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jueves, 8 de octubre de 2015

Doris Salcedo en el Guggenheim

El museo Solomon R. Guggenheim, en Nueva York, es un espiral ascendente. Las paredes blancas del edificio son una rampa circular en cuyos pasillos se exhiben muestras de lo más reciente del arte contemporáneo. Una torre atraviesa la rampa del primer al séptimo piso, y en cuatro de los pisos de esa torre hay sillas engastadas en bloques de concreto; camisas tejidas con agujas; zapatos enclavados en los muros, tras opacas fibras de tejido animal; mesas con “cicatrices” hechas de pelo humano; un manto de pétalos de rosas tejidos unos a otros laboriosamente. Son las obras de Doris Salcedo (Bogotá, 1958). Mi descripción de ellas puede resultar difícil de visualizar: nada más difícil que describir objetos que existen solo aquí y que, además, pretenden materializar el luto de victimas de todo tipo y, por eso mismo, resultan igualmente inaprensibles.
Es una retrospectiva de su carrera titulada Doris Salcedo, originalmente organizada para el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago y que se exhibe desde junio hasta octubre en el Guggenheim.

La obra de Salcedo se ha caracterizado por utilizar el espacio público para manifestar un mensaje que rememora la experiencia de las víctimas: de la guerra en Colombia, de las pandillas en Estados Unidos, del encarcelamiento en Guantánamo, entre muchas otras. Esta muestra recoge muchas de sus obras más importantes de menor escala, es decir, que pueden ser adaptadas al espacio de un museo. Porque desde la línea de rosas apuntilladas bocabajo en el muro frente la casa del fallecido Jaime Garzón –su primera intervención pública–, hasta la más reciente grieta sísmica (de la cual queda una cicatriz imborrable) que atravesaba el piso del Tate Modern, en Londres, partiendo simbólicamente la historia del arte en dos, la mayoría de las obras de Salcedo son monumentos, bellos, grandes e incómodos, imposibles de evitar, que se apropian del espacio común e insisten en el duelo (los duelos) para rescatarlos del olvido.
En el Guggenheim la muestra es modesta pero significativa. El manto de rosas que cubre con sus pliegues el piso entero de un salón, titulado A flor de piel, conmemora a una enfermera colombiana secuestrada, torturada y asesinada. Los pétalos, tratados de manera que se conservan suspendidos, intencionalmente, entre la vida y la muerte, fueron cosidos a mano y con su color rojo profundo, parecido al de la sangre coagulada, despliegan –como lo indica el título de la obra– un silencio aterrador.
Del tamaño aproximado de un ataúd humano, mesas labradas a mano encierran como un sánduche una capa de tierra (una mesa parada sostiene una capa de tierra que a su vez sostiene una mesa bocabajo). A través de las grietas de la mesa de arriba emergen delgadas hojas de hierba. Hacen parte de la obra Plegaria muda, realizada tras una investigación con las madres de las víctimas de las guerras de pandillas en Los Ángeles y tras la visita de Salcedo con las madres de muchas víctimas a las fosas comunes en Colombia.

La obra es una manera de simpatizar con el dolor de estas mujeres, que suele ser ignorado por las masas y los medios. Señala que sus hijos, sin importar su procedencia socioeconómica, merecen también una sepultura digna. Las hojas de hierba, por otro lado, pueden ser vistas como destellos de vida, si se quiere, como recordatorio de la vida que alguna vez fue.
Muchas de las otras piezas recogen pertenencias de las víctimas, que la artista recopiló en sus visitas a las casas de los familiares, y las incorporan con objetos domésticos como sillas, camas y armarios en esculturas minuciosas y orgánicas. EnSin Título vemos un escritorio engastado a una silla, una cremallera, el fragmento de un plato y huesos incorporados discretamente en los cuerpos de otros muebles. Los vacíos rellenos de concreto, con camisas de flores asomándose a través de lo que alguna vez fueron ventanas; los objetos domésticos, antes cotidianos y ahora inútiles, reviven las irrupciones de la violencia en la vida de las personas que la sobrevivieron.
Como complemento a las obras, en el sótano del Guggenheim se proyecta permanentemente un documental, Doris Salcedo’s Public Works (Las Obras Públicas de Doris Salcedo), donde vemos un recorrido por sus obras mayores y la escuchamos a ella y a sus colaboradores hablar sobre los procesos.

“Estando en un país violento, no podemos actuar como si no hubiera violencia”, dice la artista con su elegante afro encanecido, “(el arte) es un lugar que está afuera de esta pérdida brutal, […] puede ayudarnos a plantear preguntas difíciles. El arte no da respuestas, solo plantea preguntas”. Aquí entendemos la abnegación de Salcedo y su equipo de colaboradores por la elaboración de cada uno de sus proyectos: como la grieta del Tate, todos parecen siempre imposibles, pero siempre se llevan a cabo.


Camas vacías, jardines entre mesas y camisas atravesadas por hierro hacen las veces de epitafios. Llegan a las aulas del Guggenheim en la gran metrópolis y le hablan a los paseantes de genocidios. No es necesario ver la sangre o los cadáveres para sentir el vacío que dejan: la minucia y la paciencia con la que cada una de las obras está hecha revela en sí misma una agonía lenta y silenciosa. Difícil ver la silla de un carrito metálico, zapatos del tamaño de una mano, y no imaginar a los niños que los llevaron o alguna vez jugaron con ellos en algún zaguán polvoriento. Difícil salir del museo sin sentir, también, que algún fantasma nos persigue mientras caminamos hacia el verde de un parque indiferente.
Nueva York, Septiembre 20 de 2015
Fuente
http://www.revistaarcadia.com



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