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viernes, 24 de enero de 2014

Arte ibérico

       Arte Ibérico

   
La cultura ibérica nació como fruto de la conjunción de tradiciones propias de los habitantes de la costa me-diterránea de la península Ibérica, y de la influencia ejercida sobre ellos por una serie de pueblos del Mediterráneo oriental, principalmente. Fenicios, cartagineses y griegos les aportaron conocimientos técnicos y parte de su cultura, y colonizaron las tierras bañadas por el mar con la pretensión de dominar las rutas del metal. Así pues, la cultura ibérica es el resultado de una síntesis de la cultura propiamente indígena y de la aportada por estos tres pueblos con ansia de expansión y crecimiento. Los pueblos colonizadores se extendieron por la costa orienta1 de la Península durante el I milenio a.C., y trajeron consigo tres fenómenos im-portantes para el desarrollo posterior de la cultura ibérica: en primer lugar, introdujeron el uso del hierro como metal básico de trabajo; en segundo lugar, convirtieron la Península en un enclave de gran importancia dentro de los circuitos comerciales del Mediterráneo, y, por último, iniciaron lo que podría denominarse "historia escrita", con las primeras noticias ya no tan sólo orales o legendarias sobre las tierras y los pueblos hispánicos.
                                    

                 
Los autores griegos y romanos se ocuparon de definir la situación hispánica con que se encontraron a su llegada, así como de investigar los vestigios de los pueblos antiguos de esta zona. Así pues, a través de ellos se ha tenido conocimiento de que la antigua Península era un compendio de pueblos independientes, algunos de ellos sometidos por algún espacio de tiempo a los cartagineses, y visitados o colonizados por fenicios y griegos. La colonización fenicia fue exclusivamente comercial y estableció factorías a ambos lados del estrecho de Gibraltar. Los fenicios pretendían monopolizar uno de los puntos estratégicos de la ruta de los metales (estaño y cobre) y explotar directamente la zona minera del sur de la Península. La factoría o enclave más importante creado por los fenicios fue Gádir, fundada, según la tradición literaria, hacia el año 1100 a.C., pero sólo corroborada arqueológicamente desde el siglo VII a.C.

                                    

La colonización griega pretendía también el acercamiento a la ruta de los metales, y, siguiendo la prehistórica ruta de las islas (Sicilia, Cerdeña y Baleares), los griegos se establecieron, a partir de los siglos VIII y VII, en Hemeroscopión, Akra Leuke, Mainake e incluso en el Atlántico, en Portus Menusius, junto a Gádir. El viaje del marino Colaios de Samos hace el relato del contacto establecido con el centro minero de Río Tinto y Sierra Morena. Cuando, en el siglo VII a.C., la metrópoli fenicia de Tiro cayó bajo el dominio asirio, la colonia de Cartago tomó el relevo, y entonces se produjo un enfrentamiento entre cartagineses y griegos (combate de Alaia, 535 a.C.) que dio como resultado el dominio de los cartagineses sobre el estrecho de Gibraltar y sobre la ruta de los metales. Los vencedores cerraron el paso hacia el sur a los griegos desde su base militar de Ibiza. Una segunda colonización griega tuvo lugar hacia el 500 a.C., pero solamente en el noreste de la Península, y fundaron su primera colonia de poblamiento: Emporion, estrechamente dependiente de la gran colonia focense de Massalia (Marsella).

                              

La colonización cartaginesa se extendió bajo dos formas decisivas: en una primera etapa, como incur-sión comercial (desde el siglo VII a.C.) continuadora de la fenicia; la segunda etapa fue ya militar (finales del siglo III a.C.) y coincidió con el desarrollo de las luchas contra Roma (Guerras Púnicas). El partido militarista, mercantil y colonialista de los Barca decidió, tras el fracaso de la I Guerra Púnica, ocupar la Península en busca de numerario (plata) para pagar sus ejércitos, de mercenarios para éstos y de bases para acciones futuras (Cartago Nova).


Muralla oeste de Ullastret (Gerona). El poblado prerromano del Puig de Sant Andreu de Ullastret posee la muralla de época ibérica mayor y mejor conservada de toda Cataluña. Hasta el momento se han descubierto 930 m de muralla. Originariamente la muralla cerraba un recinto de forma triangular, en cuyo perímetro se pueden observar hasta seis torres. Se accedía a la parte superior de la muralla mediante las escaleras helicoidales del interior de las torres.



Estos pueblos, que actuaron casi exclusivamente en la zona costera mediterránea, introdujeron entre los indígenas nuevos cultivos, como la vid y el olivo, perfeccionaron el uso del hierro, les enseñaron nuevas técnicas para la minería y de aprovechamiento de las salinas e iniciaron la industria de la salazón del pescado, el torno de alfarero, el uso de formas mercantiles monetarias, nuevos conceptos urbanísticos, tipos de escritura y formas culturales.

                                  
                                                      Iglesia de San Pedro de La Nave
Como consecuencia de ello, los pueblos indígenas de la costa evolucionarían más rápidamente hacia formas económico-culturales más avanzadas, dentro de una inicial economía monetaria del mercado, que los pueblos del interior.
              

Dentro del mosaico de pueblos independientes anteriores a las colonizaciones, se puede definir lo ibérico como un fenómeno cultural, desarrollado entre los pueblos descendientes de los pobladores neolíticos de la costa mediterránea, que hablaban variantes de una lengua preindoeuropea y estaban en constante contacto con los pueblos colonizadores. Lo ibérico convivía física y temporalmente con la cultura céltica, establecida en los valles del Duero, Jalón y Ebro, gentes de habla indoeuropea e introductores del hierro y del sistema funerario de incineración.
                                  

Los iberos basaron su infraestructura económica en una agricultura de cereales, vid y olivo, una ganadería secundaria o complementaria y un comercio extraordinariamente importante de metales (40.000 trabajadores, según Plinio, en las minas de Cartagena). El hombre ibérico se agrupaba en pequeñas ciudades, que se convertirían en los nuevos núcleos económicos de vital importancia para el desarrollo de su cultura. En las ciudades se utilizó la moneda griega o fenicia hasta el siglo III a.C., cuando ellos mismos acuñaron su propia moneda de cambio.
La tierra de cultivo a menudo era comunal, aunque ya existía la propiedad privada y posiblemente los primeros latifundios. El ibérico era un ser libre que utilizaba mano de obra esclava para los trabajos más arduos. Así pues, poco a poco apareció una "burguesía" comerciante y artesana que se enriquecería de toda esta estructura compleja de relaciones entre pueblos y, sobre todo, del carácter comerciante heredado de los griegos.

                     

Urna cineraria (Museo Arqueológico, Barcelona). Procedente de la necrópolis de Oliva, en Valencia. El ritual funerario ibérico consistía en la cremación del difunto en una pira. El cadáver se quemaba vestido y con otros objetos personales, como armas o joyas, y luego se colocaban las cenizas en una urna cineraria, la cual se depositaba en su tumba.

                                              

Dama oferente (Museo Arqueológico Nacional, Madrid), procedente del cerro de los Santos, Montealegre del Castillo, Albacete. En este taller escultórico se han encontrado ejemplos de damas sedentes y damas oferentes en pie, como en este caso. Ésta aparece con la vestimenta típica ibérica, compuesta de varias túnicas de tela fina superpuestas, que se abrochan con pasadores o fíbulas, un fino velo y un grueso manto que cae de la cabeza a los pies formando diversos pliegues, que el artista ha sabido reproducir con gran solvencia.

Ritos funerarios y dioses

Como pasaba en otros aspectos de la vida de los íberos, en la religión es fácilmente detectable también el peso de otras culturas, dando a ello un sincretismo en el panteón divino de este pueblo. De esta manera, asimilaron cultos fenicios, cartagineses o griegos, y entre los dioses que adoraban se pueden destacar a Astarté-Tanit, Baal, Moloch-Melkart, Pothnia Theron, así como el culto al toro y a la paloma.
Pero sin lugar a dudas, de entre todas las diferentes ceremonias religiosas, la funeraria era la que ocupaba un lugar más destacado. Parece ser que los iberos se preocuparon mucho por la continuación de la vida en el más allá, intentando perpetuar en sus tumbas la misma estructura social. Prueba de este interés ultraterrenal es que algunas de las mejores muestras de arquitectura y escultura iberas se dan en este campo, especialmente en la zona sur.


Si bien recurrieron a la inhumación – parece que sólo lo aplicaron para los nonatos –, generalmente prefirieron la incineración, siempre con el simbolismo de la purificación del cuerpo a través del fuego.
El rito se componía de los siguientes pasos. En primer lugar, se ataviaba al difunto con sus mejores galas, así como con los objetos de más valor sentimental, personal y económico (que constituían el ajuar) para indicar tanto la clase social como la profesión u oficio que desempeñaba. Así, si además hay presencia de armas – a veces aparecen como dobladas, queriendo dar a entender que "mueren" con su amo –, se deduce que perteneció a un guerrero; si hay utensilios agrícolas, se está en presencia de la tumba de un campesino.
Este momento del rito se conoce con el nombre de prothesis (ritos predeposicionales).
Acto seguido, de su casa se le trasladaba en procesión hasta la necrópolis, donde tenía lugar la incineración en una pira (ustrina), de la que después se apagarían las brasas y se introducirían en una urna una selección de los huesos del muerto así como sus cenizas. Este recipiente se introducía en un hoyo realizado en el terreno.
A continuación se honraba la memoria del difunto con un banquete funerario; y en los días siguientes, depositando frutos u otras ofrendas en los enterramientos, o libaciones que a veces se realizaban a través de un agujero realizado a la tumba.
Durante todo este proceso, obviamente se empleaban utensilios rituales tales como pebeteros para quemar perfumes, jarros de bronce y vasos cerámicos, o pequeños braseros.


Urna funeraria ibérica, pieza que se encuentra en el Museo Arqueológico y Etnológico de Córdoba (España).

Arquitectura Ibérica

La población ibérica tendía a agruparse en núcleos protectores que conformaron las primeras ciudades; éstas solían constituirse en lo alto de colinas y montañas y dentro de un cerro o muralla, de manera que fuera difícil su acceso a pueblos invasores. Esta tendencia a la concentración urbana en lugares altos y amurallados se puede observar claramente en ciudades como Lérida, Sagunto, Tarragona, Ullastret, Olérdola, La Bastida de Mogente, La Serreta de Alcoy, etc. Todo ello formaba parte de una mentalidad de precaución ante un entorno hostil.


El interior de las ciudades estaba constituido por edificios alineados a los lados de una calle central o plaza, de manera que la parte trasera de las casas formase una especie de muro exterior que cumplía nuevamente una función defensiva. Cada ciudad tenía una estructura orignal y diferente, pero todas ellas parecían desconocer el esquema ortogonal de la ciudad griega. Las calles principales eran trazadas con bastante rectitud y siguiendo en lo posible las curvas de nivel; las calles secundarias que enlazaban con las anteriores debían de tener unas pendientes muy pronunciadas.


                                                         

No obstante, los llanos no fueron evitados radicalmente, si éstos estaban situados en puntos estratégicos, de cara a una vía comercial o cerca de un puerto importante. Lo fundamental entonces era la construcción de una muralla sólida, la correcta ubicación de las torres de vigilancia y la formación de un nutrido y bien armado contingente militar; éste fue el caso de ciudades como La Alcudia de Elche o Córdoba.
La muralla más antigua de la época (siglos X y IX a.C.) se encuentra en Tejada la Vieja, Huelva, y fue realizada mediante un amontonamiento artificial de piedras y tierra de 38 metros de altura. Ategua, la población cordobesa, poseyó también una muralla defensiva semejante, aunque más sofisticada, y durante el asedio de César tenía varias torres de madera.



La fortificación constituyó, a partir del siglo v a.C., un sistema indispensable para la defensa del mundo ibérico y, así, se entiende que la provincia de Córdoba dispusiera de un importante níímero de recintos fortificados (El Higuerón, Vértice Armas...), y que todos ellos tuvieran características similares: en las esquinas de las murallas se construía una doble entalladura vertical a todo lo largo de la arista, influencia de Cartago, sin duda alguna.
Ullastret (Gerona), aún conserva una muralla con sus torres y puertas en perfecto estado. Su construcción se inició en el siglo VI a.C., a partir de una serie de torres de planta circular a intervalos aproximadamente de 28 metros; éstas eran unidas mediante trazados de muralla cuya parte externa era lo más vertical posible.
Pero, sin duda alguna, entre todas las murallas !béricas destaca por su solidez y su belleza la de Olérdola (Barcelona), formada por una estructura poligonal que trababa los sillares mediante ángulos entrantes, desigualdades e irregularidades de corte, lo que crea una composición mural de gran plasticidad.


                              

Las casas ibéricas suelen ser pequeñas, de tendencia rectangular o cuadrada y de una sola planta; sus muros tienen un grosor de 30 a 40 centímetros. Para su construcción se utilizaban la mampostería y el adobe sobre zócalo de piedra, y se reservaban las piedras mayores para las esquinas de la vivienda. El suelo era construido con tierra apisonada que resultaba muy fina y dura, y podía ser barrido y enlucido. En el techo se utilizaban vigas y viguetas de madera para la armadura, y el brezo y la tierra apisonada para la cubierta.
La arquitectura ibérica acogió también lugares para el culto.

                                                         


Eran espacios destinados a albergar las estatuas de las deidades y, a veces, tenían pinturas murales. En la zona de las poblaciones marineras del sur se rendía culto al dios Neto, de gran poder, que se extendió hasta Levante, y también Artemis Efesia, de origen griego, era venerada como diosa ibérica. Los templos urbanos se encontraban situados lejos del centro de la urbe, como en el caso del recinto de Ullastret. Paralelamente a los santuarios de las ciudades, existían otro tipo de construcciones situadas en el campo para la adoración de las divinidades generalmente relacionadas con la naturaleza. Cualquier accidente extraño, caprichoso o fuera de lo común del paisaje era adoptado como símbolo o lugar de culto, y en estos lugares se alzaba un muro que definía el recinto sagrado y donde se albergaban las imágenes religiosas (Collado de los Jardines, Despeñaperros).


                                                         
                                                                           
El rito funerario ibérico por excelencia era la cremación del cuerpo en una pila de troncos de madera, y las cenizas eran cuidadosamente recogidas en recipientes de barro o urnas de piedra que se depositaban en un hoyo o en el interior de un mausoleo. A este acto primitivo se le fue añadiendo, poco a poco, un sistema más complejo de construcciones monumentales que llevarían a dos formas básicas: la tumba-torre, de influencia oriental (Pozo Moro, Albacete), y la tumba-casa, de influencia fenicia y púnica; esta última forma arquitectónica se desarrolló en Andalucía con gran esplendor.


Poblado de Mogente (Valencia). En los restos de este poblado se aprecia el modo de construcción de los íberos. Los muros se realizaban con basamentos de piedra unida con fango y elevaciones de adobe. Las paredes se debieron recubrir con fango para impermeabilizarlas, detalle sugerido por algunos encontrado restos de este recubrimiento, en los se aprecia alguna zona pintada.

Escultura y artes del metal

La escultura ibérica se caracteriza genéricamente por la influencia recibida del mundo escultórico fenicio y del Mediterráneo oriental, claro está, regida por las necesidades propias de los indígenas de la Península. Se han encontrado numerosas muestras de estatuillas realizadas de piedra y metal, así como relieves escultóricos, que facilitan la definición de la imaginería y las técnicas escultóricas iberas. Un núcleo de vital importancia para entender esta técnica artística es el de Pozo Moro, fechado entre el 500 y el 400 a.C. Este lugar era atravesado por una importante vía de comunicación entre las regiones del sudeste y de la Meseta y explicaría la influencia mediterránea que redbió este reborde de la Meseta. Actualmente, la mayor parte de las construcciones están derruidas a causa de una mala cimentación, pero las gentes continuaron haciendo sus sepulturas alrededor del terreno hasta varios siglos después.

                                       
En el interior de lo que debería de ser una torre cuadrada se hallaron las cenizas de la pira funeraria, pertenencias y joyas, pero la gran mayoría de objetos y relieves no pudieron ser encontrados, ya que seguramente fueron expoliados o reaprovechados. Se descubrieron los restos de seis leones esculpidos en piedra que muestran una gran simplicidad esquemática de los rasgos, adaptación de un prototipo oriental; la piedra surcada por incisiones profundas que otorgaban plasticidad al animal, etc. Las formas de Bguras aladas y flores de los relieves conectan estas esculturas con la iconografía de los marfiles egiptizantes de los fenicios. Las representaciones de animales resultaban nuevas en el arte ibérico, y por tanto no es erróneo asociarlas con prototipos orienfales muy concretos y conocidos. los animales de las tumbas de Ur, reproducidos tiempos después en los ortostatos de Tell Halaf. Podría decirse que, partiendo de los estímulos de un arte oriental, se estuviese formando una escuela que materializaba multitud de relatos reales o fantásticos, familiares y algunos nuevos.


La imaginería monstruosa y terrorífica era aceptada como otro fenómeno más de su realidad, aunque cabe resaltar que el nivel de sus escultores era aún muy rudimentario. Las esculturas más primitivas del arte ibérico no tratan la figura humana, sino que tienen un claro empeño en describir formas de animales: leones, toros, esfinges, la cierva de Caudete, la Bicha de Balazote, guardianes mágicos de tumbas, templos y mansiones.. Son, en general, animales que vigilan los santuarios y lugares destacados de la vida ibera, por lo que tienen siempre un aspecto sobrio y atento. En un período anterior, seguramente el escultor trabajaba sobre madera, y de esta técnica se recoge una cierta manera de tallar la piedra mediante planos duros con aristas y biseles, más cercana a la téc-nica de un carpintero que de un escultor de piedra.
El material de toda la escultura de piedra ibérica es una caliza, que abundaba en la región levantina y andaluza, de grano grueso y muy blanda, de manera que podía ser trabajada con una simple navaja. Estas piezas tienen grabadas las huellas de los instrumentos de trabajo del escultor: cuchillos, cinceles, martillos, y en las grandes esculturas, el cincel y la media caña.


Existió también una cierta influencia de la cultura griega a través de la ciudad de Focea que puede hallarse en ciertos rasgos estilizados de los rostros de esculturas como la de la Dama de Elche, o en los peinados de estas damas que recuerdan la manera arcaica de las kórai. Los ojos oblicuos, la prominencia del globo ocular, una cierta expresión de rigidez en el rostro y el esquematismo del dibujo del cabello, serán características de esta escultura ibera que evocan las formas foceas. La esfinge de Agost y la esfinge en relieve de El Salobral respiran la majestad y confianza del arte clásico preliminar. Estas esculturas más refinadas convivirán con otras de carácter más rústico, como es el caso de la estatua de un Aqueloo, el dios-toro de cabeza humana popularmente conocido como la Bicha de Balazote.


Otro conjunto escultórico de gran interés es el de Porcuna, dentro del cual se encuentran el toro antes mencionado y un interesante grupo de un arumal y una herma conocido como el Oso de Porcuna. El conjunto debió de pertenecer a un mausoleo de gran lujo en que participaron escultores de primera línea. Se caracteriza por ser de gran calidad y homogeneidad, formando parte todas las piezas de una idea es-tética de globalidad, de la que hoy en día no se conservan más que algunos fragmentos. Las piezas eran labradas minuciosamente, con una gran preocupación descriptiva por detalles como el ropaje y las armas, y, en el caso de los arumales, son expresados como criaturas salvajes muy diferentes en su actitud a los leones de Pozo Moro. Tampoco tienen una de las características típicas de la escultura primitiva que era convertir en omamento todo lo orgánico.


Bronces del Santuario de la Luz (Museo Arqueológico, Madrid). Estas dos figurillas del santuario murciano son exvotos de tamaño reducido, de 8 y 10 cm, realizados en bronce. Los detalles anatómicos o del vestido se realizaron mediante cincelete o buril. Para realizarlos, muchas veces se utilizó una aleación de metales, cobre, estaño y plomo. Los ritos de protección son evidentes, sobre todo en la figura que ofrece la mano.


Cerámica Ibérica

La cerámica ibérica de Levante y Andalucía se aparta de toda la tradición hispánica de la protohistoria. Si esta última destacaba por su aspecto negruzco o pardo, decorada mediante la incisión, la estampación e incrustación, ahora nos encontramos ante barros claros de formas airosas, pintados y barnizados en tonos pardo-oscuros. Su masa cerámica es fina, compacta, bien cocida y torneada, y con un sonido muy metálico.
Los alfares tenían un mercado muy amplio que difundió algunas formas de manera muy notable, como en el caso del vaso en forma de sombrero de copa, semejante al kálathos griego, y muy conocido en la época.
Se pueden distinguir dentro de esta técnica específica diversas tendencias estéticas. En primer lugar, la cerámica andaluza o turdetana, en la que predomina la tradición del Mediterráneo oriental, caracterizada por la decoración a base de bandas y filetes horizontales, pintura con barnices de diferentes colores, y con terrrunaciones muy simples de rayitas oblicuas, manchas horizontales o líneas ondulantes. Otra tendencia destacable es la de Elche-Archena, que abrurna con infinitud de motivos decorativos sus piezas mediante todo tipo de vegetaciones (hojas de hiedra), anunales y geometrías (espirales): tendencia que se adecúa perfectamente al concepto de "horror al vacío' y que se define como esencialmente figurativa.
        

En la región valenciana se desarrolló otra forma cerámica cuyo ejemplo más destacable quizá sea el de los vasos de Llíria, que han permitido diferenciar dos escuelas de diferentes líneas: la primera, la del Cerro
de San Miguel, tendía a decorar las obras con escenas narrativas de gran espontaneidad mediante relatos de danza, cacería, tauromaquia y guerra; la segunda era puramente abstracta, a base de franjas geométricas en semicírculos concéntricos y ondas. En Azaila, poblado del Bajo Aragón, se resolvió otro estilo de gran personalidad que sintetizaba los motivos tradicionales y las nuevas imágenes de la flora helenístico-romana, lo que resulta de muy grata originalidad.
                     

Vaso de Llíria (Museo Arqueológico, Valencia). En este vaso se ha representado una escena de guerra en la que se advierte la espontaneidad y el interés narrativo propios de esta cerámica, fechada hacia el siglo II a.C. Esta obra es también muy importante puesto que conserva restos de inscripciones, que al estar integrada dentro del marco decorativo puede hacer alguna alusión a lo que se ha representado.

Orfebrería Ibérica

Otra de las grandes manifestaciones artísticas del pueblo ibero fue la orfebrería, que ha legado buenas muestras materiales procedentes de los yacimientos. Si bien los pupos escultóricos de las damas, como las conocidas de Elche y Baza, pueden dar cabal información al respecto, son las joyas reales, procedentes fundamentalmente de los ajuares funerarios, las que constituyen una fuente de primerísima mano.
Cabe recordar que el hierro fue un elemento muy importante en la vida de esta gente, puesto que con él consiguieron mejoras en los campos agrícola y militar. Esto les permitió un buen conocimiento de la metalistería, hasta el punto de que incluso sus armas, como las falcatas, a veces presentaban incrustaciones de piedras preciosas.
                                       


Con todo, la orfebrería más destacable es la que hacía referencia a los tocados femeninos, barrocos y que constituían por sí mismos una auténtica acumulación de joyas. Las mujeres de la época se solían ataviar con pendientes, diademas, mitras, collares y brazaletes, realizados con repujados, nielados y todo tipo de filigranas. Lo mismo se podía percibir en vajillas y otros utensilios, así como en los objetos empleados para los rituales. En general, suelen presentar unos mismos motivos a base de meandros y espirales, a veces formando tallos ondulantes con zarcillos y otros motivos geométricos y vegetales, que refuerzan una temática de influencia oriental y celta, aunque la técnica era propiamente indígena (a pesar de las semejanzas con la joyería etrusca).

                                                   
Es en Andalucía donde se han hallado más tesoros, como el de Perotitos y Mojón, en Jaén, aunque uno de los más reseñables sea el de El Carambolo, donde se descubrió un pectoral de gran calidad.
Aquí se detectan rasgos orientales. Fuera del área meridional, otra obra destacable es la diadema del tesoro de Jávea, en Alicante, de influencia helenística, mientras que en Tivissa, en Tarragona, las piezas que se encontraron pusieron de manifiesto la existencia de un comercio, pues éstas procedían de Jaén.
Otros tesoros son el de Cortijo de Évora y el de Aliseda, éste último descubierto en 1920 en esta población cacereña, constituido mayoritariamente por joyas femeninas realizadas en oro, tres sellos con piedras preciosas, un plato liso y un brasero de plata.
                         

Piezas de plata del Tesoro de Mengíbar (Museo Arqueológico Nacional, Madrid). El Tesoro de Mengíbar está compuesto por dieciocho objetos de plata, de los que se han recogido en la imagen seis torques, cuatro brazaletes, un trinchante y un vaso. Al final de la época íbera se observa un gusto creciente por la utilización de la plata no sólo en las joyas, sino también en las vajillas.

El león de Baena

Las esculturas animalísticas de la península Ibérica han atraído desde hace décadas la atención de historiadores y arqueólogos. Algunos especialistas se inclinan por buscar los prototipos de estos ejemplares en sus congéneres del arte neohitita, mediante lo cual se infiere que fueron los fenicios quienes, al establecer relaciones comerciales con la Península desde aproximadamente 1000 a.C., dieron a conocer estos modelos a los pueblos hispánicos.
La presencia del león ibérico se advierte tanto en el Levante como en el Mediodía. Se desprende de algunas investigaciones que éstos no se encuentran relacionados con los de las representaciones de vivaces cacerías asirías, sino más bien con los vinculados a la arquitectura, en su naturaleza de guardianes de templos, mansiones y tumbas.
Se cree que los antecesores más lejanos del león ibérico pertenecen a las esculturas sirio-hititas, leones del arcaísmo cretense, a partir de similitudes en su actitud y composición, como las orejas dirigidas hacia atrás, la boca abierta – en muchos casos con la lengua afuera – y los pliegues del labio superior retraídos. En su carácter de guardianes de tumbas, un aspecto bien documentado en la península Ibérica tanto entre los iberos como entre los turdetanos, coinciden también en la posición en que se representa a los felinos: tumbados y enseñando la dentadura.
El mismo sentido funerario de estas piezas se extiende con frecuencia en toda la costa del Mediterráneo, desde los griegos hasta los etruscos.
En otros casos, como en Hattusa, la capital del reino hitita, los felinos cumplen la función de guardianes de puertas monumentales. Es posible que los marfiles fenicios, o más bien los artistas fenicios que emigraron al Occidente, reprodujeran leones que obedecían a prototipos orientales, jugando de esta manera un papel importante en la transmisión y propagación de este tipo de felino por todo el Mediterráneo: esta imagen es la que se encuentra presente en la mayoría de los leones ibéricos y turdetanos.
Se ha atribuido una influencia griega a estas representaciones, y parece ser cierto sólo en la medida en que hace referencia al arte griego orientalizante. Los ejemplares griegos del período arcaico no se relacionan con los leones micénicos y sí presentan características similares a los leones ibéricos y turdetanos. La cabeza del león de Cástulo, por ejemplo, tanto en la ejecución de la melena y de los ojos, como en el perfil de la nariz, presenta un profundo paralelismo con una pieza procedente del Heraion de Samos, del último cuarto del siglo Vl a.C.

Una deformación de este tipo de figura, que deriva del arte jonio, corresponde el León de Baena. Esta escultura, fechada en el 500 a.C., fue seguramente el modelo para el resto de esculturas del mismo tema. El León de Baena permanece tendido, según la tendencia oriental, y presenta una mayor expresión de ferocidad y virulencia, que anticipa algo de la crueldad de las figuras diabólicas de los infiernos medievales peninsulares. Su forma es de bulto redondo y algo más alargada y mejor proporcionada que los otros mencionados; es de una gran sencillez y mantiene una espléndida perfección en sus miembros. Hallada en Córdoba, se encuentra en la actualidad en el Museo Arqueológico Nacional, Madrid.




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