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domingo, 9 de octubre de 2016

"La palabra arte es muy confusa"


                                           Luis Camnitzer. Foto: Fernando Ponzetto



Para la gente que conoce de artes plásticas, el nombre de Luis Camnitzer da cuenta de una figura de primera línea. Artista líder del conceptualismo latinoamericano, su obra se puede ver en el Tate Modern, en el MoMA, y por estos días en la 3° Bienal de Montevideo, donde aportó una instalación sonora.


A su vez Camnitzer vino a trabajar en el Centro de Fotografía, en el Festival Internacional de Fotografía, en una serie de talleres con fotógrafos jóvenes, cuyos resultados se verán el año próximo. Camnitzer, que reside en Nueva York donde es considerado uno de los grandes artistas del mundo, expuso sus conceptos sobre el arte a El País.

—¿Qué le pareció la 3a Bienal de Montevideo?—Es una bienal chica, me pareció muy bien usar el Palacio Legislativo, es algo inesperado. Hay obras que funcionan ahí y otras no, pero bueno, distintos curadores lo enfocarían de forma distinta. Pienso que la Bienal de Montevideo podría ser más lanzada.

—¿Y en general qué le parece el formato de las bienales hoy?

—En cierto modo para mí la bienal es un modelo obsoleto. Una vez que hay ferias, que son más honestas que las bienales, que están tapadas por una actividad intelectual. La feria es sin hipocresía: se sabe a donde va uno. Pero la bienal tiene un espacio, que la feria no tiene, que es la experimentación total, y hay bienales que están enfocando por ahí. A veces lo que molesta es el nombre, porque la bienal en un lado no tiene nada que ver con la bienal en otro, aunque tienen el mismo título.

—¿Entre el museo, la galería de arte, la bienal y la exposición, qué formato siente más próximo?



—Son públicos distintos, y creo que es un error tratar de compararlos. Como artista, creo que uno elige el público al que se dirige, y ajusta la obra a ese público. Porque si no, nadie lo entiende. Durante mucho tiempo estuve en contra de las galerías, y al final que di cuenta que es absurdo. La gente que va a las galerías es la gente que tiene más poder económico y cultural, y cuanto más los eduquemos, más chances hay de mover a la sociedad.




—¿El mercado del arte está muy viciado, a qué nivel está más viciado?

—En todo, hay gente que está al servicio y gente que no. Somos todos culpables, o no culpables. Dado que estamos en una sociedad capitalista —capitalista fetichista, digamos—, limitamos todo al objeto. Y el objeto automáticamente es vendible, es adquirible. Y en eso se establece una relación que no tiene nada que ver con el conocimiento. El conocimiento no está influyendo sobre el objeto.

—¿El arte visual es un terreno que se presta para artistas improvisados, con poca técnica, que quieren jugar un poco?

—Para mí, la palabra arte es muy confusa, y lleva a malentendidos. Para mí, el arte es una forma de pensar. Una forma de pensar más libre que la forma científica de pensar. La forma científica de pensar trata de lo predecible. El arte utiliza eso pero también lo impredecible, el llamado misterio del arte. Es un campo mucho más amplio de adquisición y organización del conocimiento que la ciencia. Para mí, la ciencia es una subcategoría del arte. Pero no importa tanto el objeto mismo, que es como una huella que uno deja al caminar, sino el caminar en sí.

—¿Y la belleza qué lugar ocupa?

—Para mí, la belleza no tiene importancia. Incluso escribí un ensayo sobre la mediocridad de la belleza. Porque la belleza en general es un promedio, y al serlo, favorece las cosas regulares y deja de lado las irregulares, las accidentales, las que de hecho son las interesantes.

—¿Y del Renacimiento qué obra le interesa más?

—De hecho, a mí la Mona Lisa no me interesa, pero sí me interesa mucho un cuadro de Leonardo da Vinci que es La belle ferronière, aunque no se sabe bien si es de él o no. Tiene una joya o algo en la frente, totalmente en foco, y lo demás un poquito se diluye. Es una mirada fotográfica mucho antes que la conciencia del desenfoque. Me conmueve ese cuadro.

—¿Cómo cambió la vieja Escuela de Bellas Artes ?

—Cambió mucho, pero yo no sé bien qué es lo que está pasando, porque hasta mayo pasado yo no tenía relación. Hubo una pelea entre la Escuela y yo, desde el 69, y la relación fue retomada 47 años después. No sé. Cuando yo era estudiante, la Escuela era una academia casi francesa del siglo XIX. Aprendías a pintar, a esculpir, pero qué era lo que hacías, quedaba por tu cuenta. No había una especulación en común sobre qué hacer con esa libertad. Era una escuela artesanal. Lo que pasa ahora no sé: supongo que está sobrecargada de estudiantes, y el mercado artístico, entre comillas, de Uruguay, es reducido. Hay más de mil estudiantes, no sé que va a pasar con ellos.

—Usted nació en Alemania, ¿su obra es la de un artista alemán?

—No creo que la sangre tenga conciencia geográfica, aunque algunos piensan que sí. Uno es lo que produce su educación. Yo llegué a Uruguay cuando tenía un año, me eduqué aquí, tengo los olores de este país. Tengo los nombres de las calles de Montevideo, los números de los autobuses, que cuando era chico los tenía con personalidad: el 121 era más simpático que el 116. Para mí, eso es la ciudadanía. La germanidad yo no la entiendo. Yo cuando voy a Alemania, aunque hablo alemán, voy como turista. No tengo empatía con nada de lo que hay ahí. Y cuando tengo que recargar baterías, vengo a Uruguay, no voy a Alemania.

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