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domingo, 6 de noviembre de 2016

Larga vida por el arte


 (semisquare-x3)

La artista y gestora cultural Midiam Astacio Méndez presenta su primera exposición individual y revela la estrategia para romperle el molde al cáncer



Tiene tantas historias que contar, que morir no está en sus planes aun cuando lleva tres años combatiendo un adenocarcinoma que se adueñó de su diafragma y su aorta, se asomó por un pulmón y quiere instalarse en su estómago.
La artista, académica e historiadora del arte Midiam Astacio Méndez cuenta sus historias principalmente con imágenes, pero tanto se ha concentrado en estudiar, fomentar y exponer el arte de otros, que nunca había hecho una exposición individual para mostrarlas, hasta ahora. Una muestra de más de 30 piezas, principalmente cuadros que ilustran su proceso de enfermedad con cáncer, podrá ser disfrutada en el Jardín Botánico de Caguas gracias a la iniciativa de la Fundación Cabecitas Rapadas y la Asociación de Artistas Plásticos de Puerto Rico. “Entre sueños y realidades: Bitácora de una artista”, que también incluye obras de cerámica, estará expuesta todo el mes de noviembre.


Sentada junto a la mesa del comedor de su hogar, una casa modesta, pero repleta de obras de arte y libros, Astacio Méndez ríe al comentar que las retrospectivas suelen hacerlas cuando los artistas mueren, pero prosigue con la plática como si le diera igual. Después de todo, en este momento sanar y contar lo que le ha tocado vivir es su prioridad. “Siento que tengo algo que contar, y por eso son los cuadros. Hablo de la vida y de la muerte, porque para las personas, para los familiares, es muy difícil decir cáncer y saber que está dentro de ti”, explica.
“Las piezas fueron pintadas con dolor, en el piso, por la noche, por eso no tienen estilo”, revela sobre sus más recientes trabajos, en los que no puede siquiera aplicar todas las técnicas que sabe porque a veces su estado físico o emocional se lo impiden. Por ejemplo, no puede pintar con espátula debido al dolor que le provoca en los dedos la neuropatía causada por los medicamentos.
Sin embargo, en el proceso se ha revelado una nueva Midiam. Algo que llama la atención en sus creaciones es el uso de colores vivos para ilustrar un proceso que describe como doloroso, deprimente y angustioso. Quizá es porque ha logrado transformarlo en inspiración para de una vez y por todas contar su historia, que comenzó a tejerse en Puerto Nuevo, una urbanización de San Juan que, según cuenta, fue construida para los soldados del Regimiento 65 de Infantería que regresaron de la Guerra de Corea, entre ellos su padre. Entonces la familia se trasladó desde Naguabo y años más tarde nació ella.
La abuela Borjita fue figura crucial en sus primeros años de vida. “Tenía la costumbre de que preparaba café para los basureros, que llegaban a las cinco de la mañana. A las cinco de la mañana yo iba a tomar café y me iba a coger la guagua para ir a la (Escuela) Libre de Música, y cuando llegaba a las tres, llegaba el cartero y ella volvía y hacía café para el cartero. Y ahí yo me sentaba a oír los cuentos de mi abuela”, narra. Desde entonces las historias le fascinaron.
“Yo caminaba por todo esto, tomaba café y oía muchas historias de los viejitos. Pienso escribir sobre esas historias”, revela.
Tenía 16 años cuando terminó escuela superior en la Libre de Música, pero decidió continuar formándose en otra disciplina e ingresó a la Escuela de Artes Plásticas del Instituto de Cultura Puertorriqueña, hoy Escuela de Artes Plásticas y Diseño de Puerto Rico. “Dibujaba desde chiquita. Me acuerdo que decoraba los salones de las maestras en escuela elemental. Tenía una habilidad muy buena para el retrato y en mi tiempo libre todo el tiempo estaba dibujando”, dice.


Pero al iniciarse en la universidad descubrió la cerámica. “El mundo de la cerámica entró a mí entre los 16 y los 18 años porque cuando estaba en Artes Plásticas, al principio, se daba cerámica. Fue la primera vez que toqué el barro”, indica.
Y mientras aprendía a emplear sus manos y su ingenio de nuevas formas, también se desvelaba ante ella un nuevo mundo a través de don Ricardo Alegría, considerado el responsable de preservar la historia de la cultura moderna y la artesanía de Puerto Rico junto a figuras como Walter Murray Chiesa, quien a su vez “me enseñó a escuchar los cuentos”. “Don Walter nos llevaba a los campos a escuchar las historias de los ancianos”, comenta y reconoce que inspirada por ellos se hizo promotora cultural.
De forma acelerada la joven artista se vio inmersa en otro tipo de arte: el de criar. Temprano en la vida tuvo a la primera de sus tres obras maestras y pospuso los estudios para dedicarse a la maternidad. Fue en esa época que más se destacó como ceramista artesanal y sus hijos -Pradip, Mrinali y Patricia Álvarez Astacio- eran sus ayudantes. “La artesanía me permitía estar con mis hijos, y los fines de semana nos íbamos a las ferias. Ser mamá soltera (luego del divorcio) conlleva que tienes que trabajar y posponer lo que te gusta, así que empecé a pintar para mí en mi casa, a trabajar para mí. La pintura la trabajaba para conciliarme conmigo misma y crear un propio lenguaje”, recuerda.
De dos de aquellas piezas compartió una reflexión. “La Virgen de la Providencia es la que nos dejan los españoles y la Virgen de Hormigueros es el primer milagro que hay en Puerto Rico: este jíbaro al que un toro viene a embestir, se arrodilla y pide ayuda a la Virgen, la Virgen se aparece, morena, con el niño y sobre un hormiguero; el toro se amansa y se arrodilla ante él. Como los españoles nos dieron esta (señala su Providencia), ella (señala su Virgen de Hormigueros) no se convierte en la Patrona. (Las vírgenes de) Los primeros milagros que se dan en las sociedades de América se supone que se convierten en la patrona, pero aquí la Virgen de Hormigueros pasa a un segundo plano”, comenta haciendo un paralelismo entre el estado colonial de Puerto Rico en tiempos de España y la inercia del bipartidismo de ahora.


De la cerámica artesanal pasó a la escultórica, y la artista destaca que “me define mucho lo surreal, tratar de mezclar símbolos y signos”. “Ya las vírgenes no eran tan trabajadas sino más abstractas, más grandes”, apunta y muestra piezas con distintas formas y temas en cada lado.
Finalmente, en 1994, Astacio Méndez completó el bachillerato en artes gráficas con un ‘minor’ de educación en artes plásticas. Años más tarde completó la maestría y está en proceso de finalizar el doctorado en historia con énfasis en simbología. Trabajó por nueve años como maestra en la Escuela Central de Artes Visuales, en San Juan, donde creó el currículo de cerámica escultórica y montó el taller. Luego pasó a la Universidad de Puerto Rico, donde aun es directora del Taller de Bellos Oficios de la División de Educación Continua y Estudios Profesionales (DECEP), aunque actualmente agota una licencia por enfermedad.
Sus días son diferentes ahora. “La vida la organizo alrededor de la quimio. Desayuno, espero los 30 minutos, me tomo las pastillas, después pongo la música, descanso un ratito... Soy muy disciplinada. En la comida, igual. La tomo todos los días por tres semanas, luego descanso por una semana, me hacen los exámenes y vuelvo de nuevo. Ya voy por la séptima. Son seis pastillas dos veces al día. Yo agarro las pastillitas (une las manos frente a su rostro, como su las sostuviera en ellas), le pido permiso a mi cuerpo y les digo: ‘Ustedes son las que me van a curar. Yo estoy tan contenta porque me las estoy tomando. Yo estoy feliz’. Es más largo el proceso (que con la quimioterapia intravenosa), pero puedo estar en casa, puedo pintar”, ilustra.
Si bien confía en que sus “amiguitas” -como les llama- la van a curar, no lo deja todo en manos de ellas. “Con la música, la visualización, la pintura y la quiropráctica he logrado que mi cuerpo cancele totalmente el dolor. Me ha tomado mucho trabajo, mucho llanto, mucho coraje”, admite, y agradece a su inseparable compañero durante los pasados 13 años, Ángel Roque. “Ese hombre es un santo varón, el angelito mío. Ha dejado todo para cuidarme. Mi vida para él parece que es bien valiosa. Me ama mucho. Son tres años en hospitales…”, recalca.
Otras dos personas a las que hace referencia continuamente son el oncólogo Fernando Cabanillas y la psicóloga Eurídice Cruz Cedeño, los que la han impulsado a pintar y a compartir su testimonio con otros pacientes. De hecho, ya expuso nueve de sus piezas en el Hospital Auxilio Mutuo y lo que experimentó, esa terapia de emociones, ella no se la esperaba. “Yo estoy pintando para mí, honestamente estoy contando mi historia, pero para estos pacientes tenían significado. Lo más que les gustó fue el autorretrato, porque estoy con el ‘mediport’, porque ellos tienen ‘mediport’. ¡Me pararon frente al autorretrato para tomarme foto!”, cuenta feliz.


“Para mí esto ha sido como un aprendizaje. Estoy naciendo de todo eso que me han enseñado. Cabanillas con su (terapia de) música, que quiere que le hable a la gente del proceso musical. La psicóloga me dijo ‘pinta por pintar… las lágrimas tienen nombre, tú tienes algo que decir, cuenta tu historia’”, agradece.
Su emoción es evidente al contar las múltiples formas en que ya ha tocado la vida de pacientes y sus familiares, como la secretaria de escuela jubilada que por fin salió de la cama de hospital y le prometió invitarla a su casa cuando fuera dada de alta para seguir charlando, o el modista que prometió curarse cuando ella le propuso exponer sus dibujos. “¡Me voy a curar ahora! ¿Tú me vas a ayudar a exponer?”, cuenta que le dijo.
“En este proceso usted puede hacer algo más. ¿Usted sabe poesía? ¡Pues escriba poesía! Vamos a escribir, para que la gente oiga nuestras historias, que son historias muy aparte, historias de cómo tratar de buscar la sanación. Y si no es la sanación, pues empezar a pasarla mejor lo que te queda de vida, no seguir llorando como estaba yo. Hacer cosas diferentes. Espero que esto siga”, sostiene decidida.
Fuente
https://www.elnuevodia.com

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