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jueves, 6 de octubre de 2016

El arte mexicano del siglo XX llega a París con la fuerza de relato de realismo mágico



El arte y la cultura mexicana en el Grand Palais de París

PARÍS, Francia. (OEM-Informex).- El arte mexicano del siglo XX ofrece la paradoja de expresar la singularidad y la potencia de un movimiento profundamente nacionalista y, al mismo tiempo, estar vinculado a las grandes corrientes internacionales de vanguardia.

Esa aparente incoherencia es probablemente el rasgo más interesante de la exposición “México 1900-1950” que abre sus puertas hoy (miércoles) en el Grand Palais de París y que permanecerá abierta hasta el 23 de enero próximo.

La muestra fue oficialmente inaugurada anoche por la canciller mexicana Claudia Ruiz Massieu y la ministra francesa de Cultura Audrey Azoulay.

“Es una muestra de valor excepcional”, aseguró el curador mexicano de la muestra, Agustín Arteaga, en diálogo con El Sol de México durante el vernissage organizado el lunes último. Su valor proviene precisamente de haber logrado reunir un conjunto tan importante de piezas en una sola muestra: 202 cuadros, dibujos, esculturas, grabados, instalaciones, fotos y películas distribuidas en 14 salas que se despliegan sobre dos plantas del inmenso Palacio de Hierro y vidrio inaugurado el 12 de noviembre de 1900 para recibir “las grandes manifestaciones artísticas” de la capital francesa.

Para poder concretar esa hazaña, una decena de museos de primer nivel mundial aceptaron prestar sus obras, entre ellos el Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York, el Prado de Madrid o el Museo de Arte Latinoamericano (Malba) de Buenos Aires, así como varios coleccionistas de Estados Unidos, Inglaterra, España y Argentina.

No fue casual haber escogido ese suntuoso edificio para relatar -a través de sus obras más significativas- la fascinante historia de uno de los movimientos artísticos más importantes del siglo XX. “El postulado de base de la muestra es permitir al público acceder a un arte mexicano que va mucho más allá de los Tres Grandes”, dice Arteaga aludiendo a Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco. Cada uno de ellos tiene una sala exclusivamente reservada a sus obras. Para que el público francés pueda comprender el origen del movimiento artístico que protagonizaron esos tres hombres, el relato de esa epopeya comienza en tres salas con la exposición de obras del siglo XIX -que describen los antecedentes que remontan a 1867-, continúa con “el arte antes de la revolución” y una tercera parte dedicada a “los mexicanos en París”.









Ese capítulo del relato tiende un puente entre el lugar donde se realiza la exposición y la fuerte atracción que ejercía la Ciudad Luz, que a principios del siglo XX estaba considerada como la capital mundial del arte.

Agustín Arteaga, que en los últimos años dirigió el Museo Nacional de Arte de México (MUNAL) hasta que fue nombrado al frente del Museo de Arte de Dallas (DMA), desmitifica la idea según la cual los artistas partían a Francia con el único objetivo de continuar sus estudios. “La mayoría de ellos tenían una formación académica y su verdadera inspiración era tomar contacto con los grandes creadores y unirse a los círculos artísticos de París, Madrid o Roma”, explica el curador. Es así como Rivera, Ángel Zárraga o Roberto Montenegro se impregnan de las vanguardias del cubismo y el futurismo. “Eso les permite, una vez de regreso a México, reencontrarse con su propia tradición y crear un estilo propio”, precisa.

La sala de la Revolución describe didácticamente para el público francés la influencia que tuvo esa una guerra civil sobre los Tres Grandes, que fueron los auténticos padres fundadores del muralismo. Pero también rescata del olvido a otras corrientes que habían quedado injustamente postergadas, como el estridentismo, influenciado por el movimiento futurista europeo, el dadaísmo y el ultraísmo.

Ese prólogo y los salones siguientes, consagrados a los Tres Grandes, se completa con un espacio dedicado a “la revolución de los hombres”, imprescindible para comprender un movimiento revolucionario que fue esencialmente masculino, pero que permitió a las mujeres participar del esfuerzo militar y económico, y las estimuló a irrumpir -sin pedir permiso- en el escenario artístico. Ese fenómeno, poco conocido en el exterior desde esa perspectiva, encuentra su reconocimiento en una sala titulada “las mujeres fuertes”.



Ese festival de colores, lenguajes y mensajes termina explicando el “encuentro de dos mundos”

“En el dominio artístico las mujeres tuvieron un papel determinante, calificado a veces de protofeminismo […] Participaron en la búsqueda de un lenguaje estético capaz de expresar sus dudas y sus interrogantes”, explica Arteaga. La mayor exponente de esa corriente es Frida Kahlo, cuyo famoso óleo “Las dos Fridas” de 1939 domina la exposición y eclipsa -como en la vida real- a otras mujeres artistas de gran valor de su época, como las fotógrafas Tina Modotti y Lola Ávarez Bravo o la asombrosa pintora Nahui Olin.

La muestra también acuerda especial importancia a la influencia que tuvieron algunos franceses seducidos por la fuerza de ese arte, como Jean Charlot, Antonin Artaud o André Breton. La mayoría de esas figuras aparecen en el cierre de la exposición, dedicado al surrealismo. La influencia de ese movimiento alcanzó su apogeo en 1940 con la Exposición Internacional del Surrealismo presentada en la Galería de Arte mexicano.

Ese festival de colores, lenguajes y mensajes termina explicando el “encuentro de dos mundos”, es decir, la hibridación provocada por el intercambio entre el arte mexicano que surgió de la Revolución con la fuerza de un volcán y las expresiones que aparecieron en Estados Unidos cuando el país se hundió en la peor crisis económica de su historia. “Ese fenómeno se completó después del estallido de la Segunda Guerra Mundial cuando México acogió a artistas estadunidenses y europeos, y se convirtió en el refugio que permitió reunir a pintores, poetas, cineastas y fotógrafos que huían de su país y convertían a México en el crisol de numerosos lenguajes estéticos singulares”, sintetizó el curador.

Ese relato, apasionante como una novela de realismo mágico, permitirá que los franceses puedan conocer el origen y los secretos de ese arte mexicano de la primera mitad del siglo XX que tuvo una influencia crucial en el desarrollo de la modernidad a nivel internacional.

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