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domingo, 29 de mayo de 2016

El arte de la política


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 DIRECTOR ADJUNTO
Entre muchas maravillas traídas del otro lado del Atlántico, el museo de los Cloisters de Nueva York alberga la tumba de Ermengol VII, conde de Urgell. Está en una sala cubierta a la que se accede desde el claustro del monasterio de Sant Miquel de Cuixà, parcialmente trasladado hasta aquí a principios del siglo XX.
Junto a la tumba de Ermengol VII, afortunadamente vacía (su ocupante original reposa entre los bosques de la Noguera), hay un letrero donde se explica el origen de esta pieza datada entre 1300 y 1350. Así, a los visitantes que viajan hasta el Cloisters en el Tren A atravesando Harlem les queda claro que este maravilloso conjunto escultural procede del monasterio de Santa Maria de Bellpuig de les Avellanes, situado en Lleida-Catalonia-Spain.
¿Hay mejor escaparate para el románico y el gótico catalanes que un museo de Nueva York que pertenece al mítico Metropolitan y por el que pasan cada año más de 300.000 personas? ¿No compensa de sobras haber sacrificado unas pocas piezas para gozar de semejante anuncio en el prime time global?
Y, sin embargo, es comprensible que los municipios que vieron partir sus obras de arte ya sea porque las descuidaron o porque fueron víctimas de desaprensivos (a veces, algunos de sus propios vecinos) deseen recuperarlas para exhibirlas en el contexto en el que fueron creadas. Y esto vale para los frisos del Partenón, para la Nefertiti de Berlín, para los papeles de Salamanca, para el pantocrátor de Sant Climent de Taüll o para los tesoros de Santa María de Sijena.
Lo que no se entiende es que esas demandas de restitución no sean atendidas con el respeto que se merecen, aunque no se renuncie por ello a la defensa de los propios intereses.

No hay deslocalización más aparatosa que la del claustro de Cuixà: del Canigó a Nueva York
No hay deslocalización más aparatosa que la del claustro de Cuixà: del Canigó a Nueva York (Getty)
No se comprende tanta insensibilidad entre supuestos admiradores del arte y tampoco la estrategia basada en la cerrazón. Si desde Catalunya se hubiera adoptado una actitud más dialogante con las instituciones aragonesas desde el inicio de la polémica sobre el arte de la Franja o sobre las piezas y murales de Sijena, ahora no habría que fiarlo todo la ruleta de unos tribunales que vienen fallando repetidamente a favor de la parte aragonesa.
Es por ello deplorable que la iniciativa política más seria para reconducir las relaciones con Aragón, pactada por el conseller Santi Vila y el presidente Javier Lambán, haya acabado en fiasco. De entrada, la propuesta catalana de retornar 53 objetos en litigio depositados en el MNAC se hacía para adelantarse a un fallo judicial que se presumía desfavorable. Como así ha sido, ya que una juez de Huesca ha requerido esta semana al MNAC la entrega a Sijena, el 25 de julio, de 97 objetos artísticos que fueron adquiridos a las monjas sanjuanistas en los 80 y 90.
Como se recordará, el pacto entre Vila y Lambán fue abortado por ERC, socio de CDC en Junts pel Sí. Oriol Junqueras atendió la petición de sus bases leridanas y de otros actores políticos y culturales de la ciudad (temían que las obras que se exponen en el Museu Diocesà de Lleida fueran usadas como moneda de cambio en un intento barcelonés de retener la joya de la corona: los murales de Sijena que exhibe el MNAC) y cerró así la vía de la solución política.
En los tribunales se avecina un capítulo decisivo: los servicios jurídicos de la Generalitat tendrán que demostrar que un posible traslado puede dañar los murales. Es el único recurso para conservarlos, ya que difícilmente se podrá demostrar que Catalunya es la legítima propietaria de las pinturas.
¿De derrota en derrota hacia la derrota final?
La historia del litigio del arte entre Catalunya y Aragón es la del fracaso de la política, aunque aún haya margen para el acuerdo. En uno y otro lado hay personas dispuestas al diálogo y a reconocer que el auténtico arte no reside en un domicilio fijo: sólo pertenece a quien está dispuesto a apreciarlo, y el MNAC es un fantástico museo donde poder hacerlo. Eso sí, sin menospreciar a nadie.
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