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martes, 9 de mayo de 2017

China, superpotencia del arte

Liu Bolin, el nuevo hombre invisible, durante la creación de una de sus fotografías de 'Oculto en la ciudad' en su estudio de Pekín.
Liu Bolin, el nuevo hombre invisible, durante la creación de una de sus fotografías de 'Oculto en la ciudad' en su estudio de Pekín. / REPORTAJE GRÁFICO: ZIGOR ALDAMA




El coleccionismo vive un auge sin precedentes en el gigante asiático, que es ya el mayor mercado mundial


Liu Bolin es un buen ejemplo de cómo se ha gestado el gran auge del mercado del arte en China. Hasta hace poco más de una década, este hombre alto al que le cuesta sonreír era un escultor del montón que a duras penas se ganaba la vida con su trabajo. «El mercado ya había comenzado a crecer, pero los coleccionistas chinos estaban en una fase esnob. Únicamente se interesaban por nombres extranjeros -recuerda-. El arte chino había sido reducido a propaganda, y el desconocimiento de este nuevo mundo hacía que los compradores apostasen por lo que consideraban inversiones seguras. La obra al final era lo de menos; lo que importaba era su posible revalorización».

En el extremo opuesto, desde 2003 el auge económico del gigante asiático alentó con fuerza una nueva moda en Occidente. «Había compradores extranjeros que se interesaban por el arte chino, pero sobre todo buscaban piezas -fueran pinturas o esculturas- con claros elementos chinos. La efigie de Mao y los motivos relacionados con la Revolución Cultural se convirtieron en iconos pop 'cool' que proporcionaron mucho dinero a quienes los utilizaron». Liu, sin embargo, se resistió a caer en lo comercial.

Mientras tanto, artistas que antes ni siquiera podían pagar el alquiler en la zona de estudios 789 de Pekín -convertida pronto en uno de los destinos de moda de la capital- pasaron de la noche a la mañana a conducir coches de lujo. Al calor del interés por China, el comienzo del siglo propició el despegue de superestrellas que ahora se cuentan entre las más cotizadas del mundo: Zhang Xiaogang -famoso gracias a sus hieráticos retratos de familia de la época de la Revolución Cultural-, Yue Minjun -especializado en pintarse a sí mismo riendo a carcajadas-, Zeng Fanzhi -cuya interpretación personal de 'La última cena' se vendió por más de 20 millones de euros en 2013- y el polémico Ai Weiwei, que en 2015 fue el artista chino más cotizado en subastas con más de 4 millones de euros

Sus propias reglas

Liu, por su parte, tuvo que sacar rédito de la desgracia. «En 2005 el Gobierno derribó mi estudio de Pekín porque consideró que el edificio no cumplía la nueva reglamentación urbanística. Y decidí protestar a mi manera: haciendo fotos de mí mismo camuflado entre las ruinas». Pintado de pies a cabeza como el fondo sobre el que posaba, se convirtió en el nuevo hombre invisible y dio comienzo a la serie que le ha hecho mundialmente famoso: 'Oculto en la ciudad'. Utilizando la técnica de los francotiradores, sus obras han ido abriéndose al mundo y actualmente sirven para criticar todo tipo de injusticias. Liu es ya una estrella más del creciente universo artístico chino, pero no representa el pelotazo, sino la maduración del arte de vanguardia.

En cualquier caso, es evidente que el sector ha explotado como una supernova. Después de tres años de turbulencias, China volvió a liderar en 2016 el mercado mundial con ventas que rondaron los 12.000 millones de euros. Y la mayoría de los analistas cree que la tendencia se va a mantener. Así, mientras el resto del mundo desarrollado vio notablemente reducido el volumen de adquisiciones de arte y de antigüedades en subastas -según datos de Artsy, en el Reino Unido cayeron un 41%, en Estados Unidos un 30% y en la Europa continental un 20,9%-, en el país asiático el descenso fue del 16%.

Como sucede en otros sectores, el mercado chino del arte se rige por sus propias reglas. El Gobierno restringe las operaciones de casas de subastas extranjeras mientras subvenciona a las homólogas locales, a las que también impulsa para que salgan al exterior. Así, seis de ellas se han colado ya entre las diez más poderosas del mundo. Y a nadie se le escapa que el Partido Comunista ejerce gran influencia sobre ellas. De hecho, una de las más importantes, China Guardian Auctions, es propiedad de Chen Dong sheng, que está casado con Kong Dongmei, nieta del mismísimo Mao Tsetung. «Quiero crear una Sotheby's china que recree la aristocracia cultural de mi país», ha dicho Chen al diario 'Beijing Times'. Alto y claro.

En un escenario de precios inflados por el patriotismo en lo que a la adquisición de piezas chinas en el extranjero se refiere, han irrumpido también los nuevos museos. El país contaba a finales de 2016 con 4.692 e inaugura unos 200 al año. El Gobierno quiere que para 2020 haya uno por cada 250.000 habitantes -ahora hay uno por cada 290.000- y que los visiten 800 millones de personas. Es un gran salto si se tiene en cuenta que China contaba con solo 25 museos cuando Mao proclamó la República Popular en 1949. Además, el Estado invertirá unos 400 millones de euros anuales para que la mayoría sean gratuitos. Después de construir los edificios hay que llenarlos de obras, y eso supone una gran oportunidad para todo el mundo.

Cambio en el cliente

Al plan gubernamental hay que sumar los coleccionistas privados. Algunos, como Liu Yiqian, dueño del Museo Long de Shanghái, han protagonizado titulares por sus costosas adquisiciones, como la del 'Desnudo acostado', de Amedeo Modigliani, por el que pagó 158 millones de euros en Christie's. «En mi opinión, es una excelente forma para que la población más pudiente contribuya al enriquecimiento cultural del país», afirma Cai Jingqing, presidenta de Christie's en China.

Basta un paseo por el distrito 798 de Pekín o el Moganshan 50 de Shanghái para certificar que el arte chino es mucho más que cerámica antigua. En estos barrios gremiales hay galerías que ofrecen obras desde unos cientos de euros. Según datos oficiales, estos negocios ya venden por un importe mayor que las subastas. «Lo importante es correr algo de riesgo y apostar por nombres que van a tener un auge rápido», advierte Vicky Wu, de la galería shanghainesa Chronus Art Center.

Wu certifica un cambio relevante en el tipo de cliente. «En un principio eran sobre todo extranjeros. Expatriados que querían llevarse un recuerdo de China y que veían la posibilidad de que se revalorizase con el tiempo. Ahora la mayoría son chinos que tienen un buen conocimiento del mercado y que también disfrutan con las obras. No las compran para dejarlas en un almacén a la espera de que aumente su valor. Las quieren colgar en sus casas para demostrar sofisticación. Son los mismos que antes tenían copias de cuadros clásicos europeos en el salón».

Según los expertos, para afianzarse en lo más alto del arte mundial, China debe antes eliminar las barreras que ha levantado para dificultar la entrada de empresas foráneas. «Competir con los mejores eleva la calidad de todos. Abrir la puerta a galerías y casas de subastas extranjeras elevará el estándar de las chinas. Y eso es una necesidad en un sector constantemente golpeado por obras falsas o que han sido fruto de un saqueo», ha escrito Deborah M. Lehr, consejera delegada de la consultoría Basilinna, en 'The Diplomat'.

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