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lunes, 11 de enero de 2016

¿Qué hacemos ahora con Murillo?

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Traslado de 'El niño mendigo' del Louvre a la exposición 'El joven Murillo' en Bilbao. 

               La conmemoración del cuarto centenario del nacimiento del pintor

En casi todos los grandes museos del mundo se podría encontrar un lienzo de Murillo, el artista que pintó por para y desde Sevilla, que se inspiró en sus cielos azules para recrear la gloria y que utilizaba el légamo del Guadalquivir para crear sus admirables escenas profanas.

Fue reconocido en su tiempo y durante siglos llegó a ser el artista español más grande fuera de las fronteras. ¿Cómo dejar pasar la oportunidad de no celebrar el cuarto centenario de su nacimiento en 1617 como merece? ¿Cómo no volcarse con una figura artística tan vinculada al alma de la ciudad?

Sevilla se la juega con el Año Murillo. La aprobación hace unos días en el último pleno del año de varias iniciativas inaugura por fin la carrera contrarreloj de Sevilla para la conmemoración. Una carrera iniciada demasiado tarde, pero que al menos ya ha comenzado con la creación de una Comisión de Seguimiento, la coordinación de instituciones, el rescate de la Casa Murillo, la inclusión en el presupuesto de partidas especiales en 2016, 2017 y 2018 y las medidas encaminadas a que el Gobierno central apruebe beneficios fiscales para las entidades patrocinadoras. Es decir, declarar el Año Murillo como proyecto de Estado con todos los parabienes siguiendo el reciente éxito del Año Greco en Toledo.

Pero, más allá de los retrasos o las trifulcas políticas que han dilatado demasiado el proceso, ¿qué tenemos por ahora?, ¿con qué murillos cuenta Sevilla?, ¿qué iniciativas de préstamos habría que hacer para organizar una gran exposición?,¿cómo podría ser original Sevilla en el año dedicado a su gran pintor?

Que Murillo es un gran artista no hay duda, pero también es cierto que en el último siglo su consideración no ha sido buena. En su época obtuvo mucho éxito, ganó dinero y fue un artista reconocido. En el siglo XVIII sus cuadros alcanzaban los precios más altos en las subastas, tanto que Carlos III tuvo que aprobar una disposición en 1779 prohibiendo la exportación de sus obras al extranjero. Y en el XIX los viajeros venían a Sevilla buscando murillos con obsesión.

Sin embargo, algo pasa a finales del siglo XIX, justo cuando se inicia la revalorización del otro gran artista sevillano, Velázquez, que había estado olvidado durante más de una centuria. Es entonces cuando la gloria de Murillo parece quebrarse pasando a ser considerado «el artista sin ambición», adscrito exclusivamente a los temas religiosos y despachado con cuatro clichés injustos.

Esta desconsideración se multiplica poco después en su propio país por culpa del fenómeno de las cromolitografías que durante décadas hizo que se reprodujeran con mala calidad sus cuadros en almanaques, cajas de dulces y estampas de comunión provocando un hartazgo y una limitada adscripción a cierto mundo bobo, cursi o de beatería religiosa. Un Murillo contemplado de forma miope y enjuiciado según el caprichoso gusto de cada época.

Hasta que los estudios de investigadores como Diego Angulo en los años ochenta, y las aportaciones posteriores de Enrique Valdivieso y de otros historiadores han conseguido que poco a poco su figura sea rescatada y recuperada como merece.

Precisamente, esa es la vía que tendría que seguir la celebración del Año Murillo añadiendo un punto de reivindicación orgullosa del artista como se hace enÁmsterdam con Rembrandt o en Amberes con Rubens.

Dentro de esa línea de recuperación habría que insistir en varios puntos para que este Año Murillo sea novedoso. Por ejemplo, que Murillo no se puede limitar sólo como un artista que reprodujo el imaginario contrarreformista. Aunque su mirada fuera de dulzura y delicadeza frente al mundo tenebroso y excesivo de otras iconografías religiosas de la época.

Desde luego hay muchos Murillos, no sólo el creador de ese imaginario amable. Ahí están sus excepcionales cuadros profanos, género poco considerado en su tiempo frente a la pintura histórica y de temas a lo divino, pero que Murillo se atrevió a realizar en gran número.

Una de las razones fue su excelente relación comercial con varios mercaderes flamencos de paso en Sevilla o afincados en la ciudad como el caso de su buen amigo Omazur. Precisamente, estos lienzos fueron los que salieron pronto de la ciudad. Poco después de su muerte en 1682 casi todos desaparecieron y se pueden encontrar en una increíble dispersión por museos de todo el mundo. En pocos artistas existe una difusión internacional semejante.

Por otro lado, frente a los que consideran a Murillo como un pintor que se limitó a cumplir con maestría los encargos sin mirar más allá, está el argumento que defendía Diego Angulo al considerar que el artista sevillano sí se anticipó a lo que estaba por venir. Ocurre con sus lienzos de la última época en los que convierte todo lo pintado en escenas de dulzura, de gestos amables, es decir, intuye la mirada rococó que llegaría al siglo siguiente, el XVIII. Supo mirar por encima del tiempo como hacen los genios, anticiparse a lo que aún no se había realizado.

Sin duda, será tarea muy compleja organizar una gran antológica, pero será la única forma de que el acontecimiento destaque entre la oferta cultural nacional e internacional y que Sevilla se convierta en un polo de atracción turística para los viajeros culturales.

El problema para crear una museografía de narrativa potente es que habría que traer muchos murillos dispersos por el mundo, sobre todo, si se quiere activar el lado menos conocido de Murillo, por ejemplo, esa cara B de los temas profanos. Sería algo similar a lo que hizo en 2002 El Prado confrontando su pintura religiosa con sus composiciones de niños, pícaros y escenas de la vida cotidiana en la que también era un consumado maestro.

Sin embargo, el alto precio que supondría el coste de los seguros en esta época de vacas flacas para la cultura daría al traste con una exposición de verdad antológica. En ese sentido, Murillo ha tenido mala fortuna al coincidir su centenario con malos tiempos.

Así que habría que ajustar mucho y componer un relato completo con pocas pero precisas piezas que se unirían a las que ya existen en Sevilla. Pero ¿qué es lo que queda de Murillo en la ciudad a la que dedicó toda su producción?

El panorama es algo desolador, pero no tan grave como ocurrió en 1999 con el centenario de Velázquez, ya que no quedaba en la ciudad nada de su etapa sevillana por lo que hubo que hacer un gran esfuerzo económico para rescatar ese periodo en una fabulosa antológica. Claro que el Año Velázquez coincidió con una boyante época económica.

Actualmente casi todos los conjuntos artísticos que Murillo pintó para iglesias y conventos sevillanos han desaparecido. Sólo permanecen algunos lienzos puntuales que se salvaron por azares de las ventas, los saqueos y expolios a lo largo de los siglos.

El mayor milagro fue el conjunto realizado para el convento de los Capuchinos, que se logró sacar de Sevilla antes de que las tropas francesas lo incautaran. Las obras viajaron a Gibraltar y quedaron a buen recaudo hasta que concluyó la Guerra de la Independencia y regresaron. Son los cuadros que ahora cuelgan en el Museo de Bellas Artes con piezas tan importantes como la Inmaculada Concepción 'La Colosal', la Inmaculada del Padre Eterno o La Inmaculada del Coro 'La Niña'.

Otro conjunto en el que aún quedan algunos cuadros es el Hospital de la Caridaddonde Miguel Mañara encargó a su amigo Murillo la serie dedicada a las obras de misericordia. El mariscal Soult robó parte de estas joyas aunque aún resisten en las paredes de la iglesia La multiplicación de los panes y los peces, Santa Isabel de Hungría curando a los enfermos, Moisés haciendo brotar el agua de la roca de Horeb, La Anunciación y San Juan de Dios con un enfermo.

De la Iglesia de Santa María la Blanca sólo queda La Cena, de clara influencia caravaggiesca, ya que los realizados para los lunetos y testeros de El sueño del patricio Juan y su esposa, El patricio revelando su sueño al papa Liberio, El triunfo de la Inmaculada Concepción o El triunfo de la Eucaristía fueron saqueados y se encuentran en el Prado y en otros museos del mundo.

En la Catedral de Sevilla queda el espectacular lienzo La visión de San Antonio, ya que Soult se llevó otra de las grandes obras de Murillo, El Nacimiento de la Virgen,ahora en el Louvre. También se encuentran El Bautismo de Jesús, San Isidoro, San Leandro, los tondos pintados con santos sevillanos, El Ángel de la Guarda, La Inmaculada de la Sala Capitular o un cuadro de San Fernando. Este lienzo lo realizó con motivo de la canonización en 1671 retratándolo del natural tras el permiso del cabildo catedralicio para acceder al cadáver del monarca con el fin de intuir cómo pudo ser el verdadero rostro en un curioso y desconocido ejercicio de pintura-forense.

En el Arzobispado se guardan La Virgen entregando el rosario a Santo Domingo y la Aparición de la Inmaculada Concepción a fray Juan de Quirós, que fue la primera de la gran serie iconográfica del pintor.

No habría que olvidar los dos murillos de la Fundación Focus, Santa Catalina de Alejandría y el San Pedro que se expone en el Prado hasta el próximo 17 de enero y que ahora regresará a Sevilla. Por cierto, la Fundación Focus, cuyos proyectos se mantienen en la incertidumbre después del desastre financiero de Abengoa, tenía prevista para otoño de este año 2016 una gran exposición sobre Velázquez y Murillo, cuya realización es una incógnita pero que serviría como magnífico preámbulo al Año Murillo.

¿Y las huellas biográficas del artista? El planteamiento de rutas e itinerarios es otra de las claves del turismo cultural que habría que definir. Además de la Iglesia de la Magdalena donde fue bautizado están las casas en las que residió, que también contaban con el taller del maestro. Murillo vivió en la Magdalena, San Bartolomé, San Nicolás o el barrio de Santa Cruz. Santa Cruz fue su última vivienda, un lugar que ahora alberga las oficinas de la Agencia Andaluza de Flamenco. Fue allí donde probablemente murió, según confirmó el profesor Angulo, al caer desde el andamio en el que pintaba Los desposorios de Santa Catalina para los Capuchinos de Cádiz. La historia de la Casa Murillo, en la calle Santa Teresa 8, es un ejemplo más de las desidias acumuladas por la ciudad. Tras la expropiación del Ministerio de Cultura en 1972 se rehabilita y se compra mobiliario de la época para recrear la atmósfera histórica, aunque los espacios habían quedado bastante intactos desde el tiempo del artista. Con motivo del cuarto centenario se inicia una profunda restauración a cargo de Fernando Mendoza. La entonces ministra de Cultura Soledad Becerril lo inaugura justo al final del año de 1982, año de la conmemoración, pero en 1988 se decide su cierre como museo y en 1999 se clausura por humedades. La gestión pertenece a la Junta y los consejeros de Cultura han protagonizado vergonzantes episodios de desprecio y olvido ante este centro. Ahora su rescate se ha reactivado para acoger un Centro de Investigación sobre la Cultura del Siglo de Oro. ¿Será la ocasión definitiva?

Fuente
http://www.elmundo.es


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