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MAESTRO MATEO

XacopediaMateo, maestro

    

                                                Cripta de la catedral de Santiago, del maestro Mateo.

El artista más célebre que trabaja en la última etapa constructiva de la catedral románica de Santiago es el maestro Mateo de Compostela, sin duda la figura más importante de la historia del arte del Camino de Santiago. Este singular artífice gallego, de más que posible formación compostelana y gran conocedor del arte europeo de la segunda mitad del siglo XII, pudo haber nacido en la década de 1140, puesto que en 1168 -contaría entre los veinticinco y los treinta años de edad-, el soberano de León le encarga el trabajo más importante y prestigioso de su reino: terminar la catedral de Santiago.
Aunque desconocemos lo realizado por el artista antes de la llegada de tan importante encargo, es de suponer que se hubiese formado en el obrador compostelano, al lado de algún maestro de cierta importancia, y que se hubiese familiarizado con el arte más avanzado de su tiempo, por medio de dibujos, croquis o diseños llegados de los Pirineos, o quizá también gracias a los beneficios de uno o varios viajes al extranjero. Lo cierto es que el rey tendría noticia del talento de Mateo y, pese a su relativa juventud, le llamaría para ofrecerle tan preciado encargo. Entre 1168 y 1211 el maestro y su taller levantaron los tres tramos finales de las naves mayores de la catedral compostelana, los seis últimos tramos de las tribunas y crearon todo el frontis occidental del edificio: la cripta, el Pórtico de la Gloria, su tribuna, la fachada -desaparecida- y las dos torres que la flanqueaban y que, en buena medida, todavía siguen en pie. Este conjunto monumental, una suerte de compendio arquitectónico y escultórico del arte occidental del siglo XII, y por fortuna conservado en buena parte, constituye el ejemplo artístico y cultural más importante y significativo de la Europa de los caminos de peregrinación.

       

              El famoso Santo dos Croques de la catedral de Santiago representa al maestro Mateo.


En 1200 Mateo estaría próximo a los sesenta años y es posible que todavía tuviese fuerzas para dirigir las obras del coro pétreo que construyó su taller para los canónigos, situándolo en la nave central de la basílica, compartimentando su espacio y conformando un espacio independiente, aunque con una significación simbólica de carácter apocalíptico que reforzaba el propio mensaje alegórico del Pórtico de la Gloria, en buena medida inspirado por el Apocalipsis de San Juan, hermano de Santiago el Mayor. En 1211, año de la consagración de la catedral, el maestro Mateo tendría unos setenta años, una edad posible de alcanzar en la época. Su recuerdo continuó vivo en Compostela gracias a la obra que le daría fama imperecedera, pues en el siglo XV todavía había memoria en la ciudad de unas casas que habían sido suyas.
La catedral románica de Santiago se había iniciado en 1075; su construcción se desarrolló en varias etapas, acorde con el devenir histórico de la diócesis y del reino. Tras construirse la mayor parte de la cabecera en las décadas finales del siglo XI, se concluye en esta época la mayor parte de la girola y de las capillas radiales que rodeaban al edículo sepulcral, y Diego Gelmírez le proporcionó al edificio un impulso decisivo durante el dilatado periodo en el que ostentó la Mitra de Santiago, primero como obispo (1100-1120) y después como arzobispo (1120-1140). Durante la época gelmiriana se concluyó lo que faltaba de la cabecera del edificio, se construyeron los dos brazos del crucero, con sus respectivas capillas, y aproximadamente la mitad del brazo mayor de la cruz basilical. Sus sucesores continuaron los trabajos, aunque de manera mucho menos enérgica. Por una evidente carencia de recursos, o quizá por falta de voluntad política, la obra catedralicia estuvo casi parada durante algún tiempo o, por lo menos, sus trabajos se ralentizaron.

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 Este problema lo encauzó el rey Fernando II de León (1157-1188), quien decide darle un empujón definitivo en 1168, ofreciéndole al maestro Mateo una buena suma anual con el mandato expreso de finalizar el edificio. Si León era la capital política del reino, Compostela era la capital espiritual, meta de una peregrinación internacional que prestigiaba el reino que tuviese en su territorio a un centro religioso y cultural tan importante como la ciudad de Santiago. La generosa donación vitalicia concedida por el monarca al artista recibe su plasmación documental el 23 de febrero de 1168; constó de dos marcos de plata semanales, es decir, cien maravedíes de oro al año, a cambio de que trabajase como maestro superintendente de las obras de Santiago y concluyese en el menor plazo posible las obras de su catedral.
A partir de febrero o marzo de 1168, la labor de Mateo se concreta en la dirección de los talleres de constructores y artistas que tenían que materializar la obra, supervisando todos los trabajos de arquitectura, escultura y pintura necesarios para la conclusión del frontis principal de la basílica. Mateo sería, por lo tanto, una suerte de Fidias gallego, un arquitecto-gerente más que un simple escultor, imagen tradicional de este artista, sin duda ganada por ser el conjunto escultórico del Pórtico lo más llamativo y popular del cierre occidental compostelano. Su cargo de diseñador y director le puso al frente de un amplio y bien formado equipo de técnicos en cálculo, geómetras, canteros, escultores y pintores, un elenco que recogía la tradición local de los talleres catedralicios, aportando lo más granado de las diversas corrientes estilísticas que germinaban por aquellos años en las rutas de peregrinación. Además del documento contractual de 1168, el epígrafe que veinte años más tarde Mateo mandó grabar en los dinteles del Pórtico constituye una prueba evidente de la existencia y de la autoridad del maestro, quien lejos de dejar para la posteridad el nombre del arzobispo o del rey promotor, insculpió en esta parte de la obra un inequívoco MAGISTRVM MATHEVM como único artífice de la creación que le haría célebre, una obra que el propio epígrafe identifica como realizada por este maestro desde sus fundamentos. Los dinteles que soportan el peso del enorme tímpano esculpido fueron colocados en su lugar el viernes 1 de abril de 1188.

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En esos veinte años de trabajo ininterrumpido, iniciado en febrero o marzo de 1168, Mateo y sus colaboradores terminaron las naves, las tribunas y las cubiertas de la catedral, construyeron la cripta que debía salvar el gran desnivel de terreno que había entre el piso de las naves y el exterior, y que constituye una prodigiosa infraestructura para el Pórtico propiamente dicho, y labraron las basas, fustes de piedra y mármol, capiteles, las estatuas-columnas de profetas y apóstoles y el celebérrimo parteluz con la imagen de Santiago el Mayor.
 Sorprende la gran consideración social del maestro Mateo en abril de 1188, puesto que es únicamente su nombre el que aparece en el citado epígrafe, sin comentario alguno al arzobispo Pedro Suárez de Deza (1173-1206) o al rey Fernando II, verdadero patrocinador de las obras, quien había fallecido en enero de 1188, por lo que no pudo estar presente en la ceremonia de colocación de los dinteles. A partir de mayo de 1188 Mateo y su taller continuaron el trabajo colocando las esculturas del tímpano y las arquivoltas del tríptico que conforma el Pórtico, levantan las bóvedas nervadas del nártex, concluyen la tribuna, al tiempo que van levantando la fachada animada por amplios vanos y un gran rosetón central, además de las dos torres laterales. Hacia 1200 ya estarían concluidas estas labores, y en estos años iniciales del siglo XIII se inicia el coro pétreo, que habría de estar terminado en 1211, año de la consagración de la catedral de Santiago.

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Mateo fue el tracista y director de esta obra colosal, tanto desde el punto de vista de la arquitectura como de la escultura, pintura -desaparecida- y policromía de las imágenes. Su figura hay que valorarla como la de un intelectual y un artista al frente de un gran equipo de canteros y artistas de excepcional capacidad. Su imagen se acerca, por lo tanto, a la del autor del Partenón o a los grandes maestros del renacimiento, inspirados todos ellos -Mateo también, por supuesto- por textos e ideas eminentes, que constituyen bases fundamentales en el desarrollo de la cultura occidental. En la Compostela de finales del siglo XII el maestro del Pórtico de la Gloria creó un taller unido y vertebrado, profundamente creativo y firmemente asentado en las mejores tradiciones estilísticas y culturales del Occidente medieval. De hecho, la mayoría de estos artistas procederían de algunas de las regiones de Europaculturalmente más dinámicas y vinculadas a los caminos de peregrinación. Este cosmopolitismo artístico, sumado al talento de Mateo para aglutinar y dirigir a un ecléctico elenco de modos y estilos, incrementó la creatividad del taller, logrando para Compostela una obra original y de gran fuerza, capaz de recapitular el arte cristiano-occidental de su tiempo: el románico de los caminos de peregrinación.
Para lograr el supremo objetivo de concluir la basílica apostólica de Occidente, el maestro Mateo gozó de abundantes medios humanos y técnicos derivados de la rica tradición artística compostelana, procedente en buena medida de los talleres catedralicios, activos desde 1075 y de gran creatividad en los inicios del siglo XII. Algunos de los artífices que dieron vida al Pórtico -posiblemente él también- serían hijos, nietos, bisnietos o tataranietos de los canteros y escultores que trabajaron a las órdenes de los maestros Bernardo el ViejoEsteban o el maestro de Platerías. Mateo se formó, sin la menor duda, en tan fecunda tradición, aunque supo trascenderla, aportando al rico matraz compostelano las innovaciones y matices que revelan su obra y su legado.

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 A la sombra del gran maestro se fue formando, desde 1168 hasta algo más allá de 1200, un grupo de artistas que trabajaron durante décadas bajo su dirección. Hay en el Pórtico un estilo naturalista tradicionalmente atribuido a la mano del maestro principal y que se ejemplifica en las imágenes pétreas del profeta Daniel y el Santiago del parteluz; dos piezas que muestran una posible influencia directa del arte francés de vanguardia, sobre todo de la escultura de la fachada de Saint-Denis de París (1140), edificio que pudo recibir la visita del maestro compostelano, puesto que la Iglesia de Santiago mantenía desde fines del siglo XI fuertes relaciones con las iglesias francesas. No sería impensable, por lo tanto, que el joven Mateo, si se tiene en cuenta su posible origen compostelano, formase parte de alguna delegación eclesiástica en viaje a Francia. En este periplo tendría oportunidad de conocer directamente, o a través de dibujos y croquis, el nuevo arte auspiciado por el abad Suger de Saint-Denis.
La tradición francesa en la cultura compostelana fue especialmente fecunda en época de Gelmírez, influencia que sin duda continuaría en el ambiente artístico vivido por Mateo en la Compostela de las décadas de 1150-1160, época en la que germinaría su talento y principiaría su actividad. La apertura de miras de este artista y el mestizaje cultural que promueve, junto con la alta calidad de los escultores y canteros que integran su taller, van a configurar las señas de identidad más características del estilo mateano, en concreto de la personalidad del Pórtico de la Gloriay de todo el arte derivado de él. Por otra parte, la variedad estilística de la obra mateana es buena prueba de la vitalidad cultural de la ciudad de Santiago en el siglo XII, meta de la peregrinación occidental. [FS]

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XacopediaPórtico de la Gloria



Se conoce así al conjunto escultórico, cumbre del arte románico, situado en la puerta occidental (O Obradoiro) de la catedral de Santiago de Compostela. Obra dirigida por el maestro Mateo a finales del siglo XII, su mensaje supremo de redención ha sido admirado y sentido por peregrinos de toda procedencia desde el siglo XIII. En 1168 se hace cargo de la dirección de las obras de la catedral de Santiago el maestro Mateo de Compostela, por mandato expreso del rey Fernando II de León y Galicia. Lo primero que hace es rematar la arquitectura del final de las naves y empezar la cripta o piso inferior del pórtico occidental. Veinte años más tarde, el 1 de abril de 1188, se colocan los dinteles sobre los que se monta el tímpano, continuando en años siguientes, hasta 1200 o ya en inicios del siglo XIII, con el resto de las obras de escultura y arquitectura hasta completar el nortes, la tribuna, la fachada y las torres. Este frontis occidental está compuesto por una estructura arquitectónica de tres plantas, en las que por primera vez en España se emplean como cubiertas bóvedas de crucería, por influencia del primer gótico, como la abadía de Saint-Denis, construida en las afueras de la capital francesa, la catedral de Nôtre-Dame de París y otros edificios franceses realizados entre 1135-1170. La organización de espacios del pórtico procede de las experiencias artísticas del tardorrománico borgoñón y del primer gótico de Île-de-France.

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El resultado de esta doble influencia se aprecia en la cripta del pórtico, una sólida arquitectura creada entre 1170-75 para salvar el desnivel de terreno que hay entre las naves de la catedral y la futura plaza de O Obradoiro. Este piso bajo cuenta con planta de cruz latina, se comunica con el exterior por medio de dos puertas de arco de medio punto, y con la catedral por unas escaleras interiores que conducen a las naves laterales.
El segundo piso, el Pórtico de la Gloria propiamente dicho, estaba originalmente unido -sin hojas de madera que cerrasen las entradas- a una terraza abierta a la plaza; se descendía desde dicha terraza por medio de dos escaleras laterales de tres tramos. Esta segunda planta funcionaba como entrada principal de la gran iglesia de peregrinación, y siempre estaba abierta al exterior. Su composición se formalizó con un amplio nártex de tres arcos, decorado con estatuas-columnas y relieves de granito y mármol, en su origen policromados, conformando el principal conjunto escultórico medieval de los Caminos de Santiago. Este segundo piso se cubre con bóvedas nervadas sobre las que se eleva la tribuna, una alta superestructura que es continuación del piso de tribunas de la catedral, cubierta por una gran bóveda de crucería cuya clave está decorada con el Cordero místico. La estructura arquitectónica del Pórtico de la Gloria asume las características generales del proyecto catedralicio iniciado en 1075, dando las soluciones definitivas para su conclusión.


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La decoración escultórica de este pórtico monumental presenta, a través de su abundante figuración, un sentido simbólico en relación con el programa iconológico general de la basílica jacobea. El estilo de esta humanidad esculpida es ecléctico, fruto de las múltiples influencias que asume el taller mateano para crear un arte original y único, con señas de identidad profundamente europeas, cuyas fuentes se encuentran en los principales focos culturales de los caminos de peregrinación.

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 En la cripta conviven una corriente tardorrománica de evocaciones helenísticas, y otra protogótica, más naturalista y moderna. El escultor tardorrománico, conocido como “maestro de los paños mojados”, es capaz de elevar hasta altas cotas de refinamiento antiquizante la imaginería pétrea del último románico; pero cuenta con seguidores menos dotados, cuyo estilo se pierde en la planta superior. El otro estilo, tradicionalmente identificado con el joven Mateo, es más naturalista, busca un verismo que logrará su punto veinte años más tarde, en el piso noble del pórtico, al que ya no llegó la tendencia helenística del artista que trabajó en la cripta.
Este espacio inferior está cubierto por una simbólica bóveda celeste, en cuyas claves están labrados ángeles astróforos, uno portando en sus manos el sol y el otro la luna, los astros que iluminan el mundo terrenal. Dichas bóvedas nervadas sirven de asiento al piso del Pórtico de la Gloria, en el que se representa el cielo supraterrenal, la Jerusalén celeste, cuyo mensaje simbólico relata la historia de la constitución de la Jerusalén celeste, culminación del programa de la redención del género humano.

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 La imaginería que puebla el pórtico abarca toda la arquitectura del nártex, desde los basamentos, ornamentados por seres monstruosos aplastados por las estatuas-columnas de profetas y apóstoles. En el basamento del parteluz hay un hombre robusto, melenudo y barbado, que obliga con sus manos a que dos leones abran sus fauces. Esta representación ha sido interpretada con el triunfo del profeta Daniel, victorioso tras pasar la terrible prueba del foso de los leones, y que se presenta en el conjunto como prefiguración de la Resurrección de Cristo. En el lado opuesto al profeta y los leones se encuentra una figura orante, tocando su pecho con la mano derecha para exteriorizar la sinceridad de su fe. Se trata del popular Santo dos Croques, identificado por muchos con el maestro Mateo. A partir de 1224 este orante estaba vinculado con el monumento sepulcral del arzobispo Pedro Muñiz (1207-1224).
Sobre este basamento central se eleva el parteluz, eje compositivo del Pórtico, formado por cinco columnas con los fustes labrados en un único bloque de granito. En este elemento Mateo engastó una columna de fuste marmóreo decorado con el árbol genealógico de Jesucristo, el árbol de Jesé, cuya difusión se debe, en buena medida, al abad Suger de Saint-Denis. En lo alto del fuste aparece la Virgen María ataviada con fina túnica y velo ceñido por una diadema, componiendo con las manos un gesto de humildad que evoca el momento de la Anunciación. El capitel de esta columna presenta la genealogía divina de Cristo, la Santísima Trinidad en su versión de paternitas: Dios Padre, coronado, sosteniendo en su regazo al Hijo, que adopta la premonitoria pose de la Crucifixión, y sobre ellos el Espíritu Santo en forma de paloma.

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Sobre el capitel de la Trinidad se encuentra el santo titular del templo, el apóstol Santiago el Mayor sentado en su cátedra, resaltando su papel de intercesor de los fieles ante el Salvador que preside el tímpano de la Gloria. El Apóstol se presenta mayestático, sentado en una silla apoyada sobre leones, vestido como Apóstol evangelizador, con túnica y manto, pies desnudos, portando un báculo en forma de tau en su mano izquierda y un rollo de pergamino en la derecha, con un pequeño texto que alude a su misión: Misit me Dominus [Me envió el Señor]. Sobre la imagen del Apóstol se sitúa el capitel de las tentaciones de Jesús en el desierto, que soporta el dintel sobre el que se monta el colosal tímpano del arco central.
Las estatuas-columna y el Ordo Prophetarum//// A ambos lados del parteluz se despliegan, a izquierda y derecha, y a espaldas del espectador, una serie de estatuas-columnas que inaugura este tipo de soporte en la Península Ibérica. A la derecha del parteluz se encuentran los apóstoles de Cristo, cuya serie se inicia con San PedroSan PabloSantiago el Mayor y su hermano San Juan, mientras que a la izquierda se ubican profetas destacados del Antiguo Testamento. Todos ellos animados en una suerte de conversación discreta mantenida por parejas, un sutil diálogo entre imágenes que rompe con el tradicional hieratismo románico.
El aparente murmullo mantenido entre apóstoles y profetas consigue un efecto de vida poéticamente expresado por Rosalía de Castro, además de potenciar el efecto envolvente de un espacio no compartimentado, en el que debían integrarse fieles y peregrinos. Este recurso procede del ambiente artístico borgoñón, como prueba el portal de la iglesia de la Madeleine de Vézélay. Hay que destacar que la inspiración para la serie de profetas que se sitúa a la izquierda del parteluz -destacan Moisés, Isaías, Daniel y Jeremías, anunciadores de la llegada del Mesías- se encuentra en un drama litúrgico del siglo XII conocido como Ordo Prophetarum [Procesión de los Profetas], ceremonia interpretada y cantada en la catedral en los maitines de la fiesta de Navidad, es decir, en la Nochebuena, y que describía el anuncio de la venida del Salvador por parte de profetas paganos y del Antiguo Testamento.

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Los tres arcos que comunican con las tres naves mayores de la catedral cuentan también con rica figuración, sobre todo el central, cuyo tímpano da nombre al conjunto. Es en este semicírculo pétreo donde Mateo representa la visión del evangelista San Juan en la isla de Patmos, cuando un soplo divino le inspiró el Libro del Apocalipsis, un texto misterioso que fascinó a la cristiandad latina medieval. En el Pórtico de la Gloria esta visión apocalíptica presenta en el centro del tímpano a Cristo en Majestad, Juez del Último Día, coronado y con el torso desnudo, mostrando las llagas de la Pasión. Aparece flanqueado por los cuatro evangelistas, rodeado por ángeles que portan los instrumentos de la Pasión, símbolo triunfal de la segunda venida del Mesías, y por otras figuras angélicas con incensarios.
Esta humanización de la figura de Cristo está en sintonía con la nueva sensibilidad desarrollada en Occidente a lo largo del siglo XII. Una espiritualidad que busca un acercamiento del fiel a la figura de la divinidad, a través de la representación sufriente y humana de Jesús, motivando una contemplación emotiva y piadosa. Este nuevo modo de presentar al Salvador refuerza el sentido triunfal que ya aparece en el capitel del parteluz, situado a los pies de la imagen de Cristo, y en el que se muestra el triunfo de Jesús sobre el demonio, evitando las tentaciones del desierto descritas por los evangelistas Mateo, Marcos y Lucas. Se trata, por lo tanto, de la primera victoria de Cristo sobre el mal y la muerte, bajo la victoria definitiva de su segunda venida para juzgar a vivos y a muertos.

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 El tímpano está enmarcado por arquivoltas en las que se sitúan los veinticuatro ancianos del Apocalipsis, que también conversan en parejas, al tiempo que afinan sus instrumentos músicos y preparan el nuevo cántico que le ofrecerán al Cordero. Algunos de ellos portan redomas de vidrio, evocación de las copas de oro llenas de perfumes, metáfora que alude a las oraciones de los santos, según la visión de San Juan. De igual modo que entre profetas y apóstoles no existían barreras que limitasen su comunicación, en las partes altas del pórtico las almas asexuadas de los justos pasan al tímpano de la Gloria desde las arquivoltas laterales.
El arco de la izquierda cuenta, en su arquivolta interna, con el descenso de Jesús al Limbo, en los días que permanece en el seno de la tierra, antes de la Resurrección. En este viaje de ultratumba el Salvador libera a los justos del seno de Abraham, entre ellos Adán, Eva, y ocho personajes, siete de ellos coronados, que representan a los patriarcas veterotestamentarios y a las tribus de Judá y Benjamín. Las otras diez tribus de Israel también están representadas en esta parte del pórtico, oprimidas por la moldura tórica de la arquivolta externa del arco izquierdo, simbolizando así el cautiverio de Babilonia.

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Al otro lado del nártex, en el arco derecho, se representa el Juicio Universal, con la resurrección de los muertos representada en el fuste marmóreo situado bajo la imagen de San Pablo, el paso de los justos desde las arquivoltas al tímpano, acompañados por ángeles que los arropan, y el triste final de los pecadores que son llevados por los demonios. Se ven en las claves de este arco del Juicio los bustos de Cristo y San Miguel, separando las almas de los píos, que se dirigen a la contemplación de la Gloria, de los réprobos, merecedores de toda suerte de suplicios. La unidad conceptual del Pórtico, como místico espacio continuo en el que todo está relacionado, se refuerza con este movimiento de figuras entre las arquivoltas laterales y el tímpano, y con la posición en los cuatro ángulos del nártex -las cuatro esquinas del universo- de los ángeles trompeteros enviados por el Redentor para reunir a los elegidos en el último día.


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La figuración monumental que Mateo propone para la entrada occidental de la catedral de Santiago trasciende la imagen del tríptico formado por los tres arcos y sus correspondientes estatuas-columnas, de suerte que se conforma una envolvente multitud que puebla todo el nártex, prolongando el programa escultórico por sus laterales y alcanzando a la contraportada de la fachada y a la desaparecida portada. Al carecer de hojas de madera que cerrasen las tres entradas, Mateo logró plasmar una relación directa entre la visión de la Gloria y el mundo terrenal, pues el tímpano y sobre todo la monumental imagen del Salvador eran perfectamente visibles desde la plaza. Sobre las bóvedas del Pórtico se eleva la galería occidental, un espacio superior que cierra en altura la catedral, concluyendo hacia occidente el nivel de tribunas que rodea todo el templo. Los nervios de la airosa bóveda de crucería de este tercer piso se sostienen sobre cuatro ángeles y se cierran en una clave donde se sitúa la luz simbólica del Cordero de Dios, la única que ilumina la Jerusalén celeste, cuya evocación terrenal, al final del Camino de Santiago, era la propia catedral compostelana. [FS]
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XacopediaPórtico de la Gloria, imposición de manos en el


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Rito de los peregrinos de la catedral de Santiago de Compostela consistente en colocar los cinco dedos de la mano derecha en la columna del parteluz del Pórtico de la Gloria, la célebre portada románica occidental de esta basílica. Se desconoce el origen de esta costumbre, a la que la Iglesia no concede valor espiritual, pero que respetó hasta que en mayo de 2008 se inició una larga restauración del conjunto que previsiblemente impedirá su continuidad, con el fin de preservar el monumento.
Ya en el Año Santo de 2004 se habían tomado las primeras iniciativas de control. Las medidas protectoras no han impedido que numerosos peregrinos hayan logrado burlar la vigilancia para acercarse al parteluz y cumplir con este rito que ha sido, con el del abrazo al Apóstol, el más popular de la basílica compostelana.
 Se desconoce cuando se originó la imposición de manos en la columna del parteluz y su significado inicial. En todo caso, su huella es incuestionable, como demuestra la profunda oquedad formada por los millones de manos que en los últimos ocho siglos se han apoyado sobre la columna citada, en la que se recrea el árbol de Yesé brotando del pecho de este personaje bíblico, padre de David. Representa la doble condición humana y divina de Cristo, que se encuentra más arriba, ya en el tímpano, con Santiago a sus pies.
Todo indica que el origen del rito se remontaría a los primeros tiempos del Pórtico, concluido a finales del siglo XII o inicios del XIII. Tendría mucho que ver con la antigua tradición religiosa de la imposición de manos y su simbologíatransmisora. Pudo comenzar con el deseo de los peregrinos de orar, cansados, con gesto de sumisión y clemencia a los pies de las majestuosas y amables estatuas de Santiago y Jesucristo en majestad que, como decimos, presiden la parte central del pórtico. Han llegado. Están con Jesús y Santiago, al fin. Apoyan la mano y descansan de un agotamiento vital, más que físico. Es el gran momento, el más íntimo. Buscan y sienten la proximidad.

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Antiguamente la costumbre era orar con la mano apoyada en la columna varias oraciones y pedir la intercesión divina. El renacer contemporáneo de las peregrinaciones, tanto por el Camino como a través de viajes organizados, y el incremento del turismo hicieron habituales en este lugar las largas colas y las prisas, que dieron el relevo al sosiego y la intimidad. Por ello las oraciones fueron sustituidas por rápidas y silenciosas súplicas, deseos, fugaces expresiones de gratitud y hasta determinados e incluso improvisados gestos y actos en los que se adivinaban ciertas prácticas exotéricas y también, por qué no, muestras de ignorancia. En muchas ocasiones, el motivo principal no iba más allá del hecho de lograr una foto típica.
 Ante la ausencia de un motivo claro sobre los orígenes del rito de la imposición de manos han surgido diversas propuestas y teorías. En 1954 señalaba el erudito gallego Filgueira Valverde que “algún poeta estableció un bello símil entre la disipación de la duda de Tomás, cuando toca con sus dedos la llaga del resucitado, y la convicción del peregrino que, llegado al pórtico, puede creer al fin en la meta compostelana”. Para el serio exotérico Juan G. Atienza (1992), sin embargo, “introducir la mano en el árbol de Jessé sería como la incorporación formal del peregrino a la familia bíblica de Santiago, llamado en numerosas citas evangélicas hermano de Jesús, un lazo sagrado”.

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Algo antes había valorado el hecho el francés André Corthis (1930): “Es preciso, me dicen, apoyar allí mi mano. Obedezco. Bajo la palma se comba una superficie lisa, pulida, redondeada. Cada uno de los peregrinos que venían a Santiago posaba en este lugar su mano derecha y rezaba cinco padrenuestros y cinco avemarías, y los dedos, poco a poco, han cavado la piedra. Siento que en ella vive también un alma, muy lejana, emocionante”.
Para el ex deán de la catedral compostelana Jesús Precedo Lafuente, “la colocación de los dedos” es, sin duda, “recuerdo de la actitud de los peregrinos que, cansados del Camino, se apoyaban allí para contemplar la meta de sus fatigas. Con el paso del tiempo y con la repetición del gesto -añade- se fueron ahondando los intersticios que los artistas dejaron entre las ramas”.
Sobrecoge ver la profunda huella en la durísima columna de mármol y adivinar, aunque sea solo por un momento, que es el resultado del roce y el anhelo de millones de viajeros y peregrinos desde ochocientos años atrás. [MR]


XacopediaSantiago de Compostela

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Municipio y ciudad de 95.100 habitantes (260 m), meta de los caminos de peregrinación jacobea por conservar en su catedral el sepucro atribuido al apóstol Santiago el Mayor. Es el kilómetro cero de todos los caminos de Santiago.
Ciudad a medio camino entre el cosmopolitismo más sorprendente, fruto de la presencia de peregrinos y turistas de todo el mundo, y la tradición más inmutable, nunca deja de sorprender y de revelar sorpresas. Desde 1981 es la capital de la Comunidad Autónoma de Galicia.
Ya desde la Edad de Bronce, según acreditan los restos arqueológicos y toponímicos, existen evidencias de actividad humana en el espacio que ocupa la actual ciudad de Santiago de Compostela. De la época prerromana quedan también restos, como antiguos castros y monumentos funerarios. Con la romanización, ya existía en esta comarca una mansio viaria en la Vía XIX entre Braga y Astorga. Su cercanía a los entonces relevantes puertos de Iria Flavia y Brigantium (A Coruña) hace presumible la existencia en las tierras de la actual Compostela de un poblado romano, que tuvo continuidad inmediata en la época sueva. Hay restos romanos que certifican la existencia de un núcleo fundado en la segunda mitad del siglo I, un poblado de pequeñas dimensiones pero de significación relevante. Podría corresponderse con la mansio viaria llamada Asseconia. Además de la existencia de un gran cementerio también parece que hubo unas termas romanas.

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 Al margen de los datos históricos, el origen de Compostela hay que relacionarlo también con la leyenda de la sepultura de Santiago en la actual catedral, porque ahí radica el sentido de su existencia. Y esta tradición narra que después de la muerte del apóstol Santiago en Jerusalén, en el año 44, sus discípulos, Teodoro y Atanasio, trajeron desde Jaffa hasta el puerto gallego de Iria el sagrado cuerpo de su maestro. Más tarde acuden en busca de la reina Lupa y, como cuenta el Códice Calixtino (s. XII), “le piden que les dé un pequeño templo en donde ella había colocado un ídolo para adorarlo y que era también muy concurrido por los descarriados creyentes de la absurda gentilidad […]. Luego, con insistentes ruegos, le piden que ceda la precitada casa dedicada a los demonios para consagrarla a Dios”.
Después de la conversión de la reina Lupa, al comprobar como los bueyes salvajes se convirtieron milagrosamente en mansos, “se aviene a su petición […], destruye y rompe resueltamente los ídolos que antes, engañada por su fantástico error, había adorado humilde y sumisa, y derriba y deshace los templos que en sus dominios había. Y cavado profundamente el suelo […] se construye un sepulcro, magnífica obra de cantería, en donde depositan con artificioso ingenio el cuerpo del Apóstol. Y en el mismo lugar se edifica una iglesia del tamaño de aquel, que, adornada con un altar, abre una venturosa entrada al pueblo devoto”.

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El padre Fidel Fita y Aurelino Fernández-Guerra realizaron una traducción de la versión de estos hechos recogidos de un texto original de los siglos X-XI (la Epístola del papa León) donde se dice que, “llegados los discípulos a la posesioncita de Libredón, se encontraron allí cierto ídolo colosal y cerca de él, en una cripta de picapedreros, muchos picos, martillos, alcotanas y demás herramientas de albañilería y cantería. Echaron mano de las que hubo necesidad para hacer añicos el simulacro pagano; y con las palas y azadones abrieron zanjas y construyeron cimientos firmísimos desde la dura roca. Sobre parte de ellos se alzó inmediatamente una reducida cámara, arqueada y subterránea, donde tuvo con peregrino arte digno sepulcro el venerado cuerpo del Apóstol; y sobre otra parte labraron una iglesia de cortas dimensiones, enriquecida con marmóreo altar, y abierta para el pueblo feliz, que allí oraba y asistía devoto al incruento sacrificio”.
El texto señala a continuación que “puesto el santísimo cuerpo en el sarcófago, los Discípulos consagran el ara, y dedican la iglesia, entonando los himnos Davídicos propios de este rito y ceremonia; arrojan por aquellas cercanías el fecundo grano de la santa predicación; y cogen pronto abundosa mies para gloria de Cristo. Con maduro acuerdo y sabia providencia, los discípulos Teodoro y Atanasio moran todos los días de su vida en aquella casa divina, custodios del sagrado depósito; y á su muerte disponen, y se les cumple así por los cristianos, descansar en tan santa morada, sepultados el uno a la derecha y el otro á la izquierda de su maestro”.
Con el tiempo, el lugar quedó oculto y olvidado, hasta que, en el primer cuarto del siglo IX, un eremita llamado Paio, que se encontraba retirado en el bosque Libredón, observó una lluvia de estrellas sobre un punto determinado, lo que fue interpretado como un mensaje divino. Cuando el obispo Teodomiro fue avisado, se acercó al lugar y certificó que los restos hallados se correspondían con los sagrados cuerpos de Santiago y sus dos discípulos, Teodoro y Atanasio.


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 Inmediatamente comunican al rey Alfonso II el Casto (791-842) la noticia y este, entusiasmado, decide apoyar la construcción de una pequeña basílica que recoja los restos mortales del apóstol Santiago y peregrina más tarde él mismo hasta el santuario. La construcción de la iglesia para albergar la tumba del Apóstol pudo comenzar hacia el 829 y en torno a ella se constituyó el núcleo de lo que poco después sería Compostela. Pronto surgen también los primeros y modestos asentamientos en los alrededores del sepulcro, que se van desarrollando y diversificando según las nuevas necesidades. A principios del siglo IX, la ciudad de Compostelatodavía no existe, pero el hallazgo de Paio, la fe de Teodomiro y la decisión de Alfonso II marcan el inicio de su historia.
Cuando Teodomiro muere en el año 847, es enterrado en Compostela. La nueva urbe se convierte en poco tiempo en sede real de la Diócesis de Iria, que posteriormente será la nueve Diócesis de Santiago (1095), por la Bula Veterum Sinodalia del papa Urbano II. El traslado de la sede se debió sin duda a la importancia del santuario jacobeo, pero también fue motivado por la necesidad de separarla de la costa por razones de seguridad. El propio obispo Sisnando II (952-968) falleció víctima de un flechazo en la batalla de Fornelos de Montes, el 29 de marzo del año 968, cuando se enfrentaba al asalto de las tropas vikingas que pretendían invadir las costas gallegas y llegar a Compostela, aunque esto último no lo lograron.
A mediados del siglo IX funcionaría ya el primer y modesto hospital de peregrinos y Alfonso III (866-910) manda construir, sobre el humilde santuario edificado por Alfonso II, una nueva basílica de mayores dimensiones consagrada finalmente en el año 899.

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 La pronta presencia de peregrinos de allende los Pirineos en Compostelaqueda demostrada, por ejemplo, por las monedas de procedencia extranjera de los siglos IX y X encontradas en prospecciones arqueológicas realizadas en el subsuelo de la actual catedral. Algunas de estas monedas más antiguas fueron acuñadas en tiempos del emperador Carlomagno, muerto algunos años antes del hallazgo de los restos apostólicos.
A mediados del siglo X, se levanta la primera muralla de la ciudad para protegerla de los ataques vikingos, normandos y sarracenos. Cuando Compostela fue destruida por el caudillo musulmán Almanzor en 997, solo habrían respetado el sepulcro del Apóstol.
El obispo San Pedro de Mezonzo (985-1003) inicia con decisión la reconstrucción del templo jacobeo y del resto de la ciudad, que logra en poco tiempo recobrar su impulso vital. Sin embargo, la experiencia vivida lleva al obispo Cresconio (1037-1076) a iniciar, a principios del siglo XI, la construcción de una nueva muralla, más extensa y mejor fortificada, que marcará las lí-neas maestras del perímetro de la futura gran ciudad medieval.
Según recoge Aymeric Picaud en el libro V del Códice Calixtino, “siete son las entradas y puertas de la ciudad. La primera entrada se llama Puerta Francesa; la segunda, Puerta de la Peña; la tercera, Puerta de Subfratibus; la cuarta, Puerta del Santo Peregrino; la quinta Puerta Faxeira, que lleva a Padrón; la sexta, Puerta de Susannis; la séptima, Puerta de Mazarelos, por la cual llega el precioso vino a la ciudad”.
Durante los siglos XI y XII, Compostela vive momentos de crecimiento y apogeo al amparo del santuario, visitado por peregrinos llegados desde todas partes de Europa. La superación de los temores de que se acabase el mundo en el emblemático año 1000, la autoafirmación del norte peninsular cristiano frente a los ataques musulmanes, atribuida en muchos casos a la intercesión del Apóstol, y el inicio, promovido por el obispo Diego Peláez (1071-1094) y patrocinado por Alfonso VI de Castilla y León (1065-1109), de la construcción en 1075 de la basílica románica que albergará de manera definitiva y con la grandeza que merecían los restos mortales del apóstol Santiago, contribuyeron de modo decisivo al aumento del fenómeno de la peregrinación a Compostela. En el Códice Calixtino se llega a afirmar que “a este lugar vienen los pueblos bárbaros y los que habitan en todos los climas del orbe […]; gentes innumerables de todas las lenguas tribus y naciones vienen junto a él en caravana y falanges, cumpliendo sus votos en acción de gracias para con el Señor y llevando el premio de las alabanzas”. Sin duda el Calixtinus exagera, pero el trasfondo era real.

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La diversidad no era solo de lenguas y naciones sino que al santuario jacobeo venían también “los pobres, los ricos, los criminales, los caballeros, los infantes, los gobernantes, los ciegos, los mancos, los pudientes, los nobles, los héroes, los próceres, los obispos, los abades, unos descalzos, otros sin recursos, otros cargados con hierro por motivos de penitencia”. Son palabras también del Calixtinus y es este caso no hay duda de que era así.
 En el año 1120, siendo arzobispo Diego Gelmírez (1100-1140), se produjo el impulso definitivo para la construcción de la basílica y a lo largo de su pontificado se desarrolló una intensa actividad al servicio de la promoción del culto jacobeo y de las peregrinaciones a Compostela. En este sentido, hay que destacar el interés que mostró para que los más prestigiosos clérigos e intelectuales trabajasen en la redacción de dos libros tan trascendentales como la Historia Compostelana y el Códice Calixtino y su empeño en conseguir que, a través del camino de peregrinaciónCompostela se convirtiese en una de las ciudades santas de la cristiandad, junto a Roma y Jerusalén, y en centro espiritual y comercial de relevancia europea. El impulso del papa Calixto al otorgar a Compostela la condición de Archidiócesis Metropolitana favoreció y consolidó la iniciativa de Gelmírez, que en 1120 se convirtió en el primer arzobispo compostelano de la historia.
La institución del Voto de Santiago, al menos desde el siglo XII, supuso una importantísima fuente de ingresos que el Cabildo y los prelados compostelanos pudieron emplear en el engrandecimiento de las obras del templo y del culto, y en la adecuada protección hospitalaria a los peregrinos.

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En este contexto, Santiago alcanza su máximo prestigio cultural y político al tiempo que las peregrinaciones llegan a su apogeo. Para el servicio al peregrino, los templos se multiplican. El Códice Calixtino dice que “en esta ciudad suelen contarse diez iglesias, entre las que brilla gloriosa la primera la del gloriosísimo apóstol Santiago el de Zebedeo, situada en medio; la segunda es la de San Pedro, apóstol, que es abadía de monjes, situada junto al CaminoFrancés; la tercera, la de San Miguel, llamada de la Cisterna; la cuarta la de San Martín obispo, llamada Pinario, que también es abadía de monjes; la quinta, la de la Santísima Trinidad, que es el cementerio de los peregrinos; la sexta, la de Santa Susana, Virgen, que está junto al camino de Padrón; la séptima, la de San Félix, mártir; la octava, la de San Pelayo, mártir, que está detrás de la iglesia de Santiago; la décima, la de Santa María Virgen, que está detrás de la de Santiago, y tiene un acceso a la misma catedral, entre el altar de San Nicolás y el de la Santa Cruz”. Aunque no aparece citada, ya que es posible que no estuviera terminada, es digna de destacar también la iglesia de Santa MaríaSalomé, mandada construir por Gelmírez, ya que es el único templo consagrado a la madre de Santiago y de Juan, los hijos de Zebedeo.
 Los prósperos gremios locales, como picheleirosconcheiros, azabacheros y cambiadores de moneda internacional, que vi-vían al amparo de las peregrinaciones, hicieron de Santiago uno de los primeros núcleos de la península donde la naciente burguesía jugaría un importante papel. Este progreso provocará algunos enfrentamientos entre Gelmírez, como máximo representante de la Iglesia compostelana, y este nuevo poder emergente que desea una mayor autonomía y capacidad de decisión sobre los asuntos de la ciudad.
La concesión de indulgencias a los peregrinos y la consagración de la catedral románica en 1211 mantuvieron muy vivo el fenómeno de las peregrinaciones y el desarrollo de la ciudad. Desde el siglo XIII, el viaje marítimo floreció con la expansión de la economía en Europa. Los peregrinos escandinavos, flamencos, escoceses, irlandeses y, sobre todo, los ingleses aprovechaban los viajes comerciales o de barcos de mercancías para viajar a los puertos de Galiciay, desde allí, iniciar su peregrinación a Compostela. Sin embargo, el periodo de crecimiento que vivía la ciudad de Santiago va a empezar lentamente a cambiar.

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Compostela padece en la Baja Edad Media una etapa de estancamiento socio-político, económico y constructivo notable. Los desequilibrios económicos son cada vez más evidentes y la que había sido una pionera burguesía destinada a impulsar el desarrollo definitivo de la ciudad no acaba de consolidarse. Los periodos de hambre que se suceden a largo de los siglos XIII y XIV causaron problemas sociales.
En el pontificado del arzobispo don Lope de Mendoza (1400-1445) se instituyó la celebración de los años jubilares a partir de 1434, para muchos el primer año santo compostelano de la historia. Los peregrinos podían beneficiarse de la indulgencia plenaria cualquier día del año jubilar -esta gracia se concedía siempre que el día de la festividad de Santiago, el 25 de julio, coincidiese en domingo-; asimismo podía obtenerse la indulgencia plenaria en los demás años el día 25 de julio. La frecuencia de la celebración de los años santos compostelanos -cada 6, 5 y 11 años- es mayor incluso que la del jubileo romano, y ayudó a mantener vivo el espíritu de la peregrinación.
 Los siglos XVI, XVII y XVIII suponen para Santiago de Compostela nuevas oportunidades para su continuo y siempre difícil renacer, pero es necesario adaptarse a los nuevos tiempos y la ciudad sabrá sobrevivir y alcanzar determinados momentos de gloria, tanto desde su desarrollo económico y social como artístico y cultural.
La saga de los tres Fonseca que dirigieron la Archidiócesis de Santiago de Compostela entre 1460 y 1524 fue decisiva en este sentido, ya que se creó el Colegio de Estudios que dio origen a la Universidad de Santiago en 1495, confirmada por el papa Julio II en 1504.
La construcción impulsada por los Reyes Católicos del Hospital Real fue una obra muy importante para la ciudad y para los peregrinos que a ella venían, tanto por su interés arquitectónico como social. También fueron significativas obras como el claustro de la catedral, o los palacios de San Xerome y Fonseca. Santiago de Compostela era el centro político de Galicia, dado que acogía desde 1480 la Real Audiencia, órgano principal del poder político, hasta que Felipe II (1556-1598) la traslada a A Coruña.

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Los ataques de los ingleses a las costas gallegas y su inminente toma de la ciudad de A Coruña, encabezados por el corsario Francis Drake, que había amenazado con destruir la catedral compostelana y la tumba apostólica, así como el temor de que el deseo confesado por Felipe II (1556-1598) de llevarse los restos del Apóstol al monasterio del Escorial se hiciese realidad, aconsejaron al arzobispo Juan de Sanclemente y Torquemada (1587-1602) esconder los despojos de Santiago y sus discípulos Teodoro y Atanasio bajo el altar mayor de la catedral. El miedo a que pudieran ser hallados hizo que estas actuaciones se realizaran con el mayor de los secretos y el prelado Juan de Sanclemente murió sin revelar el lugar exacto donde fueron escondidos.
El estancamiento económico durante estos siglos es también notable, aunque la ciudad sigue siendo un centro comercial importante en Galicia, principalmente a través de sus ferias. Se conserva también la actividad relacionada con algunos de los gremios medievales más dinámicos vinculados al comercio y las peregrinaciones, como los plateros, azabacheros o tallistas de imágenes religiosas. El Catastro del Marqués de la Ensenada (1752) constata que cerca del cincuenta por ciento de la población compostelana vive de modestas labores artesanales, orientadas a los peregrinos y la demanda local.
Santiago de Compostela resiste con la ayuda del comercio y de las peregrinaciones a pesar de su declive. El peregrino italiano Nicola Albani, que viajó a Santiago de Compostela en 1743 y 1745, en su relato titulado Viaje de Nápoles a Santiago de Galicia, constata que siguen llegando peregrinos de diferentes naciones y considera, quizá en un exceso de optimismo -con su parte de verdad-, que la ciudad es rica y está llena de comerciantes.
A pesar de las dificultades, el Cabildo y los arzobispos siguen contando con cuantiosos fondos que les permiten afrontar un periodo de expansión constructiva marcado principalmente por la eclosión del barroco, tanto en edificios de carácter religioso como civil.

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Es en esta etapa cando se da la solución arquitectónica definitiva a las cuatro grandes plazas que rodean la catedral: O ObradoiroAs PrateríasA Quintana y A Acibechería o A Inmaculada. Camilo José Cela, en su viaje Del Miño al Bidasoa dice que “el vagabundo [peregrino], antes de meterse en la catedral, a dar gracias al santo por conservarlo vivo, un poco triste y decidor, quiere contar las incontables losas de Santiago, las piedras, una a una, de la Plaza Cuadrada [se refiere al Obradoiro], que es más bella, según los sabios, que la de san Pedro de Roma, o las de la Plaza de los Literarios [A Quintana], que es más entrañable, según los poetas, que la de San Marcos de Venecia”. Esta configuración de las cuatro plazas parte de las obras que amplían y engrandecen la estructura externa de la propia catedral y se prolonga a través de la construcción o renovación de los edificios que las circundan. Fue un proceso que le confirió un carácter propio y complementario a cada uno de estos cuatro espacios, hasta convertir el entrelazado circuito resultante en una de las combinaciones de perspectivas arquitectónicas y espaciales más impresionantes que el ser humano tiene a su alcance.
Este renacer arquitectónico y la expansión de la Universidad fueron decisivos para mantener activa una ciudad que no vivía sus momentos de máximo esplendor. La renovación arquitectónica era una necesidad que se venía percibiendo desde tiempo atrás. Santiago, como uno de los tres centros espirituales de Occidente e importante meta de peregrinación, necesitaba renovar su imagen urbana. Ya se habían dado los primeros pasos en el siglo XVI, pero resultaban insuficientes. Así lo señala el canónigo Vega y Verdugo, que realiza un informe en el que apuesta por la mejora estética de la ciudad a través del barroco.

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 El barroco, en cualquier caso, no aportó a Santiago sólo una nueva imagen arquitectónica, sino también una renovada capacidad de expresión artística y popular. Es el momento de los más grandiosos retablos, de las grandes escenificaciones religiosas y festivas en los templos y en la calle.
Entre las primeras obras que se afrontan en este periodo destacan las realizadas en la Puerta Santa de la catedral, en la plaza de A Quintana. Este acceso, tan importante para los peregrinos durante los años santos, fue renovado para darle mayor solemnidad. La Puerta Santa, que sólo se abre en los años jubilares, como entrada referencial para los peregrinos, incluye en su fachada varias de las figuras que el maestro Mateo realizó para el coro pétreo de la basílica compostelana, una joya escultórica que la ciudad perdió por el imparable impulso renovador de los nuevos tiempos.
En todo caso, el símbolo más visible del periodo barroco compostelano es la nueva fachada principal de la catedral. Realizada en un plazo de tiempo relativamente rápido, entre 1738 y 1747, fue proyectada por uno de los grandes arquitectos de esta etapa, el gallego Fernando de Casas Novoa. Sirvió para proteger el Pórtico da Gloria y transformó también en parte las dos torres románicas originales de la fachada, sobre las que se sustentan los actuales remates barrocos. La imagen de Santiago, con los atributos del peregrino y el Libro como señal de la evangelización, preside desde lo alto esta fachada. A sus pies aparecen, de rodillas, los reyes hispanos. Más abajo se disponen las imágenes de sus discípulos Teodoro y Atanasio, también representados como peregrinos, que custodian el sepulcro encontrado por el eremita Paio, que aparece iluminado por la estrella que señaló el lugar donde se encontraba oculto. También se alojan en la fachada las figuras pétreas de los padres de SantiagoZebedeoy Salomé; su hermano Juan el EvangelistaSantiago Alfeo, conocido como el Menor y también discípulo de Cristo, y las de Santa Susana y Santa Bárbara. Evocación jacobea de principio a fin.



El afán de engrandecimiento de la catedral hizo que las obras barrocas se prolongasen casi sin descanso durante los siglos XVII y XVIII. Sin embargo, también se intentó enriquecer su entorno bajo los auspicios del barroco, como lo confirma la construcción del nuevo edificio del monasterio de San Martiño Pinario, en la plaza de A Inmaculada, frente a la fachada norte de la catedral.
Otros edificios barrocos de interés en este periodo son el monasterio de San Paio de Antealtares, o los de Belvís y San Domingos de Bonaval, las iglesias de San Fiz de Solovio -situada en pleno Locus Sancti Iacobi y que conserva el pórtico románico primitivo con la Adoración de los Reyes Magos-, San Fructuoso, y el de la Universidad. El edificio de San Francisco deja ver también la huella del barroco que borró casi por completo las características del edificio que el propio santo de Asís habría mandado construir cuando vino como peregrino a Santiago de Compostela.
A las construcciones de carácter religioso hay que unir algunos edificios civiles como el pazo de Bendaña, las casas de los Canónigos y de la Parra, o la del Cabido, cuya finalidad era engrandecer la monumentalidad de la plaza de As Praterías ya que no tiene fondo suficiente para ser habitada.
A finales del siglo XVIII el barroco compostelano empezará a dejar paso a la limpia monumentalidad neoclásica, que culminará con varias obras significativas, como el Pazo de Raxoi, actual sede del Ayuntamiento de Santiago y de la Presidencia de la Xunta de Galicia. Este estilo también nos dejó las iglesias de Ánimas y San Bieito, además de la estructura principal de la actual sede de la facultad de Xeografía e Historia.



 La aparición en 1800 en Santiago de Compostela del periódico El Catón, el primero de Galicia, es un símbolo de que se avecinan nuevos tiempos. La Iglesia compostelana, con la Desamortización de Mendizábal, pierde buena parte de su poder económico y político a favor de las nuevas estructuras civiles. Además, la definitiva abolición del Voto de Santiago en 1834 supuso un duro golpe para su economía.
Sin embargo, el redescubrimiento en 1879 de las reliquias del Apóstol, ocultas por el arzobispo Sanclemente (1587-1602), después de las excavaciones en el subsuelo de la catedral, ordenadas por el cardenal Payá (1875-1886), supuso un nuevo impulso dinamizador para las peregrinaciones, que comienzan a llegar de nuevo a la ciudad, aprovechando los nuevos medios de transporte desde finales del siglo XII.
También se inicia una serie de mejoras urbanas que le permiten mirar en serio por vez primera en mucho tiempo hacia la necesaria instauración de unos servicios públicos modernos y a la recuperación de la ciudad como centro comercial. La demolición de la vieja muralla solo deja en pie la puerta de Mazarelos. Este proceso modernizador no será ajeno a una pequeña pero dinámica burguesía comercial que promueve iniciativas como la construcción de la primera línea férrea de Galicia, inaugurada en 1873, entre Compostela y la vecina localidad de Carril, en la ría de Arousa. La burguesía crea también desde mediados del XIX algunas pequeñas empresas industriales y colabora en la definitiva extensión de la ciudad fuera de su pequeño núcleo histórico.
Al abrigo de la Universidad y del movimiento romántico, el sigo XIX compostelano será decisivo para la renovación de la peregrinación y el desarrollo de la ciudad como centro internacional y para su avance socio-cultural y político dentro de Galicia.
En la primera mitad del XX, nuevas infraestructuras como la estación de tren, el aeropuerto o la conversión del viejo Hospital Real -construido por iniciativa de los Reyes Católicos en el siglo XVI- en Parador Nacional de Turismopermitieron el desarrollo de la ciudad, que recobró parte de su protagonismo político y cultural.
Ya en los ochenta, la llegada de la democracia después de casi cuarenta años de franquismo, convirtió a Santiagoen la capital de Galicia y sede de sus principales instituciones políticas.


 Tras la visita del papa Juan Pablo II en 1982 se produce una reactivación de las peregrinaciones que no pararon de crecer desde entonces. Fue el acontecimiento más visible de un proceso que venía consolidándose desde mediados del siglo XX: la peregrinación española e internacional a Compostela, especialmente singular por hacerse, en parte, a través del Camino de Santiago, una antigua senda de caminantes que renace con inusitada fuerza. En los últimos años la ciudad vivió un amplio proceso de renovación urbanística y de mejora de sus infraestructuras, que se completó con la consolidación y rehabilitación de su excepcional núcleo histórico. Este proceso fue recompensado en 1998 con el Premio Europeo de Urbanismo, la máxima distinción que las instancias comunitarias conceden, cada cuatro años, a la mejor labor europea en este campo. También fue muy importante la declaración de la ciudad por la UNESCO como Bien Patrimonio de la Humanidad.
 Los peregrinos llegados a través del Camino Francés, al que se unen en distintos puntos de su recorrido los del Camino Norte, el Primitivo, el de Madrid, el de Sant Jaume, el del Ebro o la Vía de la Plata, entre otros, entran en Santiago de Compostela por A Lavacolla, donde, según el Códice Calixtino, “suele la gente francesa que peregrina a Santiago lavarse, por amor al Apóstol, no solamente sus vergüenzas, sino también, despojándose de sus vestidos, la suciedad de todo el cuerpo”. Desde allí llegan hasta el Monte do Gozo, desde donde por primera vez en su viaje divisan las torres de la catedral, meta de su peregrinación. En el barrio de San Lázaro, se encuentran la Puerta de Europa, que acoge las imágenes de relevantes personajes relacionados con la peregrinación; la capilla de San Lázaro, de gran tradición jacobea; y el Pavillón de Galicia, que cuenta con una exposición permanente sobre el Camino.
Después de la zona residencial de As Fontiñas, se alcanza el barrio de Os Concheiros, que debe su nombre a las conchas de vieira que se les vendían a los peregrinos y al propio nombre dado a estos. Por la rúa de San Pedro y después de pasar ante su cruceiro, se llega a Porta do Camiño, que era una de las siete puertas del recinto amurallado citadas en el Códice Calixtino y que introduce intramuros a los peregrinos. Desde allí puede verse también el convento de San Domingos de Bonaval, que sirvió hospitalariamente a los peregrinos y hoy acoge el Museo do Pobo Galego y el Panteón de Galegos Ilustres.



Las capillas de A Nosa Señora do Camiño y de Ánimas, del siglo XVIII, reciben al peregrino en la zona de Casas Reais. La plaza de Cervantes, donde se erige la iglesia de San Bieito, cuya regla sirvió de modelo a sus seguidores para acoger a los peregrinos como si fuesen el propio Jesucristo, da la entrada a la rúa da Acibechería, por donde los peregrinos llegan a la puerta del Paraíso -actual Acibechería- por la que acceden a la catedral, situada frente a la impresionante fachada barroca del monasterio de San Martiño Pinario, cuya imagen compartiendo su capa de soldado con un pobre es una magnífica representación de la hospitalidad.
Los peregrinos del Camino Inglés desde los puertos de A Coruña y Ferrol entran en Santiago por la iglesia de A Barciela, cruzan el polígono del Tambre y llegan hasta San Caetano, donde hay una pequeña iglesia de gran tradiciónjacobea. Después de pasar ante el monumento al peregrino, bajan por la tradicional rúa de San Roque, cuyo santo es ejemplo también de la hospitalidad jacobea, y pasan por los conventos del Carmen y de Santa Clara. Por la rúa da Porta da Pena, citada también en el Códice Calixtino, se introducen en el antiguo recinto amurallado, pasan por delante de la fachada de la iglesia de San Martiño Pinario y se juntan en la rúa da Acibechería, cerca de la puerta del Paraíso con los llegados a través del Camino Francés.
Los procedentes del Camino Portugués y de la Ruta do Mar de Arousa cruzan cerca del viejo castillo arzobispal de A Rocha Vella, A Choupana y la calle de Rosalía de Castro. Desde allí se dirigen al templo barroco del Pilar, construido en recuerdo de la aparición de la Virgen en Zaragoza, según cuenta la tradición, ante Santiago a orillas del Ebro, donde le pidió que levantara allí el primer templo mariano de la cristiandad. Acceden intramuros de la ciudad a través de la rúa da Porta Faxeira, igualmente citada en el Códice Calixtino. Antes de entrar a la catedral por la monumental plaza de O Obradoiro, que acoge la imagen de Santiago peregrino en la basílica, la representación de Santiago matamoros y de la batalla de Clavijo en el Pazo de Raxoi y las portadas del hospital Viejo, trasladada al Pazo de San Xerome, y del Hospital Real, mandado construir por los Reyes Católicos, los peregrinos se pueden detener en la rúa do Franco. Allí están, casi invisibles, la fuente y la capilla donde según la tradición se pararon los bueyes que conducían el cuerpo sagrado de Santiago e indicaron así a Teodoro y Atanasio en lugar donde había de ser enterrado. Estos peregrinos -los del Camino Portugués- también entran a veces en la catedral por la puerta de As Praterías.

Los llegados por el Camino del Sudeste entran en Santiago por el barrio de Sar, donde se encuentran con la monumental colegiata románica del siglo XII y, desde allí, por la rúa do Castrón Douro. Después de dejar atrás la rúa da Virxe da Cerca y el convento barroco de las Madres Mercedarias, acceden intramuros por la puerta de Mazarelos, única de las siete de la muralla citadas por el Códice Calixtino que todavía permanece en pie. Entran en la catedral compostelana por la puerta de As Praterías, en cuya plaza se encuentran la fuente de los Caballos, la casa del Cabildo y la nueva sede del Museo das Peregrinacións. Si es año santo, muchos peregrinos llegados a la ciudad por cualquiera de las rutas jacobeas, eligen entrar a la basílica por la Puerta Santa, a través de la plaza de A Quintana. [JS]


XacopediaSanto dos Croques



Popularísima figura situada en el reverso del conjunto escultórico del Pórtico de la Gloria (s. XII) de la catedral de Santiago de Compostela. La escultura, situada en la base de la columna del parteluz, mira concentrada hacia la nave principal de la basílica. Se considera una autorrepresentación del maestro Mateo, autor del Pórtico, ya que en tiempos al parecer se leía la palabra “architectus fe” en la cartela que sostiene en la mano. Una leyenda cuenta que Mateo colocó su figura en el propio Pórtico, pero que fue reprobado por el arzobispo y decidió su instalación en el lugar actual.
Por la perfección del Pórtico, surgió la costumbre, para algunos con una antigüedad que no iría más allá del siglo XIX, de darse una suave cabezada -o hasta tres- en la frente del maestro para, por contagio, recibir su sabiduría. De ahí viene su nombre en gallego, Santo dos Croques, [croque: golpe en la cabeza]. Los estudiantes de la Universidad de Santiago, a quienes se les ha atribuido el origen de esta costumbre, también se referían en gallego a esta obra como “a santiña -santa- da memoria”. Jesús Precedo deja en el aire la duda sobre su denominación popular: “Algunos [recuerda] hacen derivar su nombre de la lengua d´Oc, en la que croq sería ‘rizo’, por lo que vendría a ser el santo -una canonización popular- de la cabellera rizada y ondulada”.
Vinculado o no a los estudiantes en su origen, la mayoría de los expertos coincide en considerar este ritual de origen compostelano, asumido posteriormente por los peregrinos, que lo convirtieron en uno más de sus ritos en la catedral. El grado de mitificación de esta figura por parte del pueblo santiagués llevó a que muchos se refiriesen a ella como San Mateo. Se ha relacionado en algún caso con los constructores iniciados. El maestro habría cruzado el umbral del templo -el propio Pórtico- situándose al otro lado, arrodillado, en un enigmático gesto de acción de gracias. [MR]

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La catedral de Santiago, como meta del Camino, ha sido y es el epicentro espiritual de los peregrinos jacobeos. La necesidad de expresar las sensaciones de la llegada dio lugar, a través de los siglos, a una serie de ritos más o menos conocidos que, en algunos casos, han llegado al presente. En contra de lo habitual en otros templos, sus protagonistas no son los devotos locales, como cabría esperar, sino los peregrinos del mundo. Ellos los iniciaron en determinados casos y les dieron forma y sentido de manera casi siempre espontánea. Incluso hubo algún rito propio de una nacionalidad determinada y otros que sólo tenía sentido practicarlos si se era peregrino, aunque el tiempo acabase por universalizarlos.
La de Santiago es quizá la única catedral del mundo donde los peregrinos, creyentes o no, próximos o lejanos, han querido y han podido dejar su huella con toda evidencia. En la propia ciudad, siempre en el entorno de la catedral, surgieron otros ritos o costumbres practicadas por unos u otros peregrinos, según el momento y las circunstancias.
 La entrada histórica a la catedral compostelana se realizaba por la plaza y puerta del Paraíso -actual plaza de A Acibechería-, en la fachada norte. Este acceso románico representaba “la creación, el pecado y la promesa de redención. Por eso se llamó la fachada del Paraíso”, recuerda el ex deán compostelano Jesús Precedo Lafuente. La actual fachada (s. XVIII) eliminó este crucial mensaje para el peregrino. En todo caso, conservó su protagonismo como gran entrada histórica en la basílica compostelana, escenario de los primeros ritos antes de acceder al templo, hasta más allá de la Edad Media. En su legendaria fuente medieval muchos peregrinos practicaban la purificación antes de entrar.
Desde la primera mitad del siglo XVI la catedral dispuso de otro acceso ritual para los peregrinos: la Puerta Santa, situada en la plaza de A Quintana y abierta en los años santos. “Yo soy la Puerta”, en este mensaje bíblico de Jesús se condensa toda la fuerza simbólica de este emblemático acceso.
En torno a la Puerta Santa los peregrinos fueron dando forma a su propio ritual. Lo relataba Nicola Albani en 1745: “Quien pase seis veces durante seis días consecutivos bajo dicha Puerta Santa besando los santos muros por un lado y otras seis veces por el otro, con verdadera devoción y fe viva, recibirá perdón perpetuo.” No sucede hoy lo que narra el italiano, pero los viejos mensajes elípticos perviven en el subconsciente. No hace falta más que acercarse cualquier día de año santo a este lugar. Nos sorprenderá. No es necesario realizar este paso para ganar el jubileo, pero su fuerza es tal que concentró y concentra todo tipo de prácticas particulares. La más habitual es la realizada por determinados peregrinos, que en un acto a medio camino entre la fe y el rito, hacen deslizar la yema de los dedos sobre la pequeña cruz esculpida en uno de los marcos de la Puerta.

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 Accediendo a la basílica por la plaza de A Acibechería, aparecen a la izquierda las escaleras de acceso a la hermosa capilla románica de A Corticela, lugar de estancia de los peregrinos que buscaban un sitio propio en el templo donde ir a misa, rezar y reflexionar. A mayores, desde 1527 es oficialmente la capilla de los peregrinos y extranjeros residentes en Santiago. A Corticela guarda, además, los misterios del inicio del culto a Santiago. Sus monjes fueron, con los de San Paio -inicialmente cenobio masculino-, los guardianes remotos del sepulcro apostólico. Durante gran parte de la Edad Media antecedía a la citada capilla la de San Nicolás, hoy desaparecida, de gran devoción entre los peregrinos, de los que era protector.
Tanto en San Nicolás como en A Corticela hacían los peregrinos extranjeros sus ofrendas y vivían sus momentos más íntimos con Santiago. En esta capilla tuvieron su sede los lenguajeros, confesores de peregrinos en idiomas extranjeros. La efigie del Niño Jesús que aquí se encuentra es donación de peregrinos alemanes. En esta capilla es costumbre de estudiantes, transmitida modernamente a los peregrinos, dejar escritos deseos y peticiones de todo tipo. El destinatario es una imagen del siglo XVI de Jesús en el Huerto de los Olivos.
Siguiendo hacia la girola, la histórica capilla del Salvador o del Rey de Francia se conoce con este segundo nombre por el monarca galo Carlos V de Valois (s. XIV) quien, imitado más tarde por Luis XI (s. XV), gran devoto del apóstol, envió una cantidad de florines de oro para que dijesen misa diaria en ella en su nombre y permaneciesen encendidas velas. Por ella comenzaron las obras de la catedral (1075) y es, por tanto, la parte más antigua del templo. Esta capilla fue desde el siglo XVI el principal espacio para la relación de la catedral con los peregrinos. En ella tenían habilitado espacio para confesarse y comulgar, recibían la certificación de su peregrinación -la compostela- y hacían otras gestiones. Lo destaca, por ejemplo, Domenico Laffi (Italia, 1673): “Entre las capillas está la del Rey de Francia, hermosísima, donde los peregrinos hacen las patentes, que se pagan”. Guillaume Manier (Francia, 1726) escribe que va a este santuario, que llama “de los franceses”, a comulgar y a solicitar, con el documento de confirmación, la compostela. Además, cuenta Nicola Albani en su estancia de 1743 que en ella se ganaban gran número de indulgencias.

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En frente del Salvador, pasa casi desapercibido un pequeño recinto cerrado. Fue en tiempos capilla -de la Magdalena- y el lugar donde aparecieron los desaparecidos restos de Santiago (1879), como testimonia el rectángulo en el suelo enmarcado por una valla metálica y cubierto con cristal que en el presente se puede ver no sin dificultad. Situada en el trasaltar de la capilla Mayor, un hemiciclo limitado por el ábside, es, con el bordón del Apóstol, el espacio de la catedral más desconocido de cuantos estuvieron vinculados a la peregrinación. Desde los siglos XII al XVI, cuando fue relevada de esta misión por la capilla del Salvador, se confesaban en ella los peregrinos y recibían los certificados que necesitaban. Lo cuenta Jean van Doornik (Holanda, 1489): “Fui a confesarme detrás del altar mayor donde recibí el cuerpo de nuestro señor, elogiándole y dándole las gracias por todas las bendiciones y beneficios que me había concedido.” Su titular, María Magdalena, era símbolo de la penitencia que el Caminosuponía y santa de gran devoción entre los peregrinos, ya desde territorio francés. Se le daba también el nombre de capilla de la Confesión por las razones apuntadas.
Bordeando el altar mayor, donde Don Gaiferos, el duque Guillermo de Aquitania, exhaló su último suspiro a los pies de su amado Santiago, se accede a la estatua sedente del Apóstol. Es quizá la estatua del mundo a la que más personas de más países han abrazado. En la Edad Media, los peregrinos, tras pasar la noche en el templo, ya de mañana, se confesaban y comulgaban, presentaban sus ofrendas y cerraban el ritual de la peregrinación con el abrazo a la imagen pétrea de SantiagoArnold von Harff (Alemania, 1497) recuerda uno de los dos ritos más famosos vinculado a esta estatua, la coronatio peregrinorum [la coronación del peregrino], practicado por los germanos: “Tiene una corona de plata que los peregrinos se colocan sobre sus cabezas, lo cual da ocasión a los habitantes de allí [de Compostela] a burlarse de nosotros los alemanes.” Algo antes, Jan van Doornik (1489) lo había explicado así: “La imagen tiene en su cabeza una corona que tomé en mis manos coronándome yo mismo.”


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Ante la misma estatua los franceses practicaban su propio rito abrazándola al tiempo que le rogaban: “Ami Saint Jacques, recommande-moi a Dieu.” Para todos ellos -alemanes, frances, etc., la emoción era extrema en este lugar. Lo dice Christoph Gunzinger (Austria, 1655): “Suben y bajan continuamente peregrinos para abrazar y besar la imagen de su gran patrón como señal de su fervorosa devoción”. Sorprende también a Lorenzo Megalotti (Italia, 1669): “No se contentan ni con uno ni con dos abrazos y lo repiten hasta diez y quince veces.” Por su parte Nicola Albani (Italia, 1743) deja clara la exclusividad peregrina de este rito: “Si no se es peregrino no se puede subir, que cualquier persona acomodada o caballero o dama o sacerdote o obispo, o incluso rey, no puede subir si antes no lleva con él algún signo de peregrino, que este es privilegio sólo de peregrinos.”
 El ritual ante esta estatua de Santiago en el altar mayor era una gran necesidad, ya que en el pasado, ante la imposibilidad de acercarse a las reliquias del santo, al menos existía esta opción para el contacto con lo sagrado. La disposición de la imagen en un lugar predominante del altar mayor reforzó sin duda el éxito de esta alternativa.
Y es que desde principios del siglo XII se había vuelto inaccesible el edículo sepulcral del Apóstol. El obispo Diego Gelmírez decidió levantar sobre él un gran altar mayor, como correspondía a la catedral románica en marcha. La obra dejó la cámara sepulcral inaccesible. Únicamente se podía intuir a través de un reducido orificio por el que se introducían pequeños objetos atados a un cordel que supuestamente llegaban a rozar la tumba. Todo indica que fue un rito seguido por muy pocos peregrinos, tanto por desconocimiento como por lo extraño de la operación. Sólo a unos cuantos escogidos se les informaba de esta opción. Para los demás, la alternativa era rezar al santo allí mismo, en un pequeño oratorio dispuesto en las inmediaciones del anteriormente accesible sepulcro. Este oratorio también desapareció con el tiempo.
¿Por qué desde el siglo XII se privó a los peregrinos del acceso al sepulcro, la esencia de su viaje, y se hizo muy difícil conocer donde estaban las reliquias apostólicas? Es un misterio: se ha dicho que Gelmírez lo hizo para frenar la constante petición de reliquias. En el barroco la profanación del lugar sepulcral continuó para dar asiento a las nuevas obra del altar mayor, todavía más grandioso que el medieval. Y aumentaron las preguntas y sospechas de los peregrinos. Para conjurarlas se elaboraron fantásticas leyendas de los castigos que aguardaban a los que osaran dudar o intentar entrar el antiguo recinto sepulcral. Así lo cuenta Arnold von Harff (Alemania, 1497): “Me contestaron que aquel que no está convencido de que el cuerpo del Apóstol se encuentra en el altar mayor y desconfía y después se le enseña dicho cuerpo, en el momento se vuelve loco como un perro rabioso.”

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Todo cambió en 1879 cuando el arzobispo Payá y Rico ordenó buscar las reliquias por el templo y darles un lugar digno de su valor. Fue así como, una vez localizadas (1879) y autentificadas por el papa León XIII (1884), nació la actual cripta de Santiago, donde se depositaron los restos óseos atribuidos al Apóstol y sus dos discípulos, TeodoroAtanasio. En 1891 se abrió definitivamente al público una recreación historicista al más puro estilo romántico. De nuevo el sepulcro y Santiago eran visibles, tangibles. Coincidió con el renacer de las peregrinaciones. El lugar se convirtió pronto en punto de visita obligada para todo peregrino, que, tras la emoción del abrazo, encuentra en la cripta un lugar de sentido recogimiento.
 El bordón, el zurrón y la concha de peregrino son los emblemas por excelencia del peregrino, y en Santiago está el bordón del Apóstol peregrino. Lo dice la tradición, pero permanece semioculto en la catedral, en una columna del crucero, en el interior de un alargado relicario de bronce en tiempos abiertos en su extremo inferior y culminado con una pequeña estatua de Santiago. Hoy, como decimos, pasa desapercibido para el ritual peregrino, pero en el pasado sucedía todo lo contrario. Lo cuentan, entre otros, los narradores del viaje de Leo von Rozmithal (1465), al señalar que los peregrinos tocaban el relicario mientras rezaban una oración; Bartholomeo Fontana (1539), quien indica que metiendo los dedos por debajo de la hueca columna “se palpa como un hierro agudo y un bastón. Dicen que es el bordón de Santiago el Mayor”; y Christoph Gunzinger (Austria, 1655) al afirmar que “también hay una columna en la que se halla el bordón de este santo Apóstol, cuya asta o cuya punta tocan con la mano los peregrinos”. Ya en el siglo XVIII, el italiano Nicola Albani (1743) incide de nuevo en la costumbre y en las indulgencias que se ganaban al pasar la mano sobre él.

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En el mismo relicario está también el bordón de uno de los grandes santos italianos, Franco de Siena (s. XIII). Recobró la vista bebiendo de la hoy seca fuente compostelana del Franco, donde la tradición dice que se detuvieron como señal los toros que transportaban el cadáver del Apóstol para indicar el lugar donde quería se sepultado. Por este motivo, dejó como ofrenda su prenda más estimada, el bordón. Con el tiempo, su fama de santidad hizo que se le diese el honor de conservar su bordón con el del Apóstol.
La presencia del bordón y la propia significación del altar mayor provocaba que en este entorno todos quisiesen demostrar al Apóstol especial devoción y pleitesía. Lo recuerda el caballeresco Peter Ritter (Alemania, 1428): “Allí colgamos el señor Axel y yo, conjuntamente con nuestros nobles compañeros de viaje, nuestros escudos, como suelen hacer los peregrinos de la nobleza”. Casi cincuenta años después incide en lo mismo Gabriel Tetzel (República Checa, 1466): “En esta capilla cuelgan la mayor parte de los escudos que proceden de príncipes y viajeros. Allí también dejaron mi señor y sus nobles compañeros de viaje sus escudos.”
Desde las inmediaciones del altar mayor se rozaba en tiempos la cabeza de los peregrinos con una larga pértiga como señal de las indulgencias ganadas, un rito perdido desde hace tiempo.

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 Los confesionarios de lenguas extranjeras que conserva todavía la catedral son muestras patentes de la relevancia que tenía -y sigue teniendo- para cualquier peregrino devoto la confesión en la meta compostelana. No era fácil resolver esta cuestión hablando los idiomas más dispares, por lo que se promovió un grupo de lenguajeros, sacerdotes llegados de los países originarios con este objetivo. Erich Lassota von Steblau (Polonia, 1581), que destaca esta necesidad por los “muchos peregrinos de todos los países y naciones” que llegan a la ciudad, da alguna pista sobre las dificultades para disponer de suficientes confesores: “Después de ver las reliquias suelen los peregrinos hacer sus confesiones. Los extranjeros confiesan por lo general con un italiano, que llaman linguarium, debido a las lenguas italiana, española, francesa, alemana, latina y croata y otras que habla muy bien.” Walter Starkie (Irlanda) redescubre esta práctica en 1954, el primer año santo compostelano contemporáneo verdaderamente internacional: “Encontramos muchedumbres esperando a ser confesadas en los confesionarios Pro Linguis Germanica et Hungarica”.
Las reliquias y ofrendas a las que se refiere Lassota estaban dispersas por distintos altares de la basílica hasta que en 1641 se crea la actual capilla de las Reliquias. Se conservan unas 150. En el pasado fueron más. Desde su creación se consideraba un privilegio para los peregrinos acceder a este lugar sacrosanto. Sobre todas ellas una concitó el misterio e interés de estos: la cruz asturiana regalada por el rey y peregrino Alfonso III el Magno (847) a Santiago. Con el tiempo se le añadió un lignum crucis y se hizo todavía más sagrada. A Hyeronimus Münzer(Alemania, 1495) le pareció mucho más grande de lo que era: “Había una cruz enorme que estaba adornada con gemas y oro; y se muestra a los peregrinos.” En esta capilla acabó el relicario con la cabeza atribuida a Santiago el Menor, también de especial devoción y buscada por muchos peregrinos.


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 Antes o después de los ritos anteriores, el peregrino llegaba al Pórtico de la Gloria, buscando sobre todo la columna de Jessé. Con acceso limitado desde principios del año santo de 2004, vallado desde 2007 y cerrado al público desde mayo de 2008, el antiguo ritual del Pórtico es en principio cosa del pasado. El conjunto reclama protección. Sin embargo, para el peregrino acumuló todo tipo de emociones durante sus ocho siglos de existencia a través sobre todo de la imposición de manos en la columna de Jessé, tomada como símbolo de la energía que por ella asciende del peregrino hacia el mundo celestial, presidido por las figuras de Santiago y JesúsWalter Starkie recordaba en 1954 la antigüedad de esta práctica: “La joven volvió al Pórtico y colocó su mano derecha en la base del Árbol de Jessé, poniendo los cinco dedos en los cinco agujeros desgastados en siglos por los peregrinos”.
Menos intenso, pero de gran éxito es el rito del Santo dos Croques, una escultura que representaría al maestro Mateo, autor del Pórtico, en cuya parte posterior se encuentra. Los compostelanos y los estudiantes de la universidad pasaron esta tradición a los peregrinos. Costumbre profana, en las últimas décadas casi todos los peregrinos incorporaron el rito de golpear tres veces su cabeza con la de esta imagen para invocar de algún modo la sabiduría atribuida al Maestro. Desde 2008 es también un rito prohibido como parte del proceso de protección del conjunto de Mateo.
A los pies del Pórtico acostumbraban a descansar los peregrinos que hacían vigilia -y de paso contaban con un techo bajo el que pasar la noche- en la catedral, que no tuvo puertas hasta 1521. La estancia nocturna formaba parte de un exitoso ritual medieval que entendía el templo como la casa de Santiago, abierta y siempre acogedora. Lo cuenta el Codex Calixtinus (s. XII): “Las puertas de esta basílica nunca se cierran, ni de día ni de noche; ni en modo alguno la oscuridad de la noche tiene lugar en ella, pues con la luz espléndida de las velas y cirios brilla como el mediodía.”
En 1531 se suprimieron los maitines rezados a medianoche y se limitó el acceso nocturno a la basílica. Para el historiador Antón Pombo, “en un hecho aparentemente funcional, hemos dado simbólica sepultura al medievo”. Algún tiempo después se cerró el templo por las noches.

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 Las cubiertas de granito en forma escalonada de la catedral románica fueron desde siempre un espacio más de tránsito. Con ciertas reservas, a ellas accedían los peregrinos para cumplir algunos rituales al menos hasta el siglo XVIII, como señala con cierta sorpresa Antoine de Lalaing (Francia, 1501): “Esta iglesia está de tal modo cubierta que se puede ir por todas partes por encima de ella y hacen los peregrinos sus ritos.” Actualmente, sin huella de las viejas prácticas, las cubiertas sólo se pueden visitar previa pago de la entrada correspondiente.
Durante varios siglos el clero catedralicio no puso impedimentos a aquel sorprendente ir y venir por las cubiertas, antes al contrario. De nuevo surge la catedral más libre de occidente, como también escribió el peregrino Sebastian Ilsung (Alemania, 1446), que nos acerca al escenario ritual más simbólico y recordado de las alturas de la basílica: “Cualquiera puede subir a lo más alto de la iglesia y allí verá una cruz que llegó procedente del cielo.” Se refiere a la cruz dos Farrapos situada sobre la girola y que a lo largo del tiempo centralizó diversas prácticas, de las que habla Johann Limberg (Alemania, 1690): “Hay una cruz sobre el tejado, al lado de la cual aparecen dos agujeros: se nos contó que quien no puede pasar a través del agujero es que lleva a sus espaldas un pecado mortal.” Otros peregrinos de su tiempo rechazan esta leyenda.
Esta cruz medieval fue famosa sobre todo como principal espacio de purificación y renovación del peregrino tras la fuente del Paraíso. Conserva el recipiente pétreo donde ciertas personas quemaban sus ropas viejas como símbolo de una nueva vida tras la peregrinación. En los mejores tiempos se cuenta que esas prendas llegaron a ser cambiadas por otras nuevas ofrecidas por la catedral. Hoy este viejo y tan simbólico rito, cuya antigüedad y alcance se desconoce, se ha trasladado al cabo Fisterra, allí donde cualquier camino concluye. En su punta no son pocos los peregrinos que queman alguna prenda con el mismo sentido. Hubo otros variados ritos en las cubiertas. Algunos de ellos, como el de rozar con la mano las campanas más sacras del templo, permitían ganar indulgencias.

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 Al salir del templo determinados peregrinos cumplían con la más triste de las obligaciones autoimpuestas: visitar a los naturales de su país en el cementerio del Santo Peregrino, al que se accedía hasta el siglo XVIII por la puerta de la muralla del mismo nombre. Era, en cierta medida, un rito sagrado. El desaparecido cementerio estaba extramuros, mirando a Occidente, en la salida de lo que hoy es el Camino de Fisterra-Muxía y en las inmediaciones del actual pazo de Raxoi, levantado sobre la estructura de la desaparecida muralla medieval. Wenceslaus Schaschek (Alemania, 1466) lo recuerda: “Unida a las murallas hay otra iglesia [la desaparecida de A Trinidade] en donde entierran a los peregrinos que mueren en la ciudad y a los pobres del hospital”. Todo peregrinoal morir se convertía en santo, de ahí el topónimo del lugar. Una especie de homenaje al peregrino desconocido, dado que la identidad de la mayoría de los fallecidos se ignoraba.
La otra opción tras la visita al Apóstol, más satisfactoria y en cierta forma una costumbre que se prolonga en el presente, era pasear por las plazas del Paraíso -o de A Acibechería- y As Praterías, con sus tiendas de plateros y azabacheros y sus cobertizos para la venta de todo tipo de souvenirs a los peregrinos. Era frecuente que estos volviesen más de una vez al templo, y en alguno de esos momentos, antes de partir, aprovechaban para hacer sus compras, centradas sobre todo en los emblemas jacobeos, como recuerda Jean de Tournai (Holanda, 1488): “Compré numerosas baguettes y durante la comida un compatriota me puso muy amablemente conchas, pequeñas reproducciones del báculo y también figuritas de Santiago en el sombrero.”
Imágenes de Santiago, conchas de vieira, bordoncitos, rosarios, higas, cinturones, zurrones, sombreros, ofertados en todo tipo de metales y materias -azabache, plata, oro, plomo, cuero- formaban parte de las adquisiciones imprescindibles del peregrino. Eran en muchas ocasiones algo más que un simple placer: aquellos objetos servían para certificar y recordar la peregrinación. Tenían un valor trascendente, ritual. Guillaume Manier (Francia, 1726), acompañado de sus amigos Antoine Baudry, Antonio Delaplace y Jean Harmand, lo describe con claridad: “Al salir hicimos nuestras pequeñas compras: rosarios, conchas y figuritas de plomo, así como chismes pequeños y graciosos”. Cuentan ocho tiendas de todo tipo en la puerta Francígena -A Acibechería-. Los cambiadores de moneda facilitaban a los peregrinos extranjeros la disponibilidad de moneda local para todo ello.


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Los peregrinos históricos dedicaban el tiempo -en esto, en el fondo, no hay grandes cambios en relación con el presente- a comprar, a pasear y, en el caso de los más pobres, a recorrer los distintos hospitales e instituciones religiosas y benéficas de la ciudad buscando algo de comida y un lugar a cubierto para dormir. Los más ricos, despreocupados, aprovechaban para dar limosnas -práctica estimada como una gran virtud jacobea- a otros peregrinos necesitados y a los pobres de la ciudad, que eran muchos. Así lo escribe, por ejemplo, el alemán Sebald Örtel (1522): “Di a un pobre tejedor alemán un ducado para salir de la cárcel.”
Algunos peregrinos decidían, una vez en Santiago, hacer el tentador viaje a Padrón o Fisterra o a ambos lugares. ¿Cómo no ir hasta el puerto adonde había llegado el cuerpo del Apóstol y ver la piedra a la que amarraron su barca -Pedrón- y la que quedó marcada con su cuerpo al depositarlo en tierra o, con algo más de esfuerzo, llegar al cercano ‘fin del mundo’, a la ‘Estrella Oscura’, como llamaban los teutónicos a Fisterra y su cabo? Era el gran rito final, una vez habían cumplido con el Apóstol. [MR]

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