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miércoles, 11 de julio de 2018

El enigma ruso de Elena Diàkonova

Su nombre es escurridizo pero todos la conocen como Gala. A veces firmaba como Gala Dalí. O en los cuadros del pintor catalán incluso aparece su nombre en la firma: Gala Salvador Dalí. Y si a esto se suma el delirio amoroso de su marido, los nombres se siguen multiplicando: “Llamo a mi esposa: Gala, Galuchka, Gradiva (porque ha sido mi Gradiva); Oliva (por el óvalo de su rostro y el color de su piel); Oliveta, diminutivo catalán de oliva (aceituna); y sus delirantes derivados: Oliueta, Oriueta, Buribeta, Buriueteta, Suliueta, Solibubuleta, Oliburibuleta, Ciueta, Liueta. También la llamo Lionette, porque ruge, cuando se enoja, como el león de la Metro-Goldwyn-Mayer; Ardilla, Tapir, Pequeño Negus (porque se parece a un animado animalito selvático); Abeja (porque descubre y me trae todas las esencias que se convierten en la miel de mi pensamiento en la atareada colmena de mi cerebro)”.
Pero la imagen más concreta y fundacional la describe Monika Zgustova en la biografía La intrusa: retrato íntimo de Gala Dalí. Una joven rusa de 18 años, nacida en Kazán, salió en tren desde Moscú y se bajó en la estación de Davos en el invierno de 1912 para ir a un sanatorio como si fuera un personaje de La montaña mágica de Thomas Mann, si no fuera porque faltaban todavía doce años más para que se publicara esta gran novela alemana de convalecientes intelectuales en los preámbulos de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, ese mismo 1912, Mann llegaba a Davos para visitar a su mujer, internada en otro sanatorio. La jovencísima Gala fue a tratarse una tuberculosis. No sospechaba que a partir de ese momento iba a vincularse de manera decisiva al arte del siglo XX.
La exposición recién inaugurada en el Museo Nacional de Arte de Cataluña, titulada “Gala Salvador Dalí: una habitación propia en Púbol”, se propone dar cuenta de quién era la mujer que vivió con el pintor surrealista y que fue motivo de muchos de sus cuadros. Algunos de los más importantes están incluidos en esta exposición como la primera versión de “La Madona de Portlligat” (1949), o uno de mis favoritos, de título larguísimo: “Un segundo antes del despertar de un sueño provocado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada”, de 1944; aunque lo que más llama la atención de este cuadro es que lo que sale de la granada es un pez de cuya boca sale un tigre del que sale otro tigre y luego un rifle apunta al cuerpo dormido de una mujer que flota sobre una base llana de piedra. Detrás, un elefante de extremidades larguísimas camina sobre el mar. Describir un cuadro de Dalí es multiplicar el delirio. Sería también una resta porque no hay paráfrasis del estallido daliniano. En cualquier caso, es ineludible la presencia misteriosa y plural de Gala en la obra de Dalí.
Dije que esta exposición pretendía revelar a la mujer y a la artista. No sé si lo ha logrado. Pero quizá porque ella misma no lo permitió. Gala sigue siendo todavía más enigmática. Debió tener una fascinación particular para haber atraído a escritores como Paul Éluard (su primer marido) o el pintor Max Ernst, de quien se puede ver en esta exposición una joya pictórica de 1923, un óleo titulado “No es necesario ver la realidad tal como yo soy”, donde aparece el cuerpo desnudo de una mujer con su sombra acompañada por una fantasmagoría verde de ella misma. Dedicatorias a Gala de André Breton o René Char, entre tantos otros, insisten en apuntar a ese misterio que sigue en secreto. En una de las cartas manuscritas de la exposición, que ella escribe en francés al arquitecto catalán Emilio Puignau en 1971, le envía un reportaje español sobre el castillo de Púbol que Dalí le había obsequiado y reprocha amargamente cómo fue posible que los encargados de castillo hubieran permitido el acceso al lugar. Y añade: “La soledad y lo desconocido en Púbol deben ser sagrados”.
No creo en las musas. Aunque sí es cierto que en el despertar de una relación –que es siempre estallido y no obedece a la voluntad–, la mente de los artistas rinde lo mejor de sí para fundamentar trabajos futuros.
No creo en las musas. Aunque sí es cierto que en el despertar de una relación –que es siempre estallido y no obedece a la voluntad–, la mente de los artistas rinde lo mejor de sí para fundamentar trabajos futuros. Podría evocar a los hombres que inspiraron a escritoras como Marguerite Duras, Natalia Ginzburg, Alejandra Pizarnik o Elsa Morante. No se trata de hacer listados. Hombres y mujeres se inspiran mutuamente. Gala es de las mujeres que fueron más allá. Lo dijo el mismo Dalí y que vuelvo a citar cuando afirmaba que ella le traía “todas las esencias que se convierten en la miel de mi pensamiento”. Debió inspirarlo, sí, pero también debió ser crítica, fulminantemente crítica, y no dudo que agitó el talento de Éluard como el de Dalí en un sentido que ellos no pudieron percibir. La exposición intenta abrir fisuras e invita a releer la historia. Volviendo a Thomas Mann, el papel que tiene otra rusa en la vida del protagonista de La montaña mágica, Hans Castorp, se vuelve visible en la ineludible conversación entre él y otra rusa, Claudia Chauchat, quizá para dar cuenta que el verdadero revulsivo de la inspiración para hombres y mujeres se da en el diálogo exhaustivo entre ambos.
Que la exposición aluda al libro de Virginia Woolf, Una habitación propia, no deja de ser una ironía: Gala no solo que tuvo esa habitación sino todo un castillo, el de Púbol, aunque tarde, luego de compartir penurias. Sin embargo, eso no garantiza una obra. Es mejor la habitación pequeña y propia que la dimensión paralizante de un castillo.
No quisiera terminar sin dar cuenta que cuando la enigmática Elena Diàkonova, llamada Gala, bajó en la estación suiza plagada de sanatorios, estaba acompañada por otra joven rusa, dos años mayor, que se terminaría convirtiendo en una de las mayores poetas rusas: Marina Tsvetáyeva. Pero esta ya es otra historia y otra lectura. (O)
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