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sábado, 27 de febrero de 2016

LA BALSA DE LA MEDUSA, de Théodore Géricault






                                                            




                                        Théodore Géricault por Alexandre Colin, 1816.



                             La Balsa de la Medusa, 1819 , óleo sobre lienzo, 491 x 717 cm , Museo del LouvreParís.

La balsa de la Medusa (en francésLe Radeau de la Méduse) es una pintura al óleo realizada por el pintor y litógrafo francés del romanticismo Théodore Géricault entre 1818 y 1819. La obra, que el autor culminó antes de haber cumplido la treintena, se convirtió en un icono del Romanticismo francés. Es una pintura de formato grande (491 cm × 716 cm)1 que representa una escena del naufragio de la fragata de la marina francesa Méduse, encallada frente a la costa de Mauritania el 2 de julio de 1816. Al menos 147 personas quedaron a la deriva en una balsa construida apresuradamente, y todas ellas, salvo 15, murieron durante los 13 días que se tardó en rescatarlos. Los supervivientes debieron soportar el hambre, la deshidratación, el canibalismo y la locura. El suceso llegó a ser un escándalo internacional, en parte porque sus causas fueron atribuidas a la incompetencia del capitán francés que actuaba bajo la autoridad de la reciente y restaurada monarquía francesa.2



Al seleccionar esa tragedia como el tema de su primer trabajo importante –una descripción que no le había sido encargada de un acontecimiento reciente–, Géricault seleccionó deliberadamente un incidente muy conocido que pudiera generar un gran interés público y, al mismo tiempo, ayudarlo a impulsar su carrera.3 El evento en sí fascinó al artista, quien, antes de comenzar a trabajar en la pintura final, emprendió una investigación intensa y realizó muchos bocetos preparativos. Para construir un modelo detallado a escala de la balsa, entrevistó a dos de los supervivientes, Alexandre Correard, un ingeniero de los Arts et Métiers y el cirujano Jean-Baptiste Savigny. Su empeño lo llevó a ir a depósitos de cadáveres y hospitales donde pudiera ver de primera mano el color y la textura de la carne de los agonizantes y los muertos. Como el artista había anticipado, la pintura resultó ser altamente polémica en su primera exhibición, en el Salón de París de 1819, y se ganó tanto elogios apasionados como condenas. No obstante, el evento consolidó su reputación internacional, y el cuadro es, aún hoy, ampliamente considerado una obra seminal4 en la historia temprana del Romanticismo en la pintura francesa.
Aunque La Balsa de la Medusa conserva elementos de las tradiciones de la pintura histórica, tanto la elección del tema de la pintura como su dramática presentación representan una ruptura con respecto a la calma y orden de la escuela neoclasicista entonces predominante. El trabajo de Géricault atrajo la atención casi de inmediato a partir de su primera muestra y en la subsiguiente exhibición en Londres. Fue adquirida por el Louvre poco tiempo después de la muerte prematura del artista, a los 32 años de edad. La influencia de la pintura puede ser vista en los trabajos de Eugène DelacroixJ. M. W. TurnerGustave Courbet y Édouard Manet.




En junio de 1816, la fragata francesa Méduse partió de Rochefort con rumbo al puerto senegalés de Saint-Louis. Dirigía un convoy compuesto por otras tres embarcaciones: el buque-bodega Loire, el bergantín Argus y la corbetaÉcho. El vizconde Hugues Duroy de Chaumereys había sido nombrado capitán de la fragata pese a haber navegado muy poco en 20 años.6 7 La misión de la fragata era la de aceptar la devolución británica de la entonces colonia de Senegal bajo los términos de franceses de la Paz de París. El gobernador francés designado para Senegal, el coronel Julien-Désiré Schmaltz y su esposa, Reine Schmaltz, estaban entre los pasajeros.
En un esfuerzo por lograr una travesía rápida, la Méduse se adelantó a las otras naves, pero, debido precisamente a su velocidad, fue al garete y se desvió de su curso 100 kilómetros (62 mi). El 2 de julio encalló en un banco de arena en la bahía de Arguin, en la costa de África Occidental, cerca de la actual Mauritania. La colisión se debió en gran medida a la incompetencia de De Chaumereys, un francés emigrado que carecía de experiencia y habilidad, pero que habría conseguido esa misión como resultado de un acto de favoritismo político.8 9 10 Los esfuerzos por liberar el barco fueron infructuosos, así que el 5 de julio los aterrados pasajeros y la tripulación intentaron salvar los 60 kilómetros (37 mi) que los separaban de la costa africana en los seis botes de la fragata. Aunque la Médusa llevaba 400 personas, incluida una tripulación de 160 marineros, en esos botes solo había espacio para 250. El resto de la dotación del buque -al menos 146 hombres y una mujer— se apiñaron en una balsa de 20 metros de largo por 7 de ancho, construida deprisa y corriendo, que se sumergió parcialmente al recibir la carga. Diecisiete miembros de la tripulación decidieron quedarse a bordo de la Médusa. El capitán y la tripulación a bordo de los otros botes intentaron arrastrar la balsa, pero después de solo unos pocos kilómetros, las amarras de la balsa se soltaron por sí solas o alguien las soltó. El capitán dejó a los pasajeros de la balsa entregados a su suerte. La situación empeoró rápidamente: desde la primera noche, 20 hombres se suicidaron o habrían sido asesinados, ya que para el sustento de la tripulación de la balsa solo se les entregó una bolsa de galletas del buque (consumida en el primer día), dos contenedores de agua (perdidos por la borda durante las peleas) y unos barriles de vino.11
Según el crítico Jonathan Miles, la balsa arrastró a los supervivientes "hacia las fronteras de la experiencia humana. Desquiciados, sedientos y hambrientos, asesinaron a los amotinados, comieron de sus compañeros muertos y mataron a los más débiles."5 12 Después de 13 días, el 17 de julio de 1816, la balsa fue rescatada por la nave Argus únicamente por suerte ya que no hubo ningún intento de búsqueda de la balsa por parte de los franceses.13 Al momento del rescate solo habían sobrevivido 15 hombres; los demás habrían sido asesinados o arrojados por la borda por sus propios camaradas, muertos por inanición, o se habrían arrojado ellos mismos al mar en su desesperación.14 Este incidente se convirtió en una enorme vergüenza pública para la monarquía francesa, recientemente restaurada en el poder después de la derrota definitiva de Napoleón
                     Plano de La Balsa de la Medusa al momento del rescate de la tripulación5


La pintura no tiene simetría, sino que presenta más bien un desorden intencionado acorde con el tema representado. Varias líneas directrices (una de ellas la principal), dos planos (primero la balsa y de fondo el paisaje), en definitiva, una estructura piramidal sobre una base inestable (el mar).
Una línea parte del cadáver de la izquierda con las piernas en el agua y asciende hasta el marino que agita un trapo en dirección al barco que acude al rescate. La disposición se ajusta a la realidad histórica: los 15 náufragos de la balsa de la Méduse fueron rescatados por el Argus. El sentido ascendente de la línea marca la sucesión de sentimientos experimentados por los náufragos, desde la desesperación a la esperanza. También la luz refuerza esta idea de final de la odisea con las nubes más negras a la izquierda, y el cielo más luminoso en la lejanía y recortándose entre las cabezas de los marinos más destacados. Finalmente, se corresponde con la mirada clásica del espectador occidental, que "lee" la pintura de izquierda a derecha.
La balsa, levantada por las olas, se adentra oblicuamente al interior del espacio pictórico. Las figuras agrupadas, configurando una pirámide, acentúan ese movimiento "hacia dentro"del mar.
Géricault ha reducido considerablemente el tamaño del barco rescatador en su pintura, hasta el punto que lo representa como un pequeño punto apenas sugerido en el horizonte. Si observamos la vela de la balsa, nos damos cuenta de que el viento sopla en una dirección que no acerca precisamente la balsa al barco: hacia la izquierda, en sentido contrario al de la lectura; podríamos decir que simbólicamente el viento sopla hacia la muerte. Además tiene un efecto negativo sobre el equilibrio de fuerzas de la escena.
Perspectiva: No hay punto de fuga, ya que las otras dos bordas de la balsa están ocultas por los personajes que se encuentran en ella. El encuadre es frontal.
Tipo de espacio: espacio "teatral", compuesto (los personajes están dispuestos formando una curva que se dirige a la esquina superior derecha del lienzo).
Colores: La paleta es muy reducida, va del beis al negro pasando por los tonos pardos claros y oscuros. Consigue, de este modo, una atmósfera de tonos cálidos con colores armonizados que produce una impresión dramática de angustia y desamparo. El color dominante es el beis oscuro y apagado. Sin embargo, existe un elemento que se destaca del resto por su color: se trata de la estola rojiza que lleva el anciano que sujeta un cadáver con la mano, en la parte izquierda inferior del cuadro.
Pincelada: El romanticismo se caracteriza por una pincelada suelta y unos contornos imprecisos, como es el caso de este lienzo.



                      LOS HECHOS: EL NAUFRAGIO DE LA FRAGATA "LA MEDUSA"

Restablecida la paz tras las guerras napoleónicas, Francia decidió enviar una flota a África, cuya misión era recuperar el control de las antiguas posesiones francesas en aquel continente, que acababan de ser devueltas por Inglaterra. Para ello, en julio de 1816 zarpaba de la isla de Aix, cerca de Burdeos, la fragata La Medusa acompañada de una pequeña flotilla, cuyo destino era la ciudad portuaria de Saint-Louis, una colonia en Senegal. A bordo viajaban militares, funcionarios, algunos colonos y, como era costumbre en la época, varios científicos que portaban material de observación.



El buque insignia era la fragata La Medusa, a cuyo mando se había colocado al capitán Hugues de Chaumareys, un oficial de marina afín a los círculos ultramonárquicos que por haber estado exiliado llevaba más de veinte años sin navegar. En la misma también viajaba a bordo el coronel Julien Schmaltz, recientemente nombrado gobernador de Senegal por el rey Luis XVIII.





Estando la expedición en marcha, comenzaron los errores del capitán Chaumareys, que, ignorando los consejos de los oficiales más experimentados, se alejó del resto de los navíos emprendiendo la ruta en solitario. Pero el principal problema surgió cuando, tras equivocarse en la interpretación de los mapas, se introdujo en el llamado banco de Anguin, una zona de aguas poco profundas a la altura de Mauritania. Debido a este error, el 2 de julio la fragata embarrancó en aquel lugar al rozar la quilla el fondo de arena. Para colmo de males, cuando parte de los tripulantes intentaban reflotar la fragata, se desencadenó una fuerte tormenta que produjo daños irreparables, comprendiendo la tripulación, integrada por casi 400 personas, que era conveniente abandonar el barco y alcanzar la costa africana con el material disponible, una decisión que, sumida en la mayor confusión, se convirtió en un desesperado ¡sálvese quien pueda!



Tan dramático momento se complicó por los efectos del alcohol consumido por los marineros, incluido el capitán, que junto a otros oficiales pasaron a ocupar los botes de emergencia. Al mismo tiempo, se improvisó una balsa de 15 x 8 metros con los restos leñosos de la fragata y con la intención de ser remolcada por los botes hasta la costa, pero su peso quedó lastrado al apiñarse en ella 150 marineros y soldados y una cocinera de la fragata. Ante tan difícil situación, el capitán Chaumareys decidió soltar las amarras, abandonando a su suerte a la balsa y sus ocupantes.

Fue entonces cuando la situación de los desesperados naúfragos se convirtió en un infierno, tanto por la falta de espacio como por los bordes de la balsa, que se hundían y desintegraban. En la primera noche se ahogaron veinte personas y en la segunda los soldados armados mataron a sesenta y cinco de sus compañeros bajo el pretexto de haberse amotinado con la intención de destruir la balsa. Al cabo de una semana a la deriva, quedaron veintiocho supervivientes, muchos enfermos, heridos y enajenados, de modo que, cuando el hambre y la sed comenzaron a causar estragos, se produjo un enconado debate tras el que se decidió arrojar al mar a trece de ellos.



Sobre la balsa quedaron quince supervivientes a la deriva que, al cabo de trece días, tras agotar el poco vino acopiado, de beber agua del mar y la propia orina, así como de realizar desesperados actos de antropofagia para sobrevivir, avistaron una embarcación que se aproximaba. Se trataba de un bergantín de la flotilla que había zarpado junto a La Medusa y que había llegado al puerto de Saint-Louis. Había sido enviado por el capitán Chaumareys, que con uno de los botes había llegado al mismo puerto, pero no con una misión de rescate de posibles supervivientes —que poco le importaban—, sino para recuperar todo el material posible de la balsa.

Cuando dos supervivientes de la expedición, el cirujano Jean-Baptiste Savigny y el geógrafo e ingeniero Alexandre Corréard, publicaron en 1817 un libro titulado ElNaufragio de la fragata La Medusa, en el que relataron los desgraciados hechos del naufragio, denunciando la negligencia y la cobardía del capitán, así como las atrocidades cometidas por los marineros borrachos, se produjo una gran conmoción en Francia, siendo difundidas las imágenes del horror en panfletos, grabados y gacetas que narraban el suceso con todo lujo de detalles. El clima de indignación fue aprovechado por la oposición liberal al régimen borbónico, que tras denunciar la incompetencia de la monarquía borbónica restaurada, consiguió la dimisión del ministro de Marina y que el capitán Chaumareys fuese condenado por un consejo de guerra a tres años de cárcel.

                                                 EL TEMA TRATADO POR UN ARTISTA

Théodore Géricault vivió el tenso ambiente social originado por aquellos hechos cuando tenía 28 años. Por entonces acababa ver rechazada la petición de una beca en Roma para perfeccionar sus estudios de pintura, a pesar de que sus obras no habían pasado desapercibidas entre los críticos, por lo que pensó que un tema de tanta actualidad como el naufragio de La Medusa le serviría para realizar una pintura impactante que relanzara su carrera. El resultado sería una genial obra maestra.



Antes a acometer el trabajo, el pintor se reunió con los dos supervivientes de la tragedia para realizar esbozos basados en los testimonios que éstos le proporcionaron. Ordenados todos ellos, se propuso plasmar el drama de la forma más realista posible trabajando en un lienzo de grandes dimensiones, para lo que tuvo que abandonar su taller de la Rue des Martyrs por otro más amplio en la Rue du Faubourg-du-Roule, camino de Neuilly. Después encargó a un carpintero, que también había sobrevivido al naufragio, una maqueta de la balsa, haciendo posar a los supervivientes, a su asistente Louis-Alexis Jamar y a su buen amigo, el gran pintor Eugène Delacroix. La obsesión por plasmar la escena con un profundo realismo incluso le llevó a realizar bocetos sobre cadáveres reales, incluyendo miembros amputados, en una morgue cercana, para lo que contó con la ayuda de un amigo médico.


Detalle (V).

Según narra Charles Clément, biógrafo del pintor, en un principio pensó en representar las escenas de canibalismo, pero ante el temor de que la obra fuese censurada, decidió plasmar el esperanzador momento en que los naúfragos supervivientes divisan en el horizonte el bergantín que sería su salvación, una escena en la que estuvo aplicado sin descanso durante ocho meses, de noviembre de 1818 hasta junio de 1819, durmiendo en un altillo del taller, alimentándose de la comida que le proporcionaba la portera y con la única compañía de su asistente Jamar. El resultado fue espectacular. La pintura fue premiada con una medalla de oro en el Salón de París de 1819.



Con ella Géricault se colocaba en la cumbre del Romanticismo en Francia, un movimiento que vinculado a la literatura, la filosofía y la arquitectura, y hermanado a los movimientos sociales y políticos generados tras la Revolución francesa, suponía la contraposición a la pintura neoclásica del siglo XVIII. Este movimiento, que fue adaptado a principios del siglo XIX a las artes plásticas, después de su aparición en el campo de la pintura en 1770, alcanzaría su máximo apogeo en los países europeos entre los años 1820 y 1850, mostrando en cada país peculiaridades propias. A él quedan adscritas las últimas pinturas de Goya en España —Pinturas negras de la Quinta del Sordo—, las sutiles creaciones inglesas de Constable y Turner, o las impactantes composiciones francesas debidas a Delacroix y Géricault, con profusión de personajes que se aglomeran en la representación de escenas históricas o de tema social.

En La balsa de La Medusa (en general en toda la obra de Géricault) se quieren encontrar influencias de la obra de Miguel Ángel en el estudio de los cuerpos musculosos y de Rubens en el empastado de los colores. De acuerdo a la tradición, la composición se articula en torno a dos formas piramidales, una definida por la plataforma y el mástil de la balsa, donde aparecen esparcidos los naúfragos vencidos, y otra formada por los cuerpos que con esfuerzo gastan su último aliento en hacer señales al bergantín que se aproxima. En un caso y en otro predominan las formas agitadas y retorcidas que contribuyen a expresar el sufrimiento humano, en este caso bañadas por un claroscuro producido por el contraste violento de la luz y el color.

                     
                                                      Théodore Géricault. Autorretrato

De forma perfectamente calculada, La balsa de la Medusa está recorrida por numerosas líneas diagonales que acentúan la inestabilidad del momento y resaltan la intensidad emocional y dramática. Pero no sólo eso, sino que una hipotética diagonal, que une el vértice superior izquierdo y el vértice inferior derecho, divide la composición en dos espacios distintos y complementarios. En el inferior se concentran los cuerpos vencidos —muertos, moribundos y meditativos con actitud estática— en un espacio dominado por la muerte como signo de tragedia y del hombre vencido por la naturaleza. Por el contrario, en el superior se amontonan los cuerpos que levantan con esfuerzo sus brazos y agitan paños para dar señales de vida al lejano barco que se aproxima, convirtiendo la esperanza de ser salvados en un gesto lleno de vida. En definitiva, la sublimación del contenido emocional de la vida y la muerte como protagonistas del naufragio.



En el espacio en que se amontonan los sufridos personajes se pone de manifiesto la fragilidad de las construcciones humanas —la balsa destartalada— frente a las fuerzas de la naturaleza —un mar picado que zarandea la balsa—, de modo que, a pesar de acumulación de una veintena de personajes, es la potente naturaleza la que adquiere el auténtico protagonismo al convertirse en fuente de sentimientos, de tal manera que, a través de la observación científica, el pintor actúa como intérprete entre la naturaleza y el espectador.
   
Para ello utiliza el color de forma violenta, destacando el sombreado de los cuerpos desnudos, impecables estudios anatómicos en múltiples posturas, el uso subjetivo y selectivo de los rojos en sustitución de la sangre, y el celaje lleno de nubarrones en un momento crepuscular que acentúa la tragedia, tanto evocada como sugerida de forma implícita.

En conclusión, un ejercicio antinormativo, lleno de talento e intensidad emocional, que con sutileza produce cierto desasosiego e impotencia en el espectador al hacerle partícipe de un hecho real en el que la supervivencia quedó debilitada al aflorar los comportamientos más viles del instinto humano: la vanidad, el egoísmo, la insolidaridad, la irresponsabilidad, la hipocresía y la muerte.




Recopilación Fuentes
https://es.wikipedia.org
http://domuspucelae.blogspot.com.es


                                     

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