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lunes, 9 de noviembre de 2015

El futuro del arte cubano pinta bien





Foto: Cortesía de Abelardo Mena.

El futuro de la industria creativa de la isla parece prometedor. Ante la apertura comercial con la Unión Americana, los artistas contemporáneos transitan del mercado informal a la vastedad de oportunidades para comercializar sus obras y catapultarse al mundo.


Por Maria Batlle


El 14 de diciembre de 2014, el presidente es­tadounidense Barack Obama y su contraparte cubana, Raúl Castro Ruz, anunciaron el restablecimien­to de las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba, sus­pendidas por más de medio siglo. Recientemente, en julio y agosto de 2015, reabrieron las antiguas oficinas de intereses en la Habana y Washington, en su nueva condición de embajadas de ambos países. La industria de la economía creativa se cuestiona cómo afectará esta relación, no sólo al mercado del arte cubano, sino también a la identidad artística de Cuba.


¿Se descubrirán artistas con­temporáneos que la revolución no apoyó? ¿Se debilitará la vocación social característica de los artistas cubanos por la urgencia de vender? Joaquín Badajoz, crítico de arte, escritor y editor cubano-america­no responde a estas interrogantes, explorando conclusiones junto a cuatro expertos en arte cubano.


Badajoz considera que el pri­mer impacto de esta relación es ideológico: “Para los cubanos, que han vivido cinco décadas en una economía controlada por el Estado hasta el borde del mercado infor­mal, EU encarna el consumo y el mercado, en mayúsculas”. Además, el país norteamericano es el primer importador de arte mundial, así que para el artista cubano no se están restableciendo relaciones con un mercado cualquiera. “Aun cuando desde mediados de la década de 1990 se permitió la importación de arte cubano como una excepción de la ley del embargo a la isla, esta dinámica —que ha beneficiado a muchos— sigue siendo bastante estrecha”. Joaquín, miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, explica que en Cuba se vende arte, por supuesto, pero que no se puede hablar hasta hoy de la existencia de un “merca­do” articulado según el estándar internacional.


“En Cuba no existen galerías privadas, todas son estatales, y en una ciudad como La Habana son menos de cuatro las galerías que efectivamente pueden incluso cobrar a compradores extranjeros”, abunda Abelardo Mena Chicuri, quien reside en la capital cubana con una consultoría de arte para colecciones privadas y corporati­vas, curador de arte contemporá­neo del Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba durante 22 años y actualmente curador de la colec­ción Farber, en Miami.


“En la reciente 12va Bienal de La Habana observamos cómo los artistas rentaron apartamentos o casas por pocos días y los denominaron Open Estudio, donde acudían camiones llenos de turistas, compradores, curiosos de EU y el resto del mundo a comprar obras de arte. Pero esta acción no se mantuvo por mucho tiempo, ni un mercado de arte puede sostenerse y ampliarse solo con acciones puntuales de los creadores. Se necesitan galerías, cu­radores, tasadores, críticos de arte, subastas, una red capaz de legiti­mar, valorar y promover sus artistas, a fin de que sean luego reconocidos por galerías extranjeras como un valor añadido”, explica Mena.


Para Badajoz, el restablecimien­to de relaciones debe conducir a otro tipo de normalización. “En Cuba todo es rosca izquierda, atípico. De hecho, contrario a la tendencia universal, ya que el mercado del arte es mayormen­te secundario, la proporción de transacciones directas entre artista y coleccionista debe ser una de las más altas del mundo. Otro aspecto que sufrirá, para bien y para mal, es ese torcido carácter de singu­laridad que tiene ‘lo cubano’. Ojalá mantenga su sello de atipicidad creativa para que el artista gane mayor visibilidad internacional; porque hoy en día, el arte cubano a menudo se vende más como un commodity, un producto masivo e indiferen­ciado, sin que exista —salvo muy contadas excepciones, y la mayoría de artistas exiliados o muertos— una jerarquía de precios entre los artistas”, añade Badajoz.


Para Mena, el cambio —más que en un aumento sustancial de compras— se ha visto ya en la percepción de que el arte cubano tendrá una entrada y circulación mucho más expedita en el mercado norteamericano. Es decir, para los artistas cubanos y las instituciones existe el criterio de que ahora será mucho más fácil vender en EU, con todos los elementos de logística y transportación que el mercado de arte conlleva.


Pero, ¿afectará esta “explosión cercana” el nivel de calidad y de vo­cación social característico del arte cubano? Puede ser. Mena aconseja a los artistas jóvenes comprender que la “urgencia por vender” no justifica hacer mal arte, de escasa factura conceptual y técnica, ya que ni los compradores de EU, ni sus galerías, sostendrán el interés persistente y creciente en el arte cubano si este deja de ser críti­co consigo mismo, y sustituye su vocación social por una búsqueda mercantil a priori.


“En los años 90, cuando el Periodo Especial quitó a Cuba los suministros soviéticos, numerosos artistas comenzaron a crear para un mercado que no habían visto nunca, y que resultó tan fantas­mal como elusivo, y perdieron sus individualidades. Solo aquellos crea­dores que persistieron en su manera de hacer, que no hicieron concesio­nes, lograron llegar hasta ahora para ver cómo su obra era reconocida en museos de Cuba y el mundo”. Y concluye, “el arte es siempre un valor añadido, aquellas obras que in­tegran historia, técnica, crítica social y tradición son las que perviven. Y merecen ser adquiridas.”


Por otro lado, Robert Borlenghi afirma que la relación Cuba-EU traerá consigo mayor exposición para los artistas contemporáneos: “La normalización de relaciones con Cuba va a aumentar enorme­mente el flujo de americanos a la isla. Habrá, sin duda, un aumento de interés en los artistas contempo­ráneos como Kcho, Barroso, Diago… Se van a “descubrir” los artistas de la Vanguardia que son largamente desconocidos por falta de publica­ciones e información desde el inicio de la revolución cubana. Espe­cialmente Víctor Manuel García y Amelia Peláez; se van a descubrir también Portocarrero y los abs­tractos de los años 50 y 60 que la revolución no apoyó”.


Luego de viajar a Cuba y a la re­gión del Caribe por más de 20 años, Borlenghi es hoy el presidente de una galería que abrió sus puertas al público con un show compuesto por 400 obras de arte moderno cubano, seguido de Fotografía Cubana: Revolucionaria y Contem­poránea, la cual fue nombrada una de las mejores exhibiciones del año 2000 por Pan American Art Projects de Miami.


Borlenghi asegura que el gran problema que va a surgir es el de las falsificaciones, pues los coleccio­nistas norteameri­canos no tienen conocimiento suficiente. “Lo mismo en La Ha­bana (hasta en las galerías del estado), así como en galerías de arte cubano en Miami, se venden una gran cantidad de obras falsas”.


Es más que seductor cuestionar­se y explorar ahora todo lo contra­rio: ¿cómo afectarán los artistas y su arte a la relación Cuba-EU? Janda Wetherington, directora de la Pan American Art Projects, explica que la institución siempre ha tenido como intención propiciar el diálogo entre artistas de diversas partes de las Américas y que el diálogo tiene aun más sentido hoy con lo que está sucediendo entre Cuba y los EU. “Mostramos cómo artistas de raíces y oportunidades diversas son capa­ces de tener no solo el mismo oficio a la hora de crear, sino también de hablar de temas humanos que son universales; y también ocurre lo opuesto, y es que el diálogo puede reflejar cómo un artista está mar­cado por su país, por lo que sucede en su propia casa, en su gobierno y su sociedad”. Wetherington asegura que en términos de venta ya se ha visto cómo ha crecido el interés de coleccionistas norteamericanos en el arte cubano y también una gran curiosidad de conocer Cuba a través de sus artistas. “Es como cruzar una nueva frontera”, dice.


“Incluso en los momentos de mayor distanciamiento, el arte cubano siempre ha mirado al estadounidense como referente e interlocutor”, dice Badajoz. “Ade­más, el destino cultural de ambas naciones se ha ido tejiendo de ma­nera indisoluble durante estos años de “animosidad” con la presencia de artistas cubanoamericanos como Teresita Fernández, Jorge Pardo, Félix González Torres, Ana Mendieta o Luis Cruz Azaceta, por citar unos pocos, que forman parte por derecho natural del arte cubano y del arte contemporáneo estadou­nidense. El arte seguirá, ahora más, borrando esos falsos límites”.


Para estos expertos, el futuro del arte cubano pinta bien, siempre y cuando sean los artistas los que sostengan el pincel.


Guillermo Ramírez Malberti. Identidad, instalación.

Fuente
http://www.forbes.com.mx



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