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domingo, 18 de septiembre de 2016

'Fidel Casto 90+'. ¿Grafiteros revolucionarios o 'movilizados' grafitando?

Grafitis con la imagen de Fidel Castro en La Habana. (M. MATIENZO PUERTO)
Los grafiteros son por definición vándalos. Se mueven en la noche, manchan las paredes y, aunque la idea puede parecer muy romántica, si la Policía los atrapa son multados o encarcelados como escarmiento. Al final, siguen siendo artistas.
En Cuba las autoridades, generalmente retrógradas y conservadoras con lo que se puede considerar normal, clasifican a los grafiteros como delincuentes.
Mientras, el grafiti es la redecoración más autentica de La Habana. Amparados en el misterio, protestan, firman sobre paredes, muros, derrumbes, puertas, pese a que muchos no logren entender cómo un garabato, una frase o una imagen hechos con spray llega a ser considerada arte.
A principios de los 2000 los grafitis de OMNI-Zona Franca eran tachados una y otra vez en Alamar o donde quiera que los hicieran; Danilo Maldonado, El Sexto, afirma que solo por tener las manos manchadas de pintura lo han metido en un calabozo; Yulier P. ha sido amenazado en más de una ocasión y a Fabián, otro grafitero, una vez la policía le hizo tachar sus pinchas bajo amenaza de ir a prisión por vago.
Así que, ahora que La Habana está llena de personajes, máscaras, frases, resulta increíble (y espeluznante) que el perfil de Fidel Castro joven, en su plenitud como dictador, con un 90 y un signo de más, sea obra de algún grafitero que quiera seguir la corriente pop para desgastar la imagen hasta banalizarla a fuerza de repetición. Sería una interpretación demasiado ingenua. O una obra demasiado rebuscada.
Puede que sean las dos ideas a la vez. ¿Quién sabe? ¿Será que hay grafiteros revolucionarios o habrá "movilizados" grafitando?
Ya habido otros intentos de grafitar la imagen de Castro: una silueta a penas identificable, a grandes rasgos, hecha a plumón, apareció en esquinas o sobre latones. Pero esta tiene una calidad "gubernamental". No hay muestras de premura, quien quiera que haya hecho esa marca no tenía miedo de ser atrapado en un país donde todos tenemos miedos.
El grafiti de Castro ha tenido una aparición discreta, por el momento. Como para no levantar sospechas. En la calle Línea hay cuatro o cinco. Ya hay uno tachado con un crayón rojo.
Las apuestas se levantan.
De un lado, los que creen que es solo arte, sin Seguridad del Estado, ni UCI, ni escuelas militares programadas para contrarrestar cualquier manifestación contrarrevolucionaria.
Del otro lado, los paranoicos que dicen que esta puede ser una estrategia de dinamitar lo que se está levantando con mucha fuerza (quizás con demasiada fuerza para la policía política y para el Gobierno) como expresión de cultura urbana.
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