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viernes, 11 de mayo de 2018

Arte «made in China»: arde la polémica

«El teatro del mundo», de Huang Yong Ping
«El teatro del mundo», de Huang Yong Ping - EFE

Una instalación con reptiles e insectos vivos protagoniza una exposición en el Guggenheim Bilbao que analiza la producción artística en el gigante asiático entre 1989 y 2008


¿Qué pensaría Mao si viera que su «revolución cultural» ha acabado siendo pasto de un proyecto museístico tan capitalista como el Guggenheim? China se ha convertido en un talismán para los museos Guggenheim: en 1998 acogieron en Nueva York y Bilbao la antológica «China: 5.000 años», diez años después dedicaron una monográfica a Cai Guo-Qiang y, de nuevo diez años después, el gigante asiático vuelve a ser protagonista de una ambiciosa exposición. En 2006 el Guggenheim puso en marcha la Asian Art Initiative, con Alexandra Munroe a la cabeza, y la colección del Guggenheim Abu Dhabi ha adquirido obras icónicas de arte chino.
Este nuevo proyecto «made in China» del Guggenheim se centra en el arte producido entre 1989, con la brutal represión de la revuelta estudiantil en la plaza de Tiananmén, y los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008, con su eufórico patriotismo. Un periodo decisivo en la radical transformación de la China moderna que los artistas (tanto los que viven dentro como fuera del país) plasman con la misma complejidad que el propio proceso. Se da la paradoja de que los artistas chinos son agentes del cambio y, al mismo tiempo, escépticos y críticos con el mismo. La «fábrica del mundo» pasa a ser una superpotencia mundial sin apenas tiempo a poder digerirlo.
«Alumbramiento apresurado», de Chen Zhen
«Alumbramiento apresurado», de Chen Zhen-REUTERS

Protestas animalistas

Cuando la exposición se inauguró en Nueva York estalló la polémica con tres piezas que, tras las protestas de los animalistas, acabaron siendo retiradas. Una tampoco está en Bilbao: «Perros que no se pueden tocar», performance de Sun Yuan & Peng Yu en la que ocho pitsbulls americanos son atados a otras tantas cintas de correr. Los perros parecen dispuestos a atacarse entre ellos. Sí están presentes las otras dos. «Un ejemplo de transferencia», de Xu Bing (1994), fue pensada originalmente para el Museo Reina Sofía. Se grabó en vídeo una performance en la que dos cerdos de cría se aparean. El macho tiene en el cuerpo palabras del alfabeto latino pintadas con tinta; la hembra, caracteres chinos ilegibles e inventados.
Pero la que más controversia ha despertado es una instalación de Huang Yong Ping, artista chino residente en París. Está inspirada en Xuanwu, una deidad taoísta, híbrido con cabeza y cola de serpiente y cuerpo de tortuga. Por un lado está «El teatro del mundo» (1993), una estructura con forma de tortuga en cuyo interior hay reptiles e insectos vivos: lagartijas, escorpiones, escarabajos, cucarachas, grillos... Se supone que unos acabarán siendo devorados por otros. Encima de ella, «El puente» (1995), otra estructura con forma de serpiente, en la que serpientes y tortugas deambulan pacíficamente entre esculturas de bronce chinas de animales de buen augurio. Hay convocada para hoy una manifestación de estudiantes de Bellas Artes y PETA ha instado al museo a que retire «El teatro del mundo» porque «promueve la crueldad de los animales». El Guggenheim emitió un comunicado en el que niega que haya sufrimiento animal alguno:«El museo está a favor de los derechos de todos los seres vivos». El artista dice que en China se ha exhibido sin problema, pero que «siempre hay incertidumbre» en torno a esta obra.
Un visitante hace una foto con su móvil a «Mao Zedong: cuadrícula roja nº 2», de Wang Guangyi
Un visitante hace una foto con su móvil a «Mao Zedong: cuadrícula roja nº 2», de Wang Guangyi-REUTERS

De la sátira a la resistencia

Bajo el título «Arte y China después de 1989: el teatro del mundo», se reúnen, hasta el 23 de septiembre, en el museo bilbaíno 120 obras marcadamente conceptuales y experimentales (hay muchas instalaciones, performances, vídeos y fotografías y menos pintura, dibujo y escultura), de 60 artistas y colectivos que dan respuesta (poética, satítica y humorística, en unos casos; crítica y de resistencia, en otros) a unas reformas sociales, políticas y económicas que ya comenzaron en 1978 con Deng Xiaoping. Abordan temas como la identidad, tradición frente a modernidad o la globalización. Hay dos exposiciones históricas en 1989 que abrieron el camino para acabar con el monopolio del canon occidental: «China/Avant Garde», celebrada en la Galería Nacional de Arte de Pekín, y «Magiciens de la Terre», en el Pompidou. Después llegaría su presencia en las grandes bienales internacionales, como la de Venecia de 1999, cuando Harald Szeemann incluyó a una veintena de artitas chinos, entre ellos Ai Weiwei y Cai Guo-Qiang, hoy estrellas internacionales.
Ambos están presentes en la exposición, pero sin excesivo protagonismo. Del primero, vemos su archiconocida vasija de la dinastía Han que estrella contra el suelo y su particular «Cuento de Hadas» (llevó a 1.001 ciudadanos chinos a la Documenta de Kassel). Del segundo, un dibujo con pólvora... y la que ardió en la ceremonia de apertura de los Juegos de Pekín. Junto a ellos, los plásticos quemados de Gu Dexin, dos libros de historia del arte que han pasado por la lavadora de la mano de Huang Yong Ping y dos espectaculares instalaciones de Chen Zhen: un exuberante «Buda bocabajo» y «Alumbramiento apresurado»: un dragón de 20 metros creado con cámaras de caucho de ruedas de bicicletas, suspendido del techo, que está pariendo cochecitos. Una sátira a la «muerte» de la bicicleta, medio de transporte tradicional en China.
Nadie puede negar que la programación del Guggenheim Bilbao es de lo más «democrática»: en verano de 2015 su muestra estrella fue una del popular Jeff Koons. La de este año es densa: requiere manual de instrucciones y conocimientos de la historia reciente de China para comprender las obras.
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