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sábado, 30 de mayo de 2015

"Un velo de decencia sobre la miseria de nuestro tiempo"





Sérvulo cumple 100 años.

Este 20 de febrero se cumple el primer centenario del nacimiento de Sérvulo Gutiérrez, una de las figuras más prominentes de la plástica peruana del siglo XX. Su presencia —no así su importancia— parece haberse atenuado en las últimas décadas, a pesar de la gran retrospectiva organizada por Telefónica y presentada en el MALI en 1998, con la curaduría de Élida Román y Luis Eduardo Wuffarden; es de esperar que la ocasión de este aniversario contribuya a traerlo una vez más al primer plano.




Nacido en Ica en 1914 y trasladado a Lima tras la muerte de su madre, ocurrida cuando él tenía nueve años, Sérvulo hizo su primer aprendizaje artístico al lado de su hermano mayor, Alberto, quien era restaurador artesanal de pinturas y piezas de porcelana y tenía un taller en el Rímac. Ha de haber sido una formación intensa en los aspectos más primarios y más mecánicos del oficio (y con ello también, sin duda, de los más útiles), y un entrenamiento cabal de la mirada como copista, capaz de aprehender enseguida tanto el detalle de la ejecución de un trabajo artístico como la totalidad de su sistema compositivo. Como sea, lo cierto es que cuando Sérvulo empezó a entrar en contacto con el arte moderno, primero en Buenos Aires y luego en París, esta preparación haría posible para él reconocer enseguida, y ponerlos pronto en práctica en su propio trabajo, los métodos de creación de los nuevos grandes maestros.

Sérvulo llegó a Buenos Aires en 1935, como parte de la delegación peruana al sudamericano de boxeo, y permaneció ahí hasta 1938. Ese año viajó a París, donde se quedó hasta 1940 (también ahí llegó como boxeador, un oficio que poco después abandonaría). Si en la Lima de la primera mitad de los años 30 la modernización de la escena artística estaba viniendo con el asentamiento del indigenismo, con Sabogal ya en la direccion de Bellas Artes. en la Agentina los debates se daban entonces entre las opciones más constructivas adaptadas de Europa y las visiones tradicionalistas (además de una pequeña pero influyente onda “neoprehispánica”). En París en esos años, entre tanto, las primeras vanguardias históricas ya habían formalizado su ascenso e iban entrando al museo, y el surrealismo, más joven que ellas, ocupaba la escena de lo nuevo. Era también el escenario ideal para encontrarse con clásicos modernos, como los impresionistas y Van Gogh. Todas estas influencias pueden rastrearse en la obra pictórica que Sérvulo empezaría a desarrollar unos años más tarde, aunque ninguna de ellas sea obvia o definitiva.




De vuelta a Lima en 1940, Sérvulo, que se había iniciado en el arte principalmente como escultor, se fue decantando hacia la pintura. Y a la obvia destreza formal de sus primeras composiciones le fue añadiendo paulatinamente una tremenda soltura compositiva, además de un manejo muy personal del color. Entre sus primeras individuales, de 1943 y 1945, y su trabajo de madurez en los anos 50, Sérvulo Gutiérrez abandonó sus inclinaciones iniciales (la temática andina y la vocación alegórica de sus primeras pinturas, o el rigor geométrico de su trabajo de mediados de los 40s, influenciado por el argentino Emilio Pettoruti) para desarrollar una versión local, muy personal, del expresionismo, con la misma intención gestual y el mismo uso agresivo de la línea y el color que caracteriza a sus pares europeos.

Al mismo tiempo, su trabajo se alinea con la reacción del grupo de los “independientes” (Grau, Quíspez Asín, Springett) contra las ya adocenadas preocupaciones nacionalistas que dominaban al indigenismo: el de Sérvulo es un arte de intensa expresión personal en el que la maestría técnica sirve como plataforma para afirmaciones emocionales de corte vitalista, subjetivas antes que políticas o sociales. Y es también un arte siempre figurativo, apegado a los géneros más tradicionales de la pintura (retratos, paisajes, representación religiosa, bodegones, desnudos) a contramano de la tendencia hacia la abstracción que ya se manifestaba en el arte occidental en los años de su estancia europea, y que marcaría uno de los grandes debates del arte peruano en los años 50.


                      

Los últimos años de su carrera fueron de una notable inserción en el mercado local (Sérvulo fue quizás el primer artista moderno de origen aceptado sin reservas por los galeristas y coleccionistas del Perú), su dedicación a la bohemia y un creciente interés por motivos religiosos (es el período de sus poderosos Cristos y su Santa Rosa, indudables obras maestras). En la segunda mitad de los años 50, Sérvulo Gutiérrez era en muchos sentidos la figura central del mundo del arte en el país, y no es por ello sorprendente que una nueva oleada de modernización estética reaccionara, en parte, en su contra. Poco después de su muerte, en 1961, los críticos más jóvenes como Juan Acha le reprochaban ya a la pintura de Sérvulo el haber sido esencialmente “local”, por no haber dado nunca el salto hacia la abstracción que, se imaginaba entonces, representaba la única forma viable del universalismo (o de la modernidad, términos intercambiables por entonces) en las artes.

Esa crítica fue, por supuesto, injusta. Pero en todo caso, ya es irrelevante, porque los términos del debate (si lo hay) son enteramente otros. Y con ello la revalorización del trabajo de Sérvulo Gutiérrez, que ya empezó en los años 80 —cuando la figuración de aliento expresionista volvió a ser central en la pintura peruana—, debe continuar. En sus mejores momentos, Sérvulo es uno de los grandes maestros del arte peruano del Siglo XX, y la trayectoria de su aprendizaje hacia una forma de la libertad expresiva, temática y técnica es una que artistas de nuevas generaciones bien podrían considerar ejemplar.

Como dijo Sérvulo a la revista Nuestro Tiempo en 1944 (y consignó Élida Román en el catálogo de la muestra en el MALI en 1998, de donde tomo la cita): “Lo que esperamos de la pintura es lo que parezca bien traernos: sea una especulación metafísica, un amargo comentario de la verdad, un simple hallazgo plástico, una sensación de belleza. De todos modos, mientras sea ‘arte’, será un velo de decencia y consuelo sobre la miseria de nuestro tiempo”.


Fuentehttps://redaccion.lamula.pe




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