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jueves, 17 de marzo de 2016

Enrique Grau Araújo

Enrique Grau Araújo
Nació en ciudad de Panamá, el 18 de diciembre de 1920. Pero vivió durante mucho tiempo en Cartagena, Colombia, considerada por el artista como la ciudad de sus entrañas. 
Estudió pintura y artes gráficas en el instituto Art Students League de New York y técnicas de pintura mural en la Escuela de Bellas Artes de San Marcos, en Italia. Se desempeñó como docente de arte en varias universidades colombianas. 


Comenzó su carrera a la edad de veinte años, cuando obtuvo el primer premio otorgado por el Salón de Artistas Nacionales, con la obra, Mulatas de Cartagena. Dibujante, pintor y escultor, Grau fue reconocido, junto a Fernando Botero, David Manzur y Alejandro Obregón, como uno de los artistas modernos más destacados de Colombia. Sus obras plásticas gozan de un reconocimiento internacional y fueron expuestas en varias ciudades del mundo. 


Fue asesor artístico para la exposición Dos Mil años de Arte Colombiano, en Estados Unidos y de la International Petrolium Company. 


Mereció múltiples premios y distinciones, entre ellos, Premio Ministerio de Educación XIV Salón de Artistas Colombianos de Bogotá, Gran Cruz de la Orden Nacional al Mérito Presidencia de la República de Colombia y Grade D´Officier dans l´ordre des Arts et des Lettres, del Ministerio de Cultura y Educación de Paris. Fue además Doctor Honoris Causa en Artes Plásticas por la Universidad de Antioquia y por la Universidad de Cartagena. 
Murió el primero de abril de 2004 a la edad de 84 años.






                                       





‘Ruth y Ruby’, la sombría obra de Enrique Grau pintada en sus años de juventud cuando estudiaba en EEUU.

                           ‘Ruth y Ruby’, bajo el expresionismo y surrealismo




Esta obra del fallecido artista Enrique Grau es motivo de estudio en este ensayo por su estética sombría, pesimista y carácter simbólico. 

Por Paloma Bustos Anichiárico* 

En sueños, Ruth y Ruby (1942) es una obra temprana del pintor colombiano Enrique Grau Araújo (1920-2004), que fue realizada durante su permanencia en Nueva York, refugio de artistas de las vanguardias europeas que emigraron del viejo continente tras el estallido de la II Guerra Mundial. 
Ruth y Ruby no hace parte del estilo que generalmente asociamos con Grau -como sí Lolita [fig. 1]-, pues pareciera que nos encontramos frente a una obra que se produjo a medio camino entre el expresionismo y el surrealismo. 
Si nos detenemos frente a esta idea, ¿podríamos encontrar en Ruth y Ruby elementos formales de la pintura expresionista y surrealista? 
Si bien no podemos reducir la obra de Enrique Grau a un movimiento ni a dos, por ser tan prolija y diversa, sí podemos intentar ubicar a Ruth y Ruby en algún suelo del vasto mundo de las corrientes pictóricas. 
La obra me interesa, sobre todo, porque se aparta del Grau reconocible que menciono arriba y porque poco se ha mencionado entre críticos e historiadores del arte, aunque se haya hablado de Grau en Nueva York (1941-1943), como cuando el crítico Walter Engel, en 1946, escribe: “…no puedo ocultar mi opinión -puramente personal y quizá equivocada- de que el ambiente más indicado para las primitivas inclinaciones y la disposición original de Grau Araújo habría sido México. Su desenvolvimiento habría sido, probablemente, más lógico, más orgánico, más derecho, y —no por último — más latinoamericano”. 
A Grau no se le puede encasillar fácilmente dentro del expresionismo. 
En el mismo texto, Engel reconoce ventajas: “Un valioso adelanto experimentan también sus extraordinarias facultades de dibujante, que se manifiestan no sólo en sus dibujos, sino también en los grabados. El dominio de las técnicas de la litografía, del aguafuerte y la xilografía es uno de los factores favorables en el balance artístico de la estada en Nueva York”. 
Y sigue: “Pero las finas propensiones pictóricas de la primera época se ven suplantadas por un concepto del color que en muchas obras nos parece más artificial que artístico, más efectista que inspirado”. 
En los años siguientes al éxito de su Mulata cartagenera (1941), se le llegó a relacionar con Paul Gauguin, pero quienes pueden resultar pertinentes para el examen de Ruth y Ruby, desde el color, si miramos azules, verdes y rojos, son personajes como Chaim Soutine y Georges Rouault. Para citar dos ejemplos: Madeleine Castaing (1929) de Soutine, y Two Nudes (The Sirens) (1906-1908) de Rouault. Grau había adoptado la ‘violencia’ en el color que por esos días enseñaban los estilos inmigrantes, es decir, el denominado arte moderno.
Enrique Grau fue a estudiar a Nueva York gracias a una beca que le otorgó el gobierno colombiano. Llegó a un país cuyas escuelas de arte se venían enriqueciendo y transformando por la llegada de artistas e intelectuales provenientes de Europa, y la influencia que estos ejercen sobre Grau es innegable, como ilustra Germán Rubiano Caballero: 
“En los años cuarentas su obra está caracterizada por la variedad temática y por los cambios estilísticos bruscos: el artista pasa por muchos estados de ánimo y así como en ocasiones puede violentar sin cuartel la figura, en otras la redondea amorosamente”. 
A Grau no se le puede encasillar fácilmente dentro del expresionismo. Sin embargo, ¿cómo no pensar en este movimiento cuando el artista distorsiona con furia sus figuras, cuando se aproxima al tráfago de la ciudad de Nueva York y a sus encuentros raciales, cuando transforma los paisajes y los llena de inquietudes, cuando reitera los sufrimientos físicos y morales de Cristo en los momentos de la Pasión?”  
Con el mundo en guerra, y los EE.UU. apenas recuperándose de la Gran Depresión, no nos sorprenda la actitud gélida y la orfandad en Ruth y Ruby. Acompañando el gesto, vemos en el dibujo un trazo definido y grueso, y la pincelada, densa en el cielo como ‘borrones’ azul-verdosos, que al fundirse con el pelo y el vestido de Ruth y de Ruby se torna un poco gris, en el camino ha dejado sombras como de humo modelando sus rostros. 
No obstante, la ‘nueva expresión’ no sólo parecía venir de la nueva atmósfera neoyorquina de calles y museos, sino también de su escuela. Recordemos que George Grosz, artista que transitó del Dadá a la Nueva Objetividad, fue uno de los profesores de Grau en el Art Students League.
Rubiano Caballero menciona algunos temas considerados expresionistas: “No faltan en esta época otros temas de fácil conexión con el expresionismo, por ejemplo, los relacionados con las parcas, las calaveras y los esperpentos, o los que giran en torno a lo abiertamente erótico”. 
Las parcas (1947) es una obra posterior de Grau que quiero vincular con Ruth y Ruby. Es difícil no ver en una obra la ‘segunda versión’ de la otra. Ellas comparten un universo; la atmósfera lóbrega y la composición son las mismas en ambas. Comparten la subjetividad y, de haber, la crítica.
En Ruth y Ruby estamos frente a un mundo ‘libre’, frente a un mundo interior y foráneo a la vez. 
En Ruth y Ruby el pesimismo es evidente y, probablemente, el color tiene un carácter simbólico. Fijémonos en las obras del autor que la acompañaron a participar en el V Salón Anual de Artistas Colombianos: La joven comunista (1943) y Muchacha gris (1944). Las tres se asemejan en el color y la intención, pero, a diferencia de aquellas, Ruth y Ruby cuenta con un paisaje que le agrega a la obra un matiz al que he llamado surrealista. 
Vemos en el fondo unas estructuras de color rojo-fucsia que por la textura del jaspeado de lo que parecen luces y sombras dan la impresión de estar cubiertas de terciopelo. Estas estructuras que casi sugieren un laberinto, frías pero suaves —por el terciopelo—, son las que convierten la escena en una especie de fantasmagoría y me dan la posibilidad de llamarla, también, surrealista.
Surrealista, “porque una de las características de la expresión surrealista es la creación de una imagen que fusione realidades distantes en un plano igualmente distante de ambas realidades”. No quiero decir que Ruth y Ruby cumpla con eso a cabalidad, pero sí que estamos frente a un mundo ‘libre’, frente a un mundo interior y foráneo a la vez, cuya realidad se acerca más a la plataforma de una obra de teatro que a la realidad de nuestros días, y que, además, la plástica ha vuelto dúctil. 
Sobre este punto, Goodball dice: “Sin lugar a dudas, Grau se enteró de la llegada del dadá y del surrealismo francés a la ciudad de Nueva York. Las figuras de la vanguardia, ya familiares con Marcel Duchamp y Picabia, pronto se unirían a la comunidad surrealista francesa, incluyendo a su pastor, André Bretón. 
Aun las vitrinas de las tiendas y boutiques de la Quinta Avenida, reflejaban el avance de las formas e ideas surrealistas con sorprendentes yuxtaposiciones de elementos poco familiares y a veces maravillosos, como si dichas asociaciones fueran perfectamente normales”. 
Así, las posibles influencias estaban en todas partes, y aunque no nos parezca que Enrique Grau haya tenido algo que ver con el movimiento surrealista, no podemos negar que en esta obra hay una atmósfera de ese carácter. 
Veamos qué dijo Rubiano Caballero al respecto: “Grau no es un artista de vanguardia. Sería un grave error tratar de acomodarlo, para situarlo a la moda, dentro del surrealismo, el pop art o el ‘nuevo’ neo-realismo. Sus trabajos figurativos no tienen nada que ver ni con las asociaciones arbitrarias y oníricas del surrealismo, ni con las imágenes comunes de los productos de una sociedad de consumo del pop art (…) Cualquier parecido de la figuración de Grau con aquellas tendencias es pura coincidencia”. 
¿A qué me refiero con atmósfera surrealista? Giorgio De Chirico dijo que nunca vivió un ‘período surrealista’ y que su nombre en la historia del surrealismo fue producto de un malentendido, y por supuesto le creemos. 
Ruth y Ruby han sido abandonadas, ellas y también el paisaje. Incluso entre ellas hay una desconexión, ¿están o no están juntas? ¿Son la misma persona, una un poco mayor? 

Cuando estamos frente a una pintura de De Chirico respiramos un aire de otro mundo, de uno espiritual si se quiere, de una realidad no ‘objetiva’, no naturalista, y eso nos brinda una atmósfera surrealista, como nos muestra este pasaje: “Encontrarse con los extraños lienzos silenciosos de Giorgio de Chirico, donde se ven vastos lugares públicos desiertos, largos tramos de losas, pórticos y frontones, (...) En las esquinas de sus pinturas encontramos una locomotora, un maniquí de cera, o una estatua de yeso - cada uno luciendo como si hubiera sido abandonado”. 
Podrían ser la misma mujer, ¿por qué no? Peinado, vestido y estatura son iguales, y Ruby, quien pensaríamos está a la derecha, sería la versión mayor de Ruth porque sus líneas de expresión están más acentuadas, porque su rostro está más oscuro y porque el color de su vestido es más ‘débil’. En una atmósfera surrealista solemos encontrar fantasía, enigmas y equívocos, como en efecto se encuentra en las obras de los llamados surrealistas, valga decir en algunas de Giorgio De Chirico y en muchas otras.  
Entonces el expresionismo está ahí: el color libre, la forma ‘honesta’ o no, la crítica. Y en cuanto al surrealismo, tal vez ni siquiera tengamos que pensar mucho en él. 
Leamos a Robert Clancy: “Así como los surrealistas nos lo recuerdan, la mayoría de las conversaciones no premeditadas, pensamientos, sueños e inspiraciones son surrealistas, y ellos merecen ser explorados y expresados. En este sentido, el surrealismo vivirá siempre que haya seres humanos -y siempre que éstos sean libres”.
*Profesional en medios audiovisuales, especializada en diseño y comunicación gráfica.

Fuente del escrito








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