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miércoles, 22 de enero de 2014

EL ARTE DEL ISLAM

      Los árabes en España

                                   el arte del islam

En las comarcas de Oriente ocupadas por los árabes éstos aprendieron mucho de los estilos de arquitectura y decoración tradicionales de aquellas regiones. Lo mismo debió de suceder en España. En los primeros edificios construidos por los árabes en la península Ibérica, no sólo se aprovecharon de los materiales, sino también de las enseñanzas de los constructores visigodos, que habían dejado un buen número de edificaciones repartidas por todo el territorio peninsular.


Es seguro que el arco de herradura, tan característico de los monumentos árabes de las tierras mediterráneas, lo encontraron ya los musulmanes en España en los edificios de la época visigoda que se conservaban intactos. Porque, si bien en los primeros monumentos árabes de Egipto predomina ya el arco peraltado y hasta hay algunos ejemplos de arco de herradura, éste es apuntado, mientras que en España, donde los árabes lo emplearon con preferencia, el arco de herradura es circular.


De este modo, la mezquita de Córdoba es, sin lugar a dudas, la obra capital del estilo árabe español de los primeros siglos después de la invasión. Está llena de gran cantidad de relieves, frisos y capiteles de viejos edificios visigodos, que los conquistadores desmontaron seguramente para construir "la casa de oración"de la capital del califato. Por otro lado, la importancia de esta imponente construcción que es la mezquita de Córdoba no reside únicamente en el hecho de que se trata de una de las grandes construcciones del Imperio islámico. Vale la pena señalar que la mezquita tuvo gran influencia en las construcciones que llevaron a cabo los musulmanes en otros territorios de su gran imperio. Así, la forma del arco que pasa del medio punto, rasgo tan característico de este edificación, se extendió después al norte de África, que dependía de los califas de Córdoba, y ha continuado usándose en las construcciones modernas de Marruecos, Túnez y Argelia.


En los primeros años de la ocupación musulmana consta que los árabes aprovecharon, como ya se ha señalado, los monumentos visigodos existentes en el país, pero no sólo lo hicieron para los servicios de administración, sino que también los emplearon para el culto; en algunos lugares la vieja catedral fue transformada en mezquita, en otros se reservó una mitad para los cristianos. Esto ocurrió en Córdoba, ciudad ya importante en la época goda, pero al establecerse allí el califato omeya, que trataba de competir con el califato abasí de Bagdad, los califas tuvieron empeño en que la mezquita de su capital no sólo no desmereciera de las más famosas de Oriente, sino que continuara la tradición que había iniciado la mezquita de Damasco, capital que tuvieron que abandonar en 750, cuando tomaron el poder en ella sus enemigos los abasíes.


Cuando Córdoba capituló ante el empuje musulmán se reservó a los cristianos una parte de la catedral dedicada a San Vicente. De todos modos, aquella servidumbre no fue compatible con los proyectos de Abd al-Rahman I (que reinó de 756 a 788) de agrandar la mezquita, y se indemnizó a los cristianos para que cedieran completamente sus derechos a los musulmanes. No se sabe lo que se ha conservado de los muros y columnas de la antigua basílica de San Vicente; en su plan primitivo, la mezquita de Córdoba tenía sólo once naves, de las cuales la central, dispuesta hacia el mihrab, era más ancha, como era el caso de la mezquita de Kairuán. Esta estructura es visible aún hoy en la parte más antigua, construida a partir del año 785 por Abd al-Rahman I. Por su parte, Hixem I, durante su gobierno, llevó a cabo una importante serie de ampliaciones que enriquecieron enormemente el edificio. De este modo, el citado gobernante añadió otras naves laterales, construyó el actual alminar y decoró el patio con una magnífica pila de abluciones. Según dicen los historiadores árabes, Hixem II añadió once naves más, y cuando en tiempo de Almanzor, a fines del siglo X, por causa de la inmigración beréber, faltó espacio en la mezquita, se le añadieron otras hileras de columnas.


Esta multiplicación de las naves complicaba con un nuevo problema de visualidad el de la cubierta de la mezquita. Cuando las mezquitas tenían sólo un pórtico del lado del mihrab, o a lo más una serie de tres o cinco naves de columnas, estas naves quedaban suficientemente iluminadas. Pero esto cambiaba radicalmente cuando las naves se multiplicaron como ocurrió, por ejemplo, en la mezquita de Córdoba. De este modo, la vasta extensión de las galerías obligaba a levantar el techo, porque de otro modo era imposible evitar el efecto de que la mezquita se convirtiera en una construcción oscura y baja.
Por otra parte, los arquitectos árabes de la mezquita de Córdoba, que aprovecharon bastantes columnas y capiteles de los edificios antiguos se encontraron con otro problema, pues no podían reunir igual número de fustes gigantescos con que elevar los techos a la altura deseada. Así que para resolver esta dificultad, adoptaron el mismo sistema que habían empleado los romanos en el acueducto de Marida: el de la superposición de las arcadas. Encima de las primeras columnas levantaron una nueva hilera con otros arcos de herradura, formando un segundo y hasta a veces, cuando se hacía necesario, un tercer orden de arcos.
                                                
Real Alcázar de Sevilla. El Salón de Embajadores es la parte más importante de este edificio, construido en 1362 por Pedro el Cruel, obra maestra del arte mudejar que ha sufrido innumerables incendios y restauraciones. El recinto también es conocido como el Salón de la Media Naranja por la cúpula que lo cubre.
De este modo, en Córdoba se cerró de bóveda el tramo que forma el vestíbulo delante del mihrab. Está, además, decorada con mosaicos que envió el emperador de Constantinopla, amigo y aliado del califa omeya de Córdoba. Tampoco le faltaban importantes amigos a los soberanos de Bagdad, pues mientras los califas cordobeses gozaban del favor del máximo representante del Imperio bizantino, Carlomagno y los emperadores carolingios establecieron alianzas con los califas abasíes de Bagdad. Por otra parte, la llamada Macsura de Córdoba, una especie de antesala del santuario que acredita una riquísima decoración, está cerrada con arcos lobulares entrecruzados.
Hacia el año 1171 se inició la construcción de la mezquita de Sevilla, en el mismo lugar que ocupa hoy la catedral gótica. Por desgracia toda la obra árabe ha desaparecido; aunque se conserva su famoso alminar, único y espléndido vestigio de la primigenia edificación árabe. Este alminar no es otro que el llamado la Giralda, levantado por el almohade AbuYakubYusuf en 1195, pocos años después de que comenzaran las obras de la mezquita. La Giralda es el monumento local más estimado de los sevillanos y sirve hoy de campanario de la catedral. Tiene la silueta de una torre cúbica, con un cuerpo superior más pequeño en su plataforma. Esta es la solución típica de los alminares de la escuela hispanomarroquí: los alminares de las mezquitas de Rabat, Marrakech y Orán tienen la misma forma. Según informa la Crónica General de Alfonso el Sabio, la Giralda tuvo otra torre de ocho brazas y a la cima cuatro manzanas redondas, obra, estas últimas, de un siciliano. De todos modos, después de tantas transformaciones, resulta imposible conocer el verdadero aspecto puramente musulmán de su remate porque fue destruido por un terremoto en 1355 y reconstruido en estilo renacentista, en 1560, por Hernán Ruiz.


El alminar o minarete no cobra importancia únicamente por su valor artístico, pues es, además, un elemento esencial de la mezquita ya que sirve para recordar a los fieles las horas de oración. La salmodia o exhortación que hace desde lo alto el almuédano sustituye el repicar de las campanas y es todo un espectáculo en las ciudades en que se puede presenciar esta antigua tradición. Los alminares omeyas más antiguos, como los de la mezquita de Damasco, son de planta cuadrada con pisos superpuestos; su forma parece derivar de las pirámides escalonadas de Asiría y Caldea. No hay duda de que los árabes, al ocupar el valle del Eufrates, debieron de sentirse impresionados por las torres que se destacan sobre las ruinas de las antiguas ciudades caldeas. Algunos creen que los alminares conservan algo de la superposición de pisos de los zigurats caldeos, y así podría decírseles a los sevillanos que su famosa torre sería copia o imitación de otra más antigua y más famosa: la torre de Babel, con sus pisos superpuestos escalonados.


Pero hay arqueólogos que insisten en que el alminar musulmán empezó a emplearse en Egipto y reproduce la torre escalonada del Faro de Alejandría, con sólo tres pisos. Los alminares citados de Marrakech (en la mezquita de la Kutubiyya) y de Rabat (en la mezquita de Hassán), ambos del siglo XII y hermanos de la Giralda, tienen sus muros decorados al estilo almohade con arcos ciegos, lacerías y relieves geométricos que recuerdan la decoración que por la misma época realizaban los selyúcidas en sus edificios de Asia Menor.
La obra capital de la arquitectura civil de los árabes, como en todos los pueblos orientales, fue la residencia del príncipe; y como antes de la predicación de Mahoma y de sus primeras conquistas no tenían en esto precedentes de ningún género, debido a su vida trashumante, tuvieron que aprender de las naciones que iban conquistando. Por ello, es lógico que las construcciones abovedadas de los palacios de Persia se prestaran para ser imitadas por los artistas musulmanes, deseosos de encontrar referencias paras las nuevas edificaciones que debían levantar para sus gobernantes.Y, como no podía ser de otra manera, quedaron fascinados por los palacio del Persia, que estaban en medio de deliciosos jardines con grandes estanques, bordeados de mirtos y rosales y regados por ingeniosos juegos de agua, y con lugares retirados llenos de plantas raras de entre las cuales surgían los elegantes quioscos de mármol.

Dentro de los pabellones, los relieves en yeso, dorados y policromados, eran el ornato único de las paredes, y aunque después decoraban también el techo de las salas, al principio las cubrían con armazones de maderas de ingeniosas formas cuyos casetones revestían de oro y vidrios esmaltados. De este modo, a partir del siglo XI todas las residencias árabes de importancia fueron adoptando este mismo
tipo.


 Por ejemplo, en Sicilia se conservan restos de los palacios que los monarcas árabes se habían hecho construir en las afueras de Palermo. A pesar de que con posterioridad fueron ensanchados y habitados por los reyes normandos, que los adaptaron, asimismo, a su gusto, aún es posible observar que no difieren gran cosa de los palacios del Oriente musulmán. Un primer palacio árabe del tiempo del califato de Córdoba al parecer fue el palacete suburbano de Ruzafa -que significa "del camino"-, mandado edificar por Abd al-Rahman I, a finales del siglo VIII, pero del que no queda ni recuerdo del lugar donde estuvo emplazado. El palacio de los califas del tiempo de Abd al-Rahman II, en el interior de la capital, estaba en el sitio que ocupa el actual palacio episcopal. En cambio, quedan restos importantes del Versalles cordobés, Medina Azahara, edificado cerca de Córdoba al pie de la sierra, en el sitio llamado Cordoba la Vieja. Abderramán, califa desde 912 a 961, lo construyó para una de sus favoritas, al-Zahara, de la cual recibió el nombre con que aún se conoce este palacio. Aunque destinado a servir de residencia a la favorita, el palacio es de tan grandes dimensiones que podía albergar a toda la corte en el caso de que fuera necesario. Se cree que los arquitectos de Medina Azahara procedían de Egipto, y consta que el emperador de Constantinopla envió fuentes para sus jardines
                           

Patio de los Leones (Alhambra, Granada). El patio destaca por su recargamiento decorativo, la cota máxima del esplendor del arte hispano-musulmán. Invadido por capiteles, impostas, arcos, frisos y bóvedas de todo tipo contrasta con el refinamiento decorativo de la tosquedad de los leones de la fuente, que pone en evidencia la escasa evolución de la escultura musulmana.

El Alcázar de Sevilla, que reunía el doble carácter de fortaleza y de vivienda, fue comenzado seguramente por los Omeyas, pero sufrió luego tantas reconstrucciones y modificaciones, ya desde el tiempo de Alfonso el Sabio y sobre todo durante el reinado de Pedro el Cruel, a partir de 1350, que resulta hoy casi imposible calificar aquel monumento de verdaderamente musulmán. Sin embargo, se reconocen algunos elementos de la obra antigua, mantenidos a pesar de las transformaciones. Todas sus dependencias están situadas en torno a un patio rectangular; sólo en un extremo hay otro pequeño patio, llamado de las Muñecas, nombre que, como tantos otros, debe su origen a detalles hoy ignorados que la fantasía popular aprovechó para bautizar a cada una de las estancias de aquella espléndida morada.
Se ha analizado hasta ahora en los territorios conquistados por los árabes en la península Ibérica, edificios que responden a características propiamente musulmanas. En este sentido, mención aparte merece la decoración del Alcázar de Sevilla, que es obra del estilo que en España se llamó mudejar. Con esta denominación se hace referencia al estilo que es el propio de los moros más o menos cristianizados y vasallos del rey cristiano. Las partes más antiguas del Alcázar tienen todavía los arcos en forma de herradura, mientras que en las restauradas o edificadas en tiempo de los almorávides los arcos son en forma de colgadura, muchas veces con blonda de estuco y con los paramentos perforados.
En sus orígenes, el Alcázar de Sevilla debió de tener mucha más extensión de la que tiene ahora, pues llegaría hasta la famosa Torre del Oro, construcción estratégica, que era la primera defensa por la parte del río. Según la tradición, sirvió también para guardar el tesoro de Pedro el Cruel. La Torre del Oro estaba recubierta de azulejos que brillaban al sol y le daban una apariencia metálica.
En Mérida, el palacio, situado en la ribera del Guadiana, fue reconstruido en el año 835 sobre los viejos muros del alcázar visigodo, hecho que, como ya se ha señalado antes, fue muy habitual en las construcciones llevadas a cabo por los musulmanes en la península ibérica. Por otra parte, el Alcázar de Zaragoza, llamado todavía la Aljafería, nombre de claras reminiscencias musulmanas, restaurado en tiempo de los Reyes Católicos, fue después transformado en convento y más tarde en cuartel, así que ha sufrido no pocas obras de transformación a lo largo de los siglos. La Aljafería no está lejos del río, en un llano que tuvo que fortificarse artificialmente con murallas y torres. Tenía un patio central con galerías laterales, y en el fondo una sala grande con dependencias a cada lado. La decoración está tallada en piedra blanda de yeso, que se presta a las más delicadas labores, tan del gusto árabe.

Hay que regresar de nuevo a Andalucía para referirse al que es, sin lugar a dudas, uno de los edificios más representativos de la época de la dominación musulmana en la Península. La Alhambra, palacio real, residencia de los monarcas granadinos, se ha conservado casi intacta en las localidades destinadas a residencia de verano. Se supone, sin gran fundamento, que el palacio de invierno lo mandó derribar Carlos V para construir en su lugar un edificio del Renacimiento, que quedó sin terminar.
La Alhambra fue erigida sobre el monte de la Assabica, en el siglo XIV por los sultanes Yusuf I (1333-1353) y Mohamed V (1353-1391), llamado el-Ahmar (el Rojo), de la dinastía de los Nasser; y su nombre de Alhambra quiere decir también la Roja, pues el color predominante, vista desde lejos, es el de los ladrillos rojos de la obra exterior.
  

Del mismo modo que el Imperio romano infundió su modo de ser y su sentido artístico hasta en las provincias más alejadas, así también el Islam impuso su mentalidad hasta los confines de Occidente. Introdujo en Andalucía el gusto y las técnicas de construir de Mesopotamia y Persia. La Alhambra es una gran obra de arte, pero su belleza está realzada por hallarse en tierras tan occidentales. Es esencialmente una residencia de pleno carácter oriental, que parece extraordinariamente fuera de lugar en su ubicación y no nos sorprendería descubrir que había sido transportada por arte mágica desde el otro extremo del Imperio musulmán, quizá desde las espléndidas ciudad de Bagdad o Teherán. No sólo sorprende sus carácter tan marcadamente oriental sino que lo que extraña más de ella es lo poquísimo que manifiesta haber aceptado del país que la recibió, como si hubiera querido mantenerse fiel los deseos de los arquitectos que la llevaron a cabo.
En la mezquita de Córdoba se encuentran columnas y capiteles romanos; la disposición era todavía de una basílica clásica con múltiples naves o crujías, y se sospecha que la forma del arco de herradura es una supervivencia visigoda. Nada de esto hay en la Alhambra: lo clásico, lo romano, lo godo y lo latino se han eclipsado para hacer lugar a algo enteramente exótico y musulmán.
Si se hubiese conservado la parte del palacio en la que estaban los aposentos ocupados en invierno, aquellas salas más cerradas y más compactas hubieran revelado cierta infiltración del estilo gótico español que sí se encuentra en el Alcázar de Sevilla. Pero tal como está hoy la Alhambra, reducida a los patios y pabellones de la residencia de verano, es un edificio fantástico, abandonado en la Europa occidental por el Islam para dar testimonio de la tenacidad y singularidad de su carácter.
                             

Baños árabes (Jaén). Ubicados en el sótano del Palacio de Villardompardo, comparte espacio con dos museos municipales. De estilo hispano-musulmán, cumplían con la higiene y se regulaba por un horario estricto para hombres y mujeres, pues era obligado lavarse antes de entrar en la mezquita.

La Alhambra no es afeminada ni coqueta; su decoración abundante no puede calificarse de frivola ni aun de graciosa: es rica y fuerte como la espuma o los follajes o las nubes que, pudiendo reducirse a elementos individuales minúsculos y bellos, tienen, no obstante, belleza de conjunto y espíritu en su totalidad. Hasta la escala general del edificio resulta arbitraria, a causa de sus reducidas dimensiones; hay que acostumbrarse a ella, instalarse dentro, vivirla, para que la Alhambra no parezca un juguete, una casa de muñecas.
Todo en la Alhambra resulta fascinante: el patio de los Arrayanes, la sala de Embajadores, el patio de los Leones, la sala de los Abencerrajes, la de las Dos Hermanas y la de Justicia, los Baños y el Peinador, parecen ser al primer golpe de vista lugares sólo apropiados para telón de fondo de un cuento de hadas, y, sin embargo, al permanecer en ellos un corto rato se olvidan la proporción y medida. Lo que debía ser principal para el espectador, que es la escala o canon humano, se ha convertido en secundario, y lo que era secundario para una mente clásica, que es la decoración superpuesta, se ha convertido en principal y por su importancia en lo único. Vivirse en un mundo de formas movedizas, de ensueño, sin deplorar la pérdida de lo real.
La planta tan compleja, de la Alhambra, permite reconocer su articulación en las tres unidades fundamentales que se hallan en todos los palacios de príncipes musulmanes: a) el mexuar, abierto a todos, en el que el sultán administraba justicia y recibía a sus súbditos; b) el dizvan para las recepciones, en el que se encontraba el salón del trono, y c) el harim (o harén) con las habitaciones privadas del príncipe.
El sistema constructivo de la Alhambra es todavía el de un pueblo nómada: los elementos sustentantes, que forman con las vigas o las ligeras bóvedas la osamenta del edificio, son como la estructura de la tienda del desierto, y los entrepaños se recubren de simples vaciados en yeso, cuya decoración va sobrecargándose en adorno y en color. Toda la decoración de la Alhambra iba policromada; los estucos con arabescos y las inscripciones de los muros conservan todavía restos de colores y algo del dorado.
Los azulejos, la marquetería y los relieves de yeso son los elementos primordiales de la decoración de aquel recinto consagrado a la vida doméstica, si bien de cuando en cuando, como para denotar la existencia de un elemento espiritual poderoso, una curva fuerte y pronunciada, una terminación brusca de los frisos confirman las rotundas afirmaciones de las suras contenidas en el Corán.
La planta de la Alhambra se halla circunscrita en un vasto recinto amurallado. Su aspecto externo, imponente como fortaleza, se transforma por dentro en la ordenación más fascinadora. Entre sus construcciones más importantes, comprende el gran recinto (aparte los nuevos edificios que los desfiguran) la alcazaba o ciudadela, casi destruida, y el palacio propiamente dicho, quedando fuera de su recinto, custodiados por numerosas torres, los suntuosos pabellones del Generalife (o Jenan el-arif, "jardín del arquitecto") que formaban un edificio aparte construido en 1339 y aún parcialmente subsistente. La vida se desarrollaba en torno de dos grandes patios: el de la Alberca o de los Arrayanes (centro del diwan) y el famoso de los Leones (centro del harim).
¡Nada más alejado de la arquitectura que se ha llamado "funcional" porque pretende conseguir belleza revelando la estructura! Las paredes de la Alhambra van forradas de arabescos que esconden la construcción de tapial; los techos de madera desaparecen tras las estalactitas colgantes de yeso pintado. El arte de los múltiples colgajos de yeso, que tiene su apoteosis en la Alhambra, pertenece a una escuela peculiar de las tierras mediterráneas; en la India, en Siria y en Persia, las bóvedas están formadas por alvéolos o conchas superpuestas, pero sin destacarse de las superficies curvas de la bóveda, no en disposición de estalactitas que penden del techo, como se encuentran en Egipto, en Marruecos y España. El general francés Beyle, explorando en la Regencia de Túnez una ciudad abandonada, donde estuvo la Kaala de los Beni-Hammad, encontró estos especiales elementos de yeso que caracterizan las escuelas de arte islámico hispanomarroquí. La Kaala de los Beni-Hammad fue edificada a principios del siglo X y abandonada poco después. Señala, pues, una fecha cierta en que se empezaban a usar estas decoraciones.
En las paredes de la Alhambra, además de los plafones de yeso con relieves policromados, hay arrimaderos de cerámica vidriada con magníficos dibujos en los que abunda el oro. Por el suelo de las salas discurren las corrientes de agua, y las ventanas se abren a los jardines de mirtos y arrayanes, con albercas poco profundas a imitación de las residencias de Oriente, donde escasea el agua.
Como ya se ha señalado anteriormente, el estilo árabe andaluz se ha conservado en Marruecos; hay allí todavía edificios de la misma técnica y gusto que los encontrados en la Alhambra. Pero lo que le da singular importancia, el rasgo que acentúa todavía más si cabe la gran relevancia del Alcázar Real de Granada, es que se ha conservado sin las transformaciones que han modernizado poco o mucho todas las residencias reales musulmanas, desde las de Persia a las de Marruecos. De este modo, merced a que se ha visto al margen de los inevitables transformaciones que se han producido en otras edificaciones, su perfecto estado de conservación hace que la Alhambra sea en la actualidad un palacio más oriental que los que puedan visitarse hoy en día en el mismísimo Oriente.
                               
Patio de la Acequia (Alhambra, Granada). En el pabellón norte del recinto palaciego está ubicada la parte más importante del Generalife, un jardín dividido longitudinalmente por una acequia que riega constantemente la vegetación por pequeños surtidores que la bordean. El jardín está cultivado con distintas especies que han ido variando según los gustos de cada época, aunque históricamente han predominado naranjos, cipreses, rosales y setos de arrayán. Al fondo se eleva un grueso muro con dieciocho arcos ojiva-dos y una terraza que hacía las veces de mirador.

Aparte de los palacios y de las mezquitas, elemento indispensable de las ciudades musulmanas son los baños, que cumplen el doble servicio de higiene y de recreo. Tienen la función, como las termas romanas de cientos de años atrás, de lugares de reunión y entretenimiento; son los clubes y casinos para los hombres y las mujeres, los lugares en los que se concentra la vida social, donde se conversa y se consiguen influencias. La vida oriental sería intolerable sin los haman o baños, donde se discute y chismorrea. Por esto son edificios de carácter público, a veces construidos con gran lujo, pues lógicamente eran muy visitados por aquellos que disponían de más tiempo para la vida social, las personas más acomodadas. Generalmente tienen una piscina en el centro y están cubiertos por una cúpula con claraboya. Tienen dependencias para las fiestas y las bodas, que los orientales acostumbran celebrar en estos lugares.
Prácticamente tan idiosincrásicos de las ciudades musulmanas como los baños son otro tipo de edificios todavía muy necesarios en los países musulmanes. Se trata de los caravansares o caravanserays, alojamientos para las caravanas de peregrinos y mercaderes, indispensables en una cultura en la que el nomadismo es aún un estilo de vida para muchas personas. Además, millones de fieles deben visitar por lo menos una vez en la vida la ciudad santa de La Meca, así que, en su larguísimo viaje en muchos casos, precisan de la hospitalidad de los habitantes de los enclaves por los que deben pasar. Estos edificios suelen estar constituidos por un gran patio con cuadras y dormitorios y la inevitable mezquita. Los bazares colosales de Oriente, a manera de calle cubierta, son también edificios típicos de los pueblos del Islam, y aún hoy día constituyen, sin lugar a dudas, una de las imágenes más representativas de las ciudades musulmanas. Por otro lado, también abundan en las urbes los hospitales y leproserías, que en otro tiempo debieron de estar cuidados con gran esmero.
A pesar de que los árabes supieron dominar durante varios siglos amplísimos territorios de Asia, África y Europa, las obras públicas y de comunicación en todos los países musulmanes eran sumamente primitivas; el Islam no necesitaba edificios de administración y recreo, ni circos ni teatros; pero, en cambio, las obras hidráulicas solían ser de extraordinaria ingeniosidad. Muchas acequias de irrigación y presas en los ríos de España son todavía del tiempo de los árabes. Ellos restauraron los viejos puentes romanos y construyeron otros magníficos, como el de Córdoba. En Egipto el Nilómetro, una construcción habilísima que sirve para medir la crecida de las aguas del Nilo, es asimismo obra de los musulmanes.
Si los árabes destacaron enormemente en el campo de la ingeniería, fueron también maestros en el arte de la fortificación. Llegaron a desarrollar con tal eficacia la arquitectura militar que de ellos aprendieron los cruzados muchas de las estratagemas para la defensa de castillos y ciudades que se aplicaron después en Occidente. Por ejemplo, la mayor parte de los nombres usados en las construcciones militares de la Edad Media son árabes, como es el caso de almena, barbacana, etc. En muchos puntos de lo que fue el Imperio musulmán es posible observar hoy en día la gran maestría de los arquitectos árabes en lo que a las construcciones defensivas se refiere. De este modo, en Oriente quedan aún fortalezas árabes magníficas en buen estado de conservación, como el castillo de Alepo. Asimismo, otras inmensas fortalezas construidas por los sultanes mongoles están aún en pie en las fronteras de Persia. En el norte de África abundan también las ciudades árabes amuralladas. Las fortificaciones de Marrakech y Rabat son obras construidas en el siglo XII por los almorávides, con grandes torres cuadradas que interrumpen el lienzo del muro.
Las puertas de las ciudades árabes acostumbran estar flanqueadas por torres, como las fortificaciones bizantinas. Buenos ejemplos de ello son las puertas de Fez construidas por los almohades (como la famosa Bab-Chorfá), las de Tremecén y las de Chellah, antigua ciudadela cercana a Rabat construida por los benimerines. Algunas veces se abren en un ángulo de la muralla, como la Puerta del Sol, de Toledo.
Todas tienen un largo paso cubierto para defender la entrada. Otras veces se levanta al lado de las puertas una doble cortina de muralla con una segunda puerta; en algunas el paso no puede franquearse en línea recta, sino que hay que doblar en ángulo una o dos veces. Frecuentemente la puerta se reduce a un gran arco o liwan monumental encuadrado por un marco.



Puerta del Sol (Toledo). El rasgo principal de la arquitectura toledana es su decoración mural, aunque adoptan un estilo más islamizado en la ornamentación de las puertas de la muralla. Sobre un basamento de mampostería se superponen los cuerpos decorados con arcadas ciegas de ladrillo, que suelen ser de medio punto doblados o de herradura apuntados, trasdosados por arcos polilobulados entrecruzados.

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