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miércoles, 11 de noviembre de 2015

Los Ángeles, capital del arte

La instalación 'Urban Light', de Chris Burden. / KYLE MONK

Dinámica, caótica, multicultural y aventurera, Los Ángeles acaba de inaugurar The Broad, su gran museo de arte contemporáneo

Viajamos a la Costa Oeste de Estados Unidos para conocer a artistas, galeristas y comisarios que han llegado hasta L. A. en busca de nuevos horizontes


El terreno llevaba décadas listo para ser ocupado. Esta parcela asfaltada de un par de hectáreas servía de improvisado aparcamiento a los trabajadores que cada mañana trepan hasta Bunker Hill, la desangelada colina que separa el centro de Los Ángeles (California) del oeste de la ciudad. En este punto del mapa, las viviendas victorianas de otro tiempo dejaron hueco, en el ecuador del siglo pasado, a un puñado de insípidos edificios corporativos. Por la noche, el barrio se vacía y las calles quedan semidesiertas. La leyenda local reza que los únicos transeúntes fueron, hasta no hace tanto, mendigos y drogadictos.
Hace cinco años, Eli Broad decidió que se trataba del lugar perfecto para erigir el museo que iba a llevar su nombre, destinado a acoger su impresionante colección de arte moderno y contemporáneo, compuesta por cerca de 2.000 obras de nombres como Andy Warhol, Roy Lichtenstein, Jasper Johns, Keith Haring, Jeff Koons o Kara Walker. Emblema patrio del self-made man y propietario de una de las mayores fortunas del país, Broad nació hace 82 años en el Bronx neoyorquino, en el seno de una modesta familia de inmigrantes lituanos. Creció en Detroit y luego se instaló en Los Ángeles a finales de los sesenta, cuando ya se había hecho rico vendiendo chalés adosados durante el boom de los suburbios residenciales en plena posguerra estadounidense. Como muchos otros empresarios pudientes, Eli Broad dedica parte de sus estratosféricas ganancias al arte y los artistas. Junto a su esposa, Edythe, configura una de las más generosas parejas de filántropos de Estados Unidos.
El pasado septiembre el museo The Broad abrió las puertas en un nuevo edificio proyectado por la arquitecta Elizabeth Diller. Un cubo recubierto de una impresionante celosía formada por 2.000 piezas de hormigón y fibra de vidrio. Ese espectacular caparazón le permite relucir en medio de altísimos edificios. E incluso de un vecino tan imponente como el Disney Concert Hall, de Frank Gehry, sede de la Filarmónica de Los Ángeles desde 2003. El día de la inauguración, con ese optimismo semiobligatorio en este rincón del planeta, todo el mundo compartía un diagnóstico: la apertura del museo, sumada a otros indicios observados en los últimos tiempos, era el síntoma definitivo de que algo se mueve en Los Ángeles.
Artistas, galeristas y coleccionistas no dejan de llegar a la ciudad desde hace media década. El propietario del museo asegura que vio venir este buen momento. “Desde finales de los setenta entendí que esta ciudad tenía potencial como capital del arte. Me tomaban por loco, pero ahora me dan la razón”, aseveraba Broad en una de las salas del centro, que suma un total de 4.600 metros cuadrados repartidos en dos plantas de exposiciones, una sala de conferencias y un gran almacén visible por el visitante desde la escalera de acceso. “Los Ángeles es una ciudad sexy, abierta al recién llegado, más informal que otros puntos del país, con un clima extraordinario, llena de espacios libres y, encima, más barata que la mayoría. Por eso vienen tantos artistas. No es extraño que Nueva York se esté poniendo celosa”, afirma el millonario.


Un técnico instala un neón sobre The Tempest, obra de la artista Mary Weatherford (Los Ángeles, 1963), en la galería David Kordansky. / KYLE MONK
Por la noche, estrellas como Owen Wilson y Gwyneth Paltrowacudieron a la fiesta inaugural. También cotizados artistas como Damien Hirst, Takashi Murakami, Jeff Koons o Cindy Sherman, además de glorias locales como Ed Ruscha y John Baldessari. “Este será un museo de primera categoría. Y no solo en Los Ángeles, en todo el mundo”, decía el segundo en la sala donde colgaban dos de sus obras, junto a las de otros vanguardistas angelinos como Paul McCarthy o Mike Kelley. A altas horas, acaudalados ancianos bailaban con sus esposas con idéntica rinoplastia, dando brincos al ritmo de los temas de Chrissie Hynde, cantante de The Pretenders.
Detrás de sus gafas oscuras, Edythe Broad se decía aliviada por no haber tenido que ceder su cuadro favorito, una obra de Miró de 1933, que sigue colgada en su comedor. “Aquí uno puede conseguir lo que quiera porque la meritocracia funciona. Cuando tienes buenas ideas y la energía suficiente, nada ni nadie logrará detenerte, independientemente de tu origen geográfico, social o religioso”. El matrimonio sopesó barrios con más pedigrí, como Beverly Hills o Santa Mónica, antes de decantarse por aquel improbable descampado de Grand Avenue que lleva años en transformación. Junto al edificio de Gehry, The Broad es vecino del Museo de Arte Contemporáneo (MOCA), fundado por un puñado de artistas a finales de los setenta, que acoge una gran colección de más de 6.000 obras contemporáneas. Algo más allá se divisa la catedral de alabastro proyectada por Rafael Moneo y la rimbombante High School #9, escuela pública de arte construida por la agencia vienesa Coop Himmelb(l)au.
Antaño un barrio indeseable, el lugar se erige hoy como el pulmón cultural y arquitectónico de la ciudad. “Fue una zona residencial hasta que, en los cincuenta, echaron a los ciudadanos. Ahora existe un movimiento para reocupar el centro”, se felicitaba la arquitecta Diller sobre esta ciudad horizontal de barrios inconexos. “En realidad, no sé si hay que llamarla ciudad. Yo la veo más como una urbe, como un paisaje urbano. Los Ángeles es una bestia particular”, añade. Instada a describirla, la escritora Dorothy Parker dio en su día con una definición prácticamente perfecta: “72 suburbios en busca de una ciudad”.

Los Ángeles es ‘sexy’, abierta, barata. No es de extrañar que Nueva York esté celosa”
No cuesta entender que el mito del salvaje Oeste sigue vigente en la ciudad. Aquellos primeros estadounidenses se mudaron a California para volver a empezar de cero en lo que era, por aquel entonces, el último reducto del Nuevo Mundo. En este Estado, donde uno de cada diez empleos forma parte de las llamadas “economías creativas”, autóctonos y forasteros siguen creyendo en las segundas oportunidades. A ese imaginario se refiere el alcalde de Los Ángeles, Eric Garcetti, cuando se le interroga sobre las bazas que puede jugar como capital del arte. Descendiente de italianos, mexicanos y judíos rusos, propietario de una sonrisa perfecta y con cierto perfil de actor invitado en una serie televisiva, el político no escatima en elogios a su ciudad natal, de perfil marcadamente multicultural. En 2014, el censo del condado contabilizó un 48,4% de ciudadanos latinos y un 14,8% de asiáticos. “Los Ángeles es el corazón cultural de Estados Unidos. Refleja el mundo tal como es hoy, y el país tal como será en el futuro. Somos la capital oeste de Estados Unidos, la capital norte de Latinoamérica y la capital este del Pacífico. Nos encontramos en el punto de intersección de la creatividad mundial”, asegura en un castellano casi perfecto.
Según datos del Estado, existen en California más de 600 galerías de arte, que generan ingresos de 197 millones de euros y dan trabajo a más de 5.000 personas. “Si los mejores artistas se instalan aquí, es por ese dinamismo. Se sienten fascinados por dos de las cosas que siempre nos han definido: la tierra y la libertad. Los Ángeles dispone de mucho espacio, es relativamente barata y cuenta con una larga tradición de experimentación artística. Nueva York es una gran ciudad, pero me temo que este es nuestro momento”, concluye Garcetti.
En la entrada del vecino MOCA, da la bienvenida al visitante una larga lista de “generosos donantes” que han facilitado su creación y posterior funcionamiento. Entre ellos, el omnipresente matrimonio Broad, pero también los hermanos Marciano (propietarios de la marca de ropa Guess) o Darren Star, creador de series comoSensación de vivir y Sexo en Nueva York. El nuevo director del museo, Philippe Vergne, llegó a la ciudad hace año y medio para dirigir esta institución pionera. “Una de las grandes virtudes de Los Ángeles es que las cosas no están solidificadas. Existe un deseo de realizar proyectos, de convertirlos en realidad sin esperar a que te den permiso para hacerlo. En Los Ángeles, la cultura dominante es el hazlo-tú-mismo”, explica este francés, que antes dirigió la prestigiosa Dia Foundation de Nueva York.
Su mano derecha es la conservadora jefe del museo, Helen Molesworth, otra neoyorquina recién instalada en la ciudad. Nos ha dado cita ante un desconcertante lienzo de Eliza­beth Murray: dos polígonos irregulares pintarrajeados con indudable desgana. “Para mí, este cuadro es como una canción de los Ramones: casi no sabemos tocar la batería, pero eso no nos va a detener”, explica. Eso resume, tal vez, el espíritu de la ciudad. “Los Ángeles es un lugar del siglo XXI. Es difícil hablar sobre esto con un europeo sin resultar insultante, pero cuando estás en Los Ángeles, Nueva York y el viejo mundo no te podrían importar menos. Prácticamente ni existen, porque no necesitas su aprobación. Será un cliché, pero eso te da una inmensa libertad”, asegura Molesworth.
Once kilómetros al oeste, un grupo de turistas juega al escondite entre las farolas de la instalación Urban ­Light, del fallecido Chris Burden, dispuestas en la entrada del LACMA, el museo de arte contemporáneo del condado de Los Ángeles, que acaba de cumplir 50 años. Desde 2007, el número de visitantes se ha duplicado, hasta superar el millón de personas al año, y los visitantes internacionales se han multiplicado por cinco. “Los Ángeles siempre ha sido un lugar de trabajo para los artistas, pero las instituciones nos habíamos quedado atrás. No se preocupen: nos estamos poniendo al día”, sostiene el director del museo, Michael Govan, que describe un paisaje formado por otros museos, como The Hammer, dedicado a los nombres emergentes del arte contemporáneo, o The Getty Center, una mansión de Malibú que alberga desde arte grecorromano a una destacada colección impresionista. ¿No hay cultura en Los Ángeles más allá del mercadeo hollywoodiense? Que se lo digan a ellos.


Interior del museo The Broad. / KYLE MONK
Los artistas que llevan décadas instalados en la ciudad, una especie de oasis al margen de las presiones del mercado del arte, se muestran preocupados por los cambios. Al noroeste, cruzando la frontera psicológica delimitada por el río que comparte nombre con la ciudad, el artista Mark Hagen abre la puerta de un inmenso taller en Glendale, suburbio de clase obrera de, en su mayoría, origen armenio. En su calle se acaban de instalar distintos artistas que buscaban, como él, un espacio para trabajar. A menudo proceden de barrios bohemios que ya no se podían permitir. Originario de Virginia, Hagen se mudó a la costa californiana en los noventa para estudiar en CalArts, la célebre escuela de arte que fundó Walt Disney y donde se formaron Tim Burton, Sofia Coppola o la plana mayor de los estudios Pixar. Al terminar, se instaló en el barrio de Echo Park, predominantemente chicano, imán de artistas por sus alquileres baratos. “De un día para otro, el propietario duplicó el precio y me tuve que marchar”, recuerda. Sucedió en 2007. La ciudad se adentra hoy en una fase acelerada de ese mismo proceso. Los barrios asequibles, gentrificación mediante, se vuelven prohibitivos.
Para Hagen, hoy un respetado artista al que coleccionan personalidades como el diseñador Hedi Slimane, si Los Ángeles se ha puesto de moda es por la descentralización gradual del mundo del arte. “Ya no hay tres capitales, Nueva York, Londres y París, sino cientos”, sostiene. “Está muy bien que se preste más atención a nuestra ciudad, porque la merece. Pero debemos ir con cuidado para que no se convierta en un nuevo Manhattan. Me parece bien que marchantes llegados de Nueva York se instalen aquí, pero no que se limiten a exponer a neoyorquinos como ha pasado estos últimos años. Deberán apoyar la escena local si quieren ser aceptados”. Otra veterana es la artista Liza Lou, que llegó de niña y nunca se volvió a marchar. Desde hace 20 años, trabaja en medio de la naturaleza del Topanga Canyon, a una hora en coche del centro. “Antes uno se instalaba aquí pese a las consecuencias negativas que eso pudiera tener en su carrera. Puede que todo lo que definía Los Ángeles esté a punto de cambiar, hasta el momento que dejemos de reconocerla. Y, pese a todo, me parece positivo que se nos preste, por fin, algo de atención”, asegura.
Las galerías que operaban en la ciudad antes del boom comparten algunas de esas preocupaciones, aunque en el fondo se beneficien de este nuevo contexto. El nombre con mayor solera es Regen Projects, fundada hace 25 años por Shaun Caley Regen junto a su difunto esposo. Galerista de artistas como Matthew Barney, Raymond Pettibon o Catherine Opie, hoy ocupa uno de esos antiguos estudios de posproducción en pleno Hollywood. Con la autoridad que da la experiencia, Regen desmiente que no exista un mercado en Los Ángeles. “Londres y Nueva York se han beneficiado de los grandes filántropos y mecenas, pero aquí siempre han existido grandes coleccionistas”, afirma Regen, aludiendo a “museos e instituciones internacionales, fundaciones privadas, el sector financiero y la industria del cine y la moda”.
Otro nombre importante es el de David Kordansky, galerista de 38 años que se dio a conocer en la década pasada abriendo una minúscula galería pensada “para exponer a amigos artistas” en un callejón de Chinatown. Quince años después, cuenta con un espacio de 1.200 metros cuadrados, pegado a un restaurante de tacos regentado por el actor Danny Trejo, en una zona de nadie en la que no dejan de sonar sirenas policiales, a medio camino entre dos centros neurálgicos del arte en la ciudad: Culver City y Highland Avenue. “Los Ángeles es una capital del arte. Es uno de los últimos grandes lugares sin explotar, en términos de mercado y exposición mediática”, sostiene Kordansky, criado por una modesta familia del Misisipi, que llegó a la ciudad para estudiar en la universidad. “De alguna manera, seguimos viviendo en el salvaje Oeste, por muy sofisticado y cosmopolita que se haya vuelto. Pero, si uno no echa raíces en el lugar y contempla su historia, el resultado suele ser insustancial. Lo que convierte a una galería en interesante no solo son sus artistas, sino también su forma de hablar a la comunidad que la rodea”, apostilla.

Somos el corazón cultural de EE UU. Reflejo del mundo de hoy, del país del futuro”
Entre los últimos en llegar figura Michele Maccarone, a quien parecen dirigidas algunas de las críticas escuchadas. Hija de un peluquero y una secretaria de Nueva Jersey, se dio a conocer al abrir una galería en Nueva York en 2001, cuando tenía veintipocos años. “Diría que fui la última que pudo hacer algo así. Después se volvió demasiado caro”, reconoce. El mismo día que se inauguraba The Broad, esta mujer de 41 años abría las puertas de su nuevo espacio, un gigantesco complejo ubicado en una antigua fábrica de un rincón deprimido de ese revalorizado centro. “Dos de mis artistas, Alex Hubbard y Oscar Tuazon, quisieron mudarse a Los Ángeles, así que me propuse encontrarles un taller para trabajar. En ningún momento me planteé abrir otra galería”, reconoce. Pero el espacio era abundante y, sobre todo, barato: por sus 5.000 metros cuadrados paga menos que por los 1.200 de los que dispone en Manhattan. “Llega un momento en la carrera de todo galerista en la que debes expandirte. Y en Nueva York eso solo es posible hasta cierto punto. Con lo que está pasando en la Costa Oeste, tarde o temprano hubiera resultado esencial estar aquí”, admite.
Una de las maneras de integrarse en el paisaje local ha consistido en contratar a buenos conocedores. Uno de sus asistentes es Matthew Sova, de 30 años, figura relevante de la escena alternativa. Combina su trabajo con Maccarone con la gestión de su propio espacio, Jenny’s, una minúscula pero influyente galería ubicada en la modesta oficina de una compañía de seguros en Silver Lake, barrio de moda y meca para hipsters y veganos. La fundó al regresar de Nueva York, hace tres años. “Allí la jerarquía es más rígida, aquí todo es más informal. La gente se entremezcla de una forma más orgánica y relajada”, sostiene. Jenny’s forma parte de una constelación de pequeños espacios que jovencísimos galeristas han fundado en los últimos años, como Night Gallery, Human Resources, Château Shatto o Freedman Fitzpatrick.
También se multiplican los centros de arte privados sin ánimo de lucro, como Laxart o Fahrenheit, dirigido por la francesa Martha Kirszenbaum, comisaria de 32 años que antes trabajó en los neoyorquinos MOMA y New Museum. Su historia de amor con Los Ángeles empezó hace año y medio. Tras pasar dos meses en la ciudad, entendió que no quería marcharse. “Nueva York es demasiado capitalista. Sabes que nunca podrás comprarte un piso si no trabajas en finanzas. La gente se harta de vivir como perros. Por eso se muda aquí”. Pero también le ve defectos a su nuevo hogar. “Durante todo el siglo pasado, Los Ángeles se ha definido como la antítesis de Nueva York, como una hermana pequeña, protestona y acomplejada. Se ha construido como una fortaleza para proteger una comunidad frágil que solo se relacionaba entre sí. El gran desafío de la ciudad sigue siendo aceptar la mezcla con europeos, neoyorquinos y latinoamericanos, lo que ya empieza a pasar”.
Jay Ezra Nayssan, comisario y galerista de 28 años, tiene la misma opinión. Combina un trabajo en el sector inmobiliario con la gestión de Del Vaz Projects, una galería instalada en su propio domicilio, un apartamento de dos habitaciones en Little Osaka, al oeste de la ciudad. “Me gustó la idea de sentarme con el visitante a tomar un té y hablar de manera pausada sobre las obras expuestas. Además, mis padres son persas, y acoger a los demás en tu hogar siempre ha sido nuestra mayor performance”, ironiza mientras acerca una bandeja de dátiles.


El artista Mark Hagen, en su estudio de Glendale. / KYLE MONK
Para el galerista, la escena local sigue teniendo carencias. “Tiende a ser algo provinciana. Todo el mundo se conoce y se apoya mutuamente, lo cual es bueno pero también malo: a menudo, nos encerramos en nosotros mismos”, opina. “Que vengan unas cuantas galerías o abra un nuevo museo está muy bien, pero no significa que nos convirtamos en Nueva York, Londres o París de un día para otro. Queda mucho por hacer”. Entre los últimos artistas que han expuesto figuran el argentino Nahuel Vecino y una figura ascendente, Max Hooper Schneider. Tras siete años en la Costa Este, regresó hace poco a la ciudad, donde acaba de exponer con el todopoderoso galerista Larry Gagosian. “Mi tiempo en el viejo mundo se terminó. En Nueva York no podía trabajar así. Ya no me marcho de aquí”, sostiene Schneider, de 33 años.
Al final del recorrido, aparece otro solar listo para ser ocupado. Allí está Paul Schimmel, una de las instituciones del arte en la ciudad: fue conservador jefe del MOCA durante casi tres décadas y nadie niega que, si Los Ángeles hoy es vista como capital del arte, fue gracias a él. Nuevo socio de la galería suiza Hauser & Wirth, recién escogida como la más poderosa del mundo por la revista ArtReview, este neoyorquino ultima la construcción de su sede en Los Ángeles: un espacio de casi 10.000 metros cuadrados que abrirá sus puertas en marzo de 2016 en un edificio histórico del llamado Arts District, otra zona pujante del downtown angelino. “Un proyecto así sería inimaginable en cualquier otra ciudad. No solo por los precios del sector inmobiliario, sino también por el sentido de la oportunidad que existe en Los Ángeles”, afirma. ¿No se trata de un simple mito? “Sí, pero aquí nos guiamos por él hasta convertirlo en realidad. Cada extranjero llega con su imagen idealizada de la ciudad y vive en función de esa ilusión”, añade. Mientras queden terrenos por conquistar, ese mito seguirá vigente. “La reinvención es un concepto siempre presente en Los Ángeles. ¿Que si reinventarse es factible? Por supuesto que sí. ¿Que si le funciona a todo el mundo? Por supuesto que no. Se necesita mucha voluntad e imaginación para que suceda”.
elpaissemanal@elpais.com
Fuente
http://elpais.com/elpais


lunes, 6 de octubre de 2014

Bogotá, capital del arte

Bogotá, capital del arte

Se avecinan cuatro importantes ferias, y galerías y museos aprovechan el ambiente de la ciudad para inaugurar magníficas exposiciones. 





En octubre los bogotanos tendrán mucho para ver. Además de las exposiciones de Andrés de Santa María en el MamBo, de Francisco Antonio Cano en el Museo Nacional y de Alberto Durero en el Museo del Banco de la República, el 23 de octubre comienza la cuarta edición de la feria Odeón, la segunda de Sincronía y la primera de Barcu;  el 24 arranca ARTBO y el 25 la Feria del Millón. Y como si fuera poco el Museo de Arte de la Universidad Nacional inaugura Selva Cosmopolítica, una exhibición que lleva al espectador a lo más profundo de la Amazonia.  
Con semejante oferta y el éxito de jóvenes artistas como Óscar Murillo, Mateo López y Nicolás París, muchos hablan de un boom de arte colombiano. Sin embargo, para José Roca –director de Flora arts+natura y curador de arte latinoamericano del Museo Tate de Londres– la explosión de talento nacional no es repentina. El país siempre ha contado con reconocidos artistas como Doris Salcedo, Fernando Botero, David Manzur, Ana Mercedes Hoyos y Santiago Cárdenas. En otras palabras, no es que ahora haya más sino que los colombianos están descubriendo las nuevas generaciones.
Su colega Jaime Cerón, que ha trabajado en ARTBO, la Feria del Millón y ahora hace parte de la fundación de arte Misol, no está completamente de acuerdo. Para él la escena artística colombiana se ha desarrollado significativamente en los últimos 30 años. “Roca tiene razón en que siempre ha habido talentosos artistas nacionales, pero si en los años ochenta había seis hoy hay 30”, dice.  El crecimiento se debe al cambio de relación de la sociedad con la cultura. La cantidad de facultades de arte creció en todo el país y el gobierno comenzó a apoyar a los artistas y a financiar becas para que estudiaran en el exterior. Por otra parte, espacios de arte como Flora de José Roca y Lugar a dudas de Óscar Muñoz organizaron residencias para que jóvenes de varias partes de Colombia y el mundo trabajaran en Bogotá y en Cali unos meses y se generaran intercambios. Varios colombianos comenzaron a coleccionar arte y los artistas a venderlo. En las ciudades aparecieron más galerías y espacios de exposición, aunque siguen siendo significativamente pocos comparados con la cantidad de estudiantes de arte que se gradúan cada año. Evidencia del cambio en Bogotá es el barrio San Felipe, el creciente distrito de arte de la capital. En la calle 75A con carrera 20C hay tres galerías, una al lado de la otra, y a la vuelta de la esquina está Flora. Cuentan sus dueños que ya no pasan un solo día sin que lleguen visitantes.
Y desde hace diez años, ARTBO convirtió a octubre en el mes del arte. Durante tres días miles de personas entran a ver lo mejor del arte contemporáneo nacional e internacional y los ojos del mundo se centran en Colombia. La feria se ha consolidado como una de las más importantes de América Latina y ese éxito ha tenido gran impacto en la ciudad. Además de ser un importante apoyo para jóvenes artistas nacionales, quienes cuentan con su propio espacio dentro de la feria, ha inspirado el surgimiento de otros eventos similares. En 2007 se inauguró La Otra, una feria de arte contemporáneo con propuestas arriesgadas y poco convencionales que el año pasado se convirtió en bienal. En 2011 le siguieron Odeón, que se define como una feria alternativa, y en 2013 la Feria del Millón, que estableció 1 millón de pesos como el precio máximo a pagar por una obra. Todas ellas tienen lugar durante la semana de ARTBO para aprovechar su público. Por eso Diego Garzón -uno de los directores de la Feria del Millón- dice que si ARTBO cambiara de fecha, ellos también lo harían.
Cada feria tiene características distintas que la hacen atractiva al público, pero tienen tres en común: primero, exhibir el arte contemporáneo, segundo, promover el ámbito cultural en Bogotá y tercero, apoyar a los jóvenes artistas colombianos. 
En cuanto a la primera, responde a las exigencias del mercado. Si bien unas ferias eligen un arte más experimental y arriesgado, todas exponen lo que se está creando y lo que se está vendiendo, y lo de hoy es un arte que parece desafiar toda definición. En efecto, más o menos desde la década de los sesenta, motivados por los movimientos estudiantiles y sociales que en varias latitudes exigían cambios, los artistas comenzaron a crear obras que se salían de los parámetros de la estética y desafiaban el concepto mismo de arte. Por eso Roca afirma que “cualquiera puede decir que hizo una obra de arte. Pero no por ello es buena.”  La idea, que venía germinando desde décadas anteriores, era romper conceptos y obligar al espectador a reflexionar. 
Las otras dos características corresponden enteramente a la voluntad de los organizadores. Como creación de la Cámara de Comercio de Bogotá, el objetivo de ARTBO siempre fue ampliar y fortalecer el mundo de las artes plásticas en la capital. Y Odeón, Sincronía, la Feria del Millón y La Otra demuestran que se está cumpliendo. Y ahora que todas ellas comparten la misma meta, con seguridad la oferta de octubre aumentará en los próximos años. 
Los diez años de ArtBo
ArtBo celebra su primera década con un cambio de imagen y fortaleciendo los parámetros que la han definido desde el comienzo. Del 24 al 27 de octubre Corferias se llenará de arte. Además de profesionalizar el medio, promover la ciudad y el mercado de arte nacional, la feria ha sido una plataforma de apoyo para el joven talento colombiano que desde el primer año contó con un lugar de exhibición propia, Artecámara. Este año el número de artistas es mayor y Jaime Cerón fue elegido como el curador de la sección.
Los otros espacios que componen la feria, además del principal donde están las 66 galerías que exponen sus obras, son: Individuales, que cuenta con proyectos de 14 reconocidos artistas que este año se ciñeron al tema del diseño por elección de José Roca; Foro, donde se discuten temas de arte contemporáneo y ArticulArte, un espacio didáctico para el público. Esta es la segunda vez que se realiza esta actividad y la idea es que a través de ella la gente siga acercándose al arte contemporáneo.
La Feria del Millón sigue creciendo
Se inauguró con unas reglas democráticas: cada artista tiene la misma cantidad de espacio para exhibir sus obras, la venta es personal y ninguna puede costar más de 1 millón de pesos. Esto acaba con todas las pleitesías que giran en torno al mundo del arte y los visitantes pueden preguntarle al artista por su obra y comprarla sin mayor sacrificio financiero. Además, la Feria del Millón tiene la importante ambición de regenerar la localidad de Puente Aranda y convertir esta zona industrial en un lugar donde la gente puede ir a ver arte.
La primera versión fue un éxito. El 92 por ciento de las obras se vendieron, la feria se consolidó como una plataforma para artistas emergentes y muchos compraron su primera obra de arte. Este año, estará del 25 al 27 de octubre y además del espacio principal en el Centro Creativo Textura, contará con un salón de arte electrónico. Así, la feria abre espacio al creciente interés de los artistas colombianos por crear a partir de programas de computador y tecnologías similares. 

La Universidad Nacional se sumerge en el Amazonas
La primera sala exhibe el gigantesco tronco de un árbol construido a partir de papel reciclable; el artista Miller Lagos hará que el papel vuelva a ser árbol. Otros espacios tienen coloridos dibujos de la selva y detalladas ilustraciones de varios árboles amazónicos dejan ver lo que allí se puede encontrar. Pero algunas de las obras tienen cierto halo de realismo mágico. La exposición se inauguró el 1 de octubre en el Museo de Arte de la Universidad Nacional y estará hasta el 13 de diciembre. Selva Cosmopolítica lleva al visitante a reflexionar sobre la relación entre una y otra cultura, a pensar sobre los saberes olvidados en pro de la idea de ‘civilización’ y sobre la unión entre el ser humano y la naturaleza. 

Odeón
El Espacio Odeón: Centro Cultural en la Carrera 5 #12c-73 es, al igual que la Feria del Millón, una apuesta por revitalizar una zona abandonada, y convertirla en un lugar dedicado a promover el arte plástico contemporáneo y las artes escénicas. Lo que en los años cuarenta era una de las primeras salas de cine de la ciudad y un ícono arquitectónico y cultural en 2011, tras varios años de abandono, se convirtió en la sede de la feria Odeón. Este año el evento contará con nueve galerías nacionales y siete internacionales y se llevará a cabo del 23 al 26 de octubre. Además de la feria, el Espacio Odeón será intervenido por tres artistas cuya obra impactará a los visitantes y se han organizado charlas pedagógicas que giran en torno al tema del arte. Para aumentar la oferta y facilitar a los colombianos el recorrido por los diferentes eventos artísticos de octubre, este año Odeón y la Feria del Millón tendrán buses que durante el día llevarán a las personas de una feria a otra.
Se inaugura Barcu
Barcu se tomará por primera vez La Candelaria. La feria tendrá lugar en seis casas distintas, cada una de ellas dedicada a un área de la cultura: una exhibirá artes plásticas, otra estará dedicada a la arquitectura, otra a la música, la cuarta pasará películas y documentales, la quinta estará dedicada a la gastronomía y la última a la literatura. Es decir que Barcu, a diferencia de las otras ferias, del 23 al 28 de octubre celebrará la cultura en general y no solo las artes plásticas. Habrá conciertos, talleres e instalaciones y durante unos días los bogotanos vivirán La Candelaria con ambiente de fiesta. “Barcu nace para crear y ofrecer nuevos espacios para los artistas emergentes y de vanguardia y para darle a La Candelaria el valor que se merece”, dice su director Christopher Paschall. 

Vuelve Sincronía
Eduardo Serrano, crítico de arte y curador, explica su importancia: “Constituye una vitrina para el arte que se está haciendo en la actualidad. En ella se pueden apreciar ejemplos de todas las prácticas artísticas vigentes, al igual que de sus contenidos, por lo regular relacionados con la vida y el mundo contemporáneo”.
 En Sincronía se podrán ver más  de 500 obras.  Y tendrá la participación de artistas apoyados por galerías como Galería Veintinueve 06/13 de Barcelona, Casa Cano, Galería Duque Arango, Expreso Del Arte, Galería El Gato, Galería Alma, Arte Goazz, Naranjo & Velilla, Baobab , Montealegre Galería de Arte y Lalocalidad Galería.
Se realiza en el parqueadero del Claustro La Enseñanza, en la calle 72 con carrera octava.
Fuente
http://www.semana.com

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