degli Uffizi de Florencia, reunieron más de cuarenta obras del artista, el mayor número jamás mostrado al mismo tiempo. Con un temario que oscila entre lo pagano y lo divino, la muestra permitió entender por qué el dualismo entre ingenuidad y erotismo, unido al gusto por la mitología, lo fantástico y los seres anormales o monstruosos, llevó a los surrealistas a redescubrir a Di Cosimo y calificarle de "excéntrico". Al magnetismo contribuyó una existencia rodeada de misterio. Además de sus dotes visionarias, Di Cosimo fue un consumado retratista ante cuya mirada se colocaron todos los nobles de la sociedad florentina. También le gustaba lo puramente mundano y diseñaba trajes y decorados para los desfiles de carnaval. Uno de los más exitosos tenía como tema el triunfo de la muerte sobre la vida.

<br />Constantin Guys - Hommes attablés en compagnie de femmes légèrement vêtues - Paris, Musée d’Orsay © RMN-Grand Palais, Musée d’Orsay - Christian Jean

 Cuando los artistas pintaban en los burdeles Splendeurs et misères: images de la prostitution, 1850-1910 (D'Orsay, París)


 En el caso de Esplendores y miserias: imágenes de la prostitución, 1850-1910 el encanto está en el planteamiento. La muestra temática lleva a los dos museos organizadores, el d'Orsay de París y el Van Gogh Museum de Ámsterdam, a la fascinación que las vanguardias de la segunda mitad del siglo XIX y la belle epoque padecieron por las mujeres públicas. Constantin Guys —dibujante y grabador de explícitas escenas de conversación en los bares de los locales de alterne—, Edgar Degas —con sus mujeres en momentos de higiene en palanganas, como Femme nue, accroupie, vue de dos (1876)—, Henri de Toulouse-Lautrec —que dibujó escenas reales como la inspección médica de una profesional de la prostitución— y Emile Bernard fueron pioneros en mostrar la atmósfera febril de los burdeles y la intimidad de prostitutas antes de las llegada de los clientes. En el imaginario decadente milenarista, la prostituta y la mujer era una "entidad indistinta y amenazadora, encarnación de todos los vicios", dicen los organizadores. La exposición, que toca por primera vez un tema no explorado, todavía permanece abierta en el museo parisino hasta el 17 de enero.

Black Brook 11, 1990 - Alex Katz - Cortesía de Peter Blum, Nueva York © VEGAP, Bilbao, 2015

 El flash explosivo de Alex Katz Alex Katz. Aquí y ahora (Guggenheim, Bilbao)


 "Por fin se están poniendo al día conmigo. No sé por qué les ha costado tantos años". El pintor estadounidense Alex Katz (Nueva York, 1927) tardó décadas en ser reconocido como uno de los artistas plásticos más personales de su generación. Ahora, a los 88 años, los grandes museos se pelean por exhibir su obra. La exposición del Guggenheim de Bilbao, que permanece en cartel hasta el 7 de febrero, es la mayor antología reunida nunca en España del artista de la figuración limpia y la cercanía, en cuya obra hay ecos del arte pop, de la luminosidad de Manet y del existencialismo tranquilo de su admirado Hopper. Acusado de frívolo por la ligereza formal de su estilo, el artista que ha conquistado al mundo con llaneza y sin pizca de esnobismo, trae a la pinacoteca vasca una colección que pone de relieve el papel fundamental y a menudo ignorado del paisaje en la obra de Katz, un buscador de la esencia de lo sublime del momento.

The Image as Burden, 1983 - Marlene Dumas - Private collection, Belgium © Marlene Dumas - Photo: Peter Cox

 El expresionismo tenebroso de una artista con conciencia Marlene Dumas: The Image As Burden (Tate Modern, Londres) 


"Pinto porque soy una mujer (...) porque soy una rubia teñida (...) porque soy una chica de campo (...) porque soy una mujer sucia y no se me puede pedir limpieza". Además de antidiva y simpática, la pintora sudafricana Marlene Dumas (Ciudad del Cabo, 1953), residente desde la veintena en Ámsterdam (Holanda), pinta como cavando una tumba colectiva en la que también ella sabe que va a terminar. No es de extrañar que para la exposición que organizó este año la Tate Modern hayan elegido como título La imagen como carga. Es la artista viva más cotizada —en 2008 uno de sus cuadros, The Visitor (El visitante), donde cinco prostitutas, de espaldas al espectador, se muestran en un burdel ante un cliente al que no vemos pero presentimos con intensidad— se subastó por más de cuatro millones de euros. También una de las más sensibles y bravas: fue capaz de llevar a una bienal en Rusia una colección de cuadros de geniales artistas homosexuales y titularla Great Men (Grandes Hombres) para protestar contra las leyes homófobas de Putin. Comparada a menudo con Francis Bacon porque, como el maestro de la carne, también prefiere la verdad absoluta del retrato y el desgarro del expresionismo a la candidez de la figuración, es imposible salir indemne de un recorrido por los retratos de la pintora, casi todos basados en fotografías tomadas por ella misma o con elementos de collage integrados en los óleos. La artista llama a su estilo "retratos de segunda mano", quizá porque el despiece físico y espiritual que practica con los modelos requiere de la soledad. 

Anselm Kiefer - Sulamith, 1983 - San Francisco Museum of Modern Art © Anselm Kiefer - Photo: Ian Reeves
El sufrimiento redentor de Anselm Kiefer Anselm Kiefer (Centro Pompidou, París)


 "No pinto para pintar un cuadro. Para mí pintar es pensar, investigar (...) y no precisamente investigar sobre la pintura (...) Una de mis motivaciones para pintar es la historia de Alemania. Es una investigación sobre mí mismo, sobre lo que soy, sobre dónde nací...", dice Anselm Kiefer (1945), un artista para quien la culpa de la colaboración de sus compatriotas sobre el nazismo ha sido un tema circular, obsesivo, eterno. La monografía que le dedican en el Centro Pompidou parisino hasta el 18 de abril, es una de las más completas y sólidas de su carrera. A lo largo de las 150 obras colgadas en las paredes del museo viajamos al horror inexplicable del siglo XX, al que Kiefer desea dar forma o conjurar mediante lo que llama un "arsenal alquímico" de pinturas y objetos a los que añade, para asegurar que todo el horror fue posible en el mundo que habitamos, elementos orgánicos (tierra, ceniza, legumbres secas, cordajes...).

George Grosz - Portrait of Dr. Felix J. Weil, 1926 - Los Angeles County Museum of Art - State of George Grosz - License by VAGA, New York, Photo © 2014 Museum Associates/LACMA

 El arte sobre la soledad del siglo XX durante la primera democracia alemana Nuova Oggettività (Museo Correr, Venecia)

 Una de las grandes sorpresas del año vino de la mano de la exposición temática Nuova Oggettività. Arte in Germania al tempo della Repubblica di Weimar, 1919-1933 (Nueva Objetividad. Arte en Alemania durante la República de Weimar, 1919-1933), la mejor y más completa revisión en décadas de un movimiento inmerecidamente oculto por el poderoso expresionismo. La Neue Sachlichkeit, expresión alemana para Nueva Objetividad, nació y se desarrolló tras la sangría de la I Guerra Mundial y durante los años turbulentos y de penuria social de la República de Weimar (1919-1933), el primer régimen democrático del que gozó Alemania y en cuyo interior germinó la semilla del nazismo. En este espacio árido y desencantado se gestó un estilo basado en la soledad del ser humano en el siglo XX de la despersonalización, las matanzas, el cinismo y la miseria . La exposición presentaba el realismo amargo y perturbador de creadores fundamentales para entender el arte moderno —Otto Dix, George Grosz, Christian Schad, el fotógrafo August Sander, Max Beckmann...—.
Fuente
http://www.20minutos.es


sábado, 4 de enero de 2014

Velázquez, pintor de los pintores

En el siglo XVII, Sevilla era la segunda ciudad más importante de España, tras Madrid. Al ser la sede de la Casa de la Contratación, todo el comercio que llegaba de América pasaba por su puerto, generando una ingente cantidad de riqueza. En esta alegre y bulliciosa ciudad nació el pintor más genial de todos los tiempos, don Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, en el año 1599. 
Miembro de una familia hidalga venida a menos, el aprendizaje artístico de Velázquez se inició cuando contaba once años, en el taller de Francisco Pacheco. Pacheco era un pintor manierista que estaba muy bien relacionado con la élite cultural de Sevilla, organizando todas las semanas en su casa una tertulia a la que acudía lo más granado de la cultura urbana, entre otros el futuro conde-duque de Olivares
En el taller de Pacheco estuvo el joven Velázquez unos siete años, realizando labores de aprendiz hasta conseguir el título de pintor en 1617. La relación entre Velázquez y Pacheco se estrecha al año siguiente, cuando Diego casa con Juana Pacheco, hija de su maestro. Estos enlaces entre el mejor aprendiz de un maestro y la hija de éste eran muy frecuentes en el sistema gremial de la época, ya que permitían continuar la tradición familiar. 
Entre 1617 y 1623 se desarrolla la primera etapa de la pintura velazqueña, la etapa sevillana. El estilo del joven pintor difiere del de su maestro, ya que se interesa por el naturalismo tenebrista, influido por Caravaggio, conocido en Sevilla posiblemente gracias al flujo mercantil de la ciudad. Tampoco debemos olvidar la influencia en esta primera etapa de los pintores flamencos, también presentes sus obras en la capital hispalense. Las pinturas de Velázquez están protagonizadas por personajes de carne y hueso, quizás tomados de la propia familia del pintor, queriéndose ver en ellos retratos de las personas más cercanas a él, como su esposa, su suegro o sus dos hijas. La producción velazqueña en Sevilla puede dividirse en varios temas: asuntos religiosos, asuntos cotidianos y retratos. Surgen así magníficas obras como la Vieja friendo huevos, protagonizada por una anciana que cocina en un hornillo de barro, o elAguador de Sevilla, en la que un hombre nos ofrece el agua que porta en sus cántaros. Tonalidades oscuras, fondos neutros y un acentuado realismo caracterizan los trabajos de esta época. El éxito de su pintura viene determinado por una curiosa noticia: gracias a las ganancias obtenidas, Velázquez adquiere dos casas que serán destinadas al alquiler. 
Sevilla parece quedarse pequeña al joven artista, ya que cuando le surge la primera oportunidad de trasladarse a la Corte no duda en dar este importante salto. Dicha oportunidad se presenta en 1623 y todo ocurre de manera muy rápida. Uno de los pintores del Rey ha fallecido y Velázquez presenta al monarca un retrato que le permite ocupar el importante cargo de Pintor del Rey. Desde ese momento, Felipe IV será su primer cliente y sólo posará para este pintor. Se abre así la segunda etapa de la pintura velazqueña, una etapa protagonizada por los retratos del monarca y de los personajes más influyentes de la Corte, entre ellos el conde-duque de Olivares, verdadero valedor de Velázquez ante el rey. Son retratos de cuerpo entero, con una gama cromática aún oscura, en los que don Diego se presenta ya como un sensacional retratista, interesándose por mostrar la personalidad de sus modelos, sacando el alma de cada uno de los retratados. 
En estas fechas realiza también uno de sus cuadros más emblemáticos, los Borrachos. Fue un encargo del propio Felipe IV, en el que el artista quiso representar a Baco como el dios que obsequia al hombre con el vino, que lo libera, al menos de forma temporal, de sus problemas cotidianos. 
La llegada de Peter Paul Rubens a España en 1628 supondrá un importante acicate para el todavía joven pintor sevillano. Rubens, pintor de fama reconocida, elegante e ilustrado, llega como diplomático y su presencia en la Corte servirá a Velázquez como ejemplo. Será Rubens quien anime a Velázquez a realizar el viaje a Italia para ponerse en contacto con la pintura renacentista y con lo que se estaba pintando en aquellos momentos en las ciudades italianas. 
Este viaje será muy productivo para Velázquez, interesándose por las obras de los grandes maestros: Tiziano,TintorettoMiguel AngelRafael o Leonardo, pero también por los artistas actuales como CaravaggioCarracci oGuercino. Durante esta estancia de dos años en el País transalpino pinta Velázquez dos obras que nos indican cómo ha asumido la enseñanza de los grandes, apreciándose un significativo cambio en el color y en el concepto de perspectiva. Se trata de La fragua de Vulcano y La túnica de José, dos pinturas en las que se narran episodios cargados de dramatismo. En ambas encontramos tonalidades brillantes, efectos de profundidad al disponer las figuras de manera acertada en el espacio, gestos forzados y naturales, reflejando la intensidad dramática en cada uno de los personajes. Velázquez ha madurado y se ha convertido en pintor con mayúscula. 
Felipe IV desea que su pintor favorito regrese cuanto antes a Madrid y Velázquez tiene que abandonar las tierras italianas en 1631. Se inicia una nueva etapa en la pintura del maestro, realizando importantes trabajos decorativos para los palacios madrileños, especialmente el Buen Retiro y la Torre de la Parada, en El Pardo. Por supuesto que no abandona su faceta como retratista, posando para él los miembros de la familia real, especialmente el joven heredero Baltasar Carlos. 
Para la Torre de la Parada pintará sus famosos retratos de caza, en los que la sierra del Guadarrama se convierte en un impresionista telón de fondo que dota de mayor naturalidad a las reales efigies. Pero será el Palacio del Buen Retiro el lugar al que estarán destinados buena parte de sus trabajos de este momento. Para el famoso Salón de Reinos pinta soberbios retratos ecuestres, entre los que destaca el de Baltasar Carlos, pintado para una sobrepuerta, por lo que se crea la impresión de que el caballo se abalanza hacia el espectador. Pero será la famosa Rendición de Breda la obra cumbre de este encargo, recogiendo con sus pinceles el momento en que don Justino de Nassau entrega las llaves de la ciudad a Ambrosio de Spínola, escena presenciada por los soldados de los viejos tercios españoles y por la joven tropa holandesa. 
A lo largo de los casi veinte años que dura esta etapa Velázquez producirá obras que podemos considerar cumbre en la Historia de la Pintura. El famoso Cristo Crucificado, pintado para el convento de las Monjas Benedictinas de San Plácido de Madrid, presenta una de las anatomías más admirables, sin renunciar a la religiosidad que emana de su gesto; o laVenus del espejo, pintura mitológica en la que Velázquez nos muestra el cuerpo desnudo de la diosa, visto de espaldas, acompañado de un pequeño Cupido que sostiene el espejo en el que Venus se observa. 
Los retratos de esta etapa gozan también de elevada calidad, no sólo los de personajes reales sino los más cotidianos, como pueden ser los bufones. En estas obras, Velázquez no se queda en la anécdota sino que profundiza en la personalidad de cada uno de los protagonistas, mostrándolos tal y como son, sin recrearse en sus taras sino en sus miradas. 
Una importante novedad que observamos en la manera de pintar del artista es que su pincelada se va haciendo más rápida y suelta, renunciando paulatinamente a los detalles de su etapa sevillana, incorporando tonalidades más vivas que hacen que su pintura sea más colorista. 
En 1649 Velázquez vuelve a viajar a Italia, en esta ocasión no para aprender. El motivo oficial de su viaje es la compra de obras de arte con las que decorar los palacios reales de Madrid. Pero durante la estancia del pintor en Roma obtendrá sus más sonados éxitos, ingresando en la Cofradía de San Lucas. Los retratos pintados en Roma pueden ser considerados los más interesantes de su producción. El papa Inocencio X se nos presenta vestido de púrpura, interesándose el pintor en captar el alma del retratado, un pontífice con fama de estar siempre alerta, desconfiado e infatigable en el desempeño de su cargo, tal y como podemos observar en su efigie. No menos impactante es el retrato de Juan de Pareja, esclavo de origen árabe que ingresó en el taller del pintor en 1630, destacando la fuerza de la mirada, con un sorprendente gesto de altanería a pesar de su condición. 
Posiblemente durante este segundo viaje a Italia pintó Velázquez las dos vistas de la Villa Medicis, consideradas las primeras pinturas impresionistas, pues se interesa el maestro en captar la atmósfera y la luz de un momento determinado. 
Una vez más Felipe IV tiene que reclamar a su pintor que regrese a Madrid. La larga estancia de Velázquez en Roma ha sido interpretada por los especialistas de diferente manera, llegándose a apuntar la existencia de una estrecha relación con una mujer. 
Tras su regreso a Madrid en 1651 se abre la última etapa del artista. Su producción será limitada, ya que el interés de Velázquez en estros momentos se centra en conseguir el hábito de la Orden de Santiago, lo que suponía el ennoblecimiento de su familia. Además, sus tareas como Ayudante de Cámara y Aposentador Mayor de Palacio le restan tiempo para pintar. A pesar de los inconvenientes, Velázquez realiza en esta última década sus obras más impactantes: Las Meninas y Las Hilanderas. En la primera nos presenta un retrato de la familia real realizado de una manera informal, durante su estancia en el estudio del artista. En las Hilanderas nos muestra un taller de hilado, tras el que observamos un tapiz en el que se contiene una historia mitológica. Según algunos especialistas, se trata de dos obras destinadas a demostrar que la pintura no es un oficio sino un arte noble, justificando así la consecución del hábito de Santiago en 1659, tras un largo y complicado proceso en el todos los testigos mintieron para favorecerle. 
La culminación de su carrera cortesana se produce en el año de su muerte, ya que será el encargado de entregar a la infanta María Teresa de Austria al rey francés Luis XIV para su unión en matrimonio. Tras esta ceremonia, regresa a Madrid, falleciendo al poco tiempo. Corría el 6 de agosto de 1660 y Velázquez contaba 61 años de edad. Con la muerte del genio sevillano desaparecía uno de los mejores pinceles de todos los tiempos.
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